La ideología de los negocios sucios.

 

Dibujo

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

ENRIC SOPENA

26/09/2009

 Cabos Sueltos

“A quienes –en medio del huracán Gürtel- les ha tocado llevar el barco al abrigo de puerto no les importa demasiado que el PP se hunda. Pero lo que en Génova 13 la mayoría de los dirigentes actuales no quiere de ningún modo que suceda es que sean ellos los que se hundan”. La frase es de un veterano líder popular, muy alejado de la política activa y de las batallas y los litigios internos.

 Lo cierto es que Mariano Rajoy debe de estar muy agobiado cuando ayer –por boca de Ricardo Costa, ese petimetre bajo sospecha que ejerce de secretario general del PP valenciano- anunció que había encargado una “auditoria externa”, “internacional”, que analizara “las cuentas del partido” en la Comunidad valenciana.

 Habitual desparpajo

 El tal Costa añadió que esas cuentas se harían en su día “públicas” e invitó a que el PSPV (PSOE) haga lo propio, si pretende “dar ejemplo”. Lo dijo con su habitual desparpajo de chulo pijo, como si los socialistas valencianos hubieran sido en algún momento socios de los correas o los bigotes. No precisó, sin embargo, si la solicitud de poner en marcha una auditoría le había llegado del presidente de su partido en la Comunidad valenciana o del presidente del PP a escala nacional.

 Mangas verdes

 En todo caso, “¡a buenas horas mangas verdes!”. Esta expresión se atribuye por cierto –y entre otros orígenes- a la Santa Hermandad, especie de policía rural fundada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos. Estaban conectados sus agentes con la Inquisición y actuaban, sobre todo, contra delitos vinculados a la fe. Vestían casacas con mangas verdes y llegaban muy a menudo con retraso a los acontecimientos. La Inquisición Rajoy, que este año ha descubierto, gracias a Gürtel, la Inquisición -aunque se confunda acerca de quienes son miembros de la misma y eso que los tiene a su vera-, es desde luego tardío o paquidérmico a la hora de enfrentarse a cualquier adversidad o de demostrar el arrojo o la energía exigibles a un líder político. Se encuentra más a gusto con la ambigüedad que con el riesgo de decidir dando la cara.

 Ocho meses

Durante casi ocho meses no ha tomado ninguna iniciativa regeneracionista de puertas adentro y se ha limitado [extralimitado para ser más exactos] a dar pataletas de niño consentido protegiendo a sus amiguitos. Ha arremetido sin escrúpulos contra las instituciones del Estado de Derecho: policías fiscales, jueces y periodistas, incluidos. El mismo Estado que él aspira a gobernar desde la Moncloa se lo ha pasado demasiadas veces ya por la entrepierna, sea escrita la expresión como metáfora o alegoría. La cúpula/búnker Cuando se estrecha cada vez más el cerco de la corrupción exuberante, aunque aún presunta, contra la cúpula/búnker de la derecha –la derecha valenciana, madrileña y la de ámbito estatal-, ¿alguien puede creerse que la solución pasa por una autoría, por muy internacional que sea, encargada por aquellos que se encuentran literalmente contra las cuerdas? Comisión interna ¿O resulta creíble que a estas alturas del curso pueda Rajoy “hacer sin dilación” nada menos que “crear una comisión interna de investigación, como hizo Aznar en el caso Naseiro?” Esa recomendación se la envió ayer el editorial de El Mundo, que parece dispuesto a clavarle la puntilla a Rajoy a tenor de sus informaciones más recientes, que vienen a confirmar que algo huele a podrido no en Dinamarca, sino tanto en Génova 13 como en la Generalitat valenciana. Un paripé Respecto a lo que hizo Aznar ante el caso Naseiro [que estalló en 1990, pocos días después de haber sido designado en Sevilla presidente del PP mediante el dedo de don Manuel], El Mundo olvida que la comisión interna funcionó de inmediato, que el instructor fue Alberto Ruiz-Gallardón, de profesión fiscal, que el tesorero y el gerente –Rosendo Naseiro y Ángel Sanchís- amenazaron con cantar y tirar de la manta y que el informe se convirtió en un paripé.

La sentencia del Supremo

Pero al PP de Aznar no le salvó, en el caso Naseiro -tan similar al caso Gürtel -, la investigación interna, sino el Tribunal Supremo merced a una sentencia interpretativa, de archivo y punto, enormemente favorable a los conservadores. Sin esa sentencia, probablemente no se habría hundido el PP, aunque sí muchos de sus nuevos rectores y otros que venían de antaño, de los tiempos fundacionales. Ahora corren peligro los dirigentes marianistas y el propio partido. Un partido cuya única ideología de verdad da la impresión de que sea la de los negocios. O mejor dicho: la de los negocios sucios.

Enric Sopena es director de El Plural

Ideas para la izquierda.

 

ideas para la izquierda

El País/

Daniel Innerarity  28/06/2009

El fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, precisamente por haber afectado a todos los países, remite a algunas causas ideológicas de carácter general.

 La pregunta que se plantea con irritación y desconcierto sería la siguiente: ¿cómo explicar que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha?

El vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo Pienso que la raíz de esa curiosa decepción, que se reparte tan asimétricamente, está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces incluso demasiado. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no sólo libertad sino también equidad.

 La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego. Es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto (en términos de desigualdad, por ejemplo), le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un “capitalismo compasivo” para paliar algunas situaciones intolerables. Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas.

 La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo. Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción.

La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas. Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política.

Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes. La izquierda debería politizar, en el mejor sentido del término, frente a una derecha a la que no le interesa demasiado el tratamiento “político” de los temas. La derecha hoy exitosa en Europa es una derecha que promueve, indirecta o abiertamente, la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, orden, flexibilidad, recurso al saber de los técnicos…). Lo que la izquierda debería hacer es luchar, a todos los niveles (frente al imperialismo del sistema financiero, contra los expertos que achican el espacio de lo que es democráticamente decidible, contra la frivolidad mediática…) para recuperar la centralidad de la política. Hoy no es que haya una política de izquierdas y otra de derechas; el verdadero combate se libra actualmente en un campo de juego que está dividido entre aquellos que desean que el mundo tenga un formato político y aquellos a los que no les importaría que la política resultara insignificante, un anacronismo del que pudiéramos prescindir.

Por eso la defensa de la política se ha convertido en la tarea fundamental de la izquierda; la derecha está cómodamente instalada en una política reducida a su mínima expresión, a la que le han reducido enormemente sus espacios el poder de los expertos, las constricciones de los mercados y el efectismo mediático. Para la izquierda, que el espacio público tenga calidad democrática es un asunto crucial, en el que se juega su propia supervivencia.

La idea de que la izquierda está por lo general menos movilizada se ha convertido en un tópico que a veces revela una concepción mecánica y paternalista (cuando no militar) de la política. Hay quien entiende la movilización como una especie de hooliganización, como si la ciudadanía fuera una hinchada, y, llegado el momento, propone suministrar la dosis oportuna de miedo o ilusión para que la clientela se comporte debidamente. Este automatismo no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una izquierda que se está acostumbrando a chapotear en una ciudadanía de baja intensidad.

 Lo que la gente necesita no son impulsos mecánicos sino ideas que le ayuden a comprender el mundo en el que vive y proyectos en los que valga la pena comprometerse. Y la actual socialdemocracia europea no tiene ni ideas ni proyectos (o los tiene en una medida claramente insuficiente). No quiero caer en un platonismo barato y exagerar el papel de las ideas en política, pero si la izquierda no se renueva en este plano seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.

Conciencia y calidad de la democracia, de Adela Cortina.

Periodismo de opinión en Reggio’s

adela cortina

El País

Hace unos meses, la propaganda de la película Valkiria llevaba una leyenda bien impactante. Decía algo así como “mientras otros obedecían, él escuchó a su conciencia”. “Él” era el coronel Von Stauffenberg, el líder del último atentado contra Hitler, alguien que no se doblegó ante lo “políticamente correcto”, cuando no doblegarse implicaba exponerse a la tortura y la muerte. No sólo a no recibir el aplauso de la mayoría o a ser mal considerado, sino a perder la vida, como realmente sucedió. Gentes así despiertan admiración, o deberían hacerlo.

Como Shtrum, el personaje de Vasili Grossman en Vida y destino, el científico caído en desgracia durante el régimen de Stalin, que se niega a reconocerse culpable -porque no lo es-, aunque sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse males mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: “Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste sólo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa”.

La conciencia personal frente al totalitarismo, nacionalsocialista, soviético o de cualquier otro género. La persona artífice de su propia vida, como diría Séneca, responsable de su propio destino.

Justamente, la estrategia de los totalitarismos consiste en anularla con distintas coartadas, como la tan conocida de la “obediencia debida” al Führer, al Estado soviético, al mando militar. Una coartada inadmisible en sociedades democráticas, que se caracterizan por hacer de la igual autonomía de los ciudadanos la clave de la vida social y, por lo tanto, no pueden permitirse anular las conciencias que es la forma de anular a las personas.

En estas sociedades existe la objeción de conciencia; claro está, que cualquier ciudadano puede presentarla cuando considera que una ley viola sus convicciones más profundas, aunque sólo se reconocerá el derecho a ejercerla en los casos tipificados a tal efecto, y lo que pase de ahí es desobediencia civil. Pero en esta vida no todo se agota en los reconocimientos legales ni queda asegurada la supervivencia de la conciencia personal porque exista el derecho a objetar en determinados casos. ¿Qué sucede -por ejemplo- cuando los partidos políticos se niegan a dejar libertad de conciencia a sus miembros a la hora de votar en situaciones especialmente conflictivas para ellos? ¿No es entonces la disciplina de voto una versión suave de la obediencia debida para estómagos democráticos?

Sin duda, las sociedades abiertas se enfrentan a un buen número de contradicciones, pero, precisamente por su carácter abierto, se ven obligadas a sacar a la luz los problemas, a reconocerlos como tales y a tratar sobre ellos para tratar de enfrentarlos con altura humana. Ésa es la grandeza y la responsabilidad de los mundos abiertos.

Es verdad que los partidos políticos, sean muchos o pocos, han de presentar propuestas unitarias a los ciudadanos dentro de sus programas, porque en caso contrario pierden eficacia y sentido. Parece entonces que no puede haber pluralismo interno, porque ¿cómo sabrán los electores a quién votar si hay disensiones internas? Pero tampoco se puede eludir la otra cara de la moneda: ¿qué hace un militante que está de acuerdo con su partido en la mayor parte de las propuestas pero se siente incapaz de apoyar algunas porque se lo impide su conciencia?

La calidad de una democracia representativa exige que los ciudadanos puedan esperar de los partidos que cumplan sus programas, a los que debería haberse llegado por debate interno y externo. En este cumplimiento mostrarían su operatividad y ese valor tan preciado por nuestras sociedades que se llama “eficiencia”. Pero esa misma calidad de la democracia reclama que los miembros de los partidos ejerzan su libertad de conciencia, porque mal pueden contagiar pluralismo instituciones monolíticas.

El monolitismo no es un valor positivo, que atrae, sino un valor negativo, que repele, y resulta más convincente un partido -o cualquier otra institución- cuyos miembros pueden poner en duda propuestas del aparato. Recuerdo en este sentido las declaraciones de un miembro del PSOE, alcalde en un pueblo de Alicante, que aseguraba haber probado durante años el agua de las desalinizadoras y haber llegado por experiencia a la conclusión de que era mejor un sistema mixto, porque el agua que es buena para las personas no lo es tanto para la agricultura. Ante la pregunta del periodista “¿cómo dice eso siendo del partido que es?”, la respuesta era extraordinaria: “No me sentiría a gusto en mi partido si no dijera lo que he comprobado por experiencia”.

Por supuesto que el que expresa su libre conciencia se puede equivocar, por supuesto que existen los iluminados peligrosos. Pero bien puede ocurrir que una persona, a pesar de intentar aceptar al máximo lo que le une a la mayoría, de un partido o de una sociedad, acabe pronunciando la famosa frase de Lutero: “No puedo más, aquí me detengo”. En un sentido o en otro. Anular esa posibilidad es apostar por la Raza, por el Estado o por el Partido, por lo contrario de la sociedad abierta.

Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Luis Bárcenas y el sindicato del crimen.

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • Fernando de Silva
  • FERNANDO DE SILVA

    16/06/2009

Sin la Venia

Luis Bárcenas, el hombre encargado de “controlar” las finanzas del PP, y a quién por su cargo se le debería de suponer una honestidad por encima de la media de los dirigentes de su partido, está a punto de engrosar la lista de imputados del llamado Caso Gürtel; tan sólo falta que el Tribunal Supremo acepte que existen indicios suficientes para considerarle como un presunto delincuente económico. La justicia es lenta pero demoledora para quienes piensan que ganando tiempo o mirando para otro lado las conductas delictivas desaparecen por arte de magia. Mariano Rajoy sigue equivocándose y pronto será engullido por la inmundicia que le rodea por todas partes; la corrupción no desaparece con las victorias electorales, pero sí contribuye a convertir a sus votantes en encubridores de sus fechorías, como está ocurriendo actualmente en la Italia de Berlusconi, un político sin escrúpulos que antaño compartía una buena amistad con Aznar.

<!–No han pasado tres meses desde que L.B., como así se le conoce en los libros de la caja B de la trama de Correa, se sentía perseguido y denunciaba al Juez Garzón ante el Consejo General del Poder Judicial; y el PP incluso se atrevía a presentar contra aquél una querella por prevaricación. Pero el tiempo se le está acabando, ya nadie le cree, y muy pronto su propio partido tratará de apartarle en un acto más de hipocresía propia de una derecha impropia de un régimen democrático.

El Partido Popular sufre una pandemia en la que el virus de la corrupción campa por sus fueros sin control, con la particularidad de que sus efectos pueden ser letales, y no curan en tres días como los de la gripe A. Y por el momento tan sólo cuentan con la vacuna de sus electores, que tarde o temprano les abandonarán por miserables.

La Agencia Tributaria, que ha tardado demasiado en reaccionar, parece que ha descubierto que las inversiones de Luis Bárcenas eran superiores a sus ingresos, y como tal circunstancia es imposible a menos que se demuestre un endeudamiento no reconocido, el fiscal y el juez instructor consideran que las pruebas practicadas son suficientes para su imputación por los delitos de fraude fiscal y cohecho, todo un ejemplo de saber hacer del tesorero del principal partido de la oposición.

Lo ahora descubierto parece ser la punta del iceberg de los negocios ilegales de un sindicato del crimen. No nos olvidemos de que Correa afirmaba en una conversación grabada: “Yo a Bárcenas le he llevado… 1.000 millones de pesetas. Yo, Paco Correa, le he llevado a Génova y a su casa“. Intuyo que lo percibido por Luis Bárcenas, al tratarse de una pieza clave del caso Gürtel, sólo representa la comisión recibida por el cobro de comisiones entregadas ¿a su partido?. En los tiempos del sindicato del crimen cuando el contable se quedaba con dinero de sus jefes le cortaban la cabeza o le tiroteaban; ahora el PP se conformará con “suspenderle cautelarmente de militancia”, y Rajoy mirará para otro lado.

Ahora Rajoy es cuestionado por su connivencia con la ausencia de ética en la política.

POLÍTICA

 

Hace un año el jefe del PP era criticado por falta de liderazgo

¿Y ahora qué decisión va a tomar Mariano Rajoy en relación al trío de aforados? Estos son Jesús Merino, diputado a escala nacional; Gerardo Galeote, aún eurodiputado, y Luis Bárcenas, senador popular por Cantabria y tesorero del partido.

<!–acabó la farsa, aunque algunos farsantes <i>marianistas</i> continúen jugando al equívoco y, sin duda, al cinismo en Génova 13. Durante meses, el jefe de la derecha –para proclamar la inocencia del terceto de presuntos implicados- se ha venido refugiando en el dato o la circunstancia procesal de que ninguno de los tres estaba imputado.

“Con carácter de urgencia”
Ahora ya están imputados y se les acusa de presuntos delitos de cohecho y contra la hacienda pública. Antonio Pedreira, juez instructor del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM), ha remitido la causa al Tribunal Supremo y además ha exhortado a sus colegas a que llamen a declarar a los imputados “con carácter de urgencia” pues los hechos a investigar -ha precisado- pueden prescribir dentro de un mes.

“Nuevos hechos”
Pedreira subraya en su escrito al Supremo que él ha encontrado indicios de delito por los supuestos vínculos, de estos tres políticos del PP, con la trama o caso Gürtel. La actitud del juez del TSJM es compartida por la Fiscalía Anticorrupción. Pedreira reconoce que los últimos informes aportados por la Fiscalía y por la Agencia Tributaria le han llevado a elevar el sumario al Supremo, subrayando que ha “descubierto nuevos hechos” de modo que no descarta que los aforados “hayan podido incurrir en infracciones de naturaleza administrativa y penal”.

Un puñetazo
¿Y usted, Sr. Rajoy a que sigue esperando para dar un puñetazo en la mesa de su despacho? ¿Por qué no dice en voz alta que “hasta aquí hemos llegado”? Atrévase de una vez a declarar que los tres imputados no merecen formar parte del Partido Popular, que se les suspende de militancia y que serán de inmediato destituidos de sus cargos y responsabilidades.

El ridículo
Ayer la portavoz parlamentaria del PP, Soraya Sáenz de Santamaría, en La mirada crítica de Tele 5, preguntada por María Teresa Campos, no hizo más que el ridículo. Respondía como si fuera un robot e insistía de forma patética utilizando argumentos tan endebles como estólidos. ¡Cuánto le costó admitir a Sáenz de Santamaría que los políticos no sólo han de ser votados en función de su gestión, sino que han de serlo también por su honradez!

Emergente corrupción
Rajoy se ha abrazado en estos tiempos de emergente corrupción pepera a Francisco Camps y a Luis Bárcenas, los dos imputados de mayor relieve político del caso Gürtel. Los ha protegido y los ha amparado. Casi se ha convertido objetivamente en cómplice de ambos. Su conducta como candidato a la presidencia del Gobierno de España ha oscilado entre la cobardía y la incapacidad para regenerar su propio partido, atrapado por una mafia de sinvergüenzas muy bien relacionada con algunos de los mandamases de la derecha.

Política y negocios sucios
El hombre que, emulando a su padrino Aznar, se ha ofrecido en El Mundo para sacar a España de la crisis económica internacional, resulta que es sencillamente impotente a la hora de plantar cara a los profesionales del pelotazo o a los que confunden en su beneficio la política con los negocios sucios y, eso sí, suculentos. No le importa a Rajoy, ni poco ni mucho, que gentes como Carlos Fabra o los imputados de la saga Correa hayan alcanzado –sin rubor ni límite conocido- su enriquecimiento escandaloso gracias a métodos caciquiles o de rufianes posmodernos.

Ausencia de ética
Rajoy era hace un año cuestionado severamente por su falta de liderazgo. Ahora lo es por algo muchísimo más grave: su connivencia con la amoralidad o la ausencia de ética en la política.

Enric Sopena es director de El Plural

Lo que nos jugamos en Europa.

El Plural / Artículos de opinión

ARTÍCULOS DE OPINIÓN
  • 38x38 Vicenç Navarro
  • VICENÇ NAVARRO

    05/06/2009

 

El dominio liberal en la Unión Europea
Las elecciones de este domingo al Parlamento Europeo afectarán, de una manera u otra, a la calidad de vida de las clases populares de todos los países miembros de la Unión Europea, incluyendo España. Y en cambio, no hay conciencia, a nivel de calle, de que esto sea así. Hoy, la Unión Europea configura en gran parte las políticas económicas y sociales que determinan el bienestar de la población de sus estados miembros. La evidencia de esta realidad es abrumadora. En un artículo reciente (“¿Qué pasa en la Unión Europea?” Público. 21.05.09) indiqué cómo esta Europa se ha estado construyendo a espaldas de las clases populares, con unos costes económicos y sociales que son fáciles de ver. Los indicadores de calidad de vida y bienestar social de las clases populares se han ido deteriorando en la mayoría de países de la Unión Europea, mientras que los beneficios empresariales y financieros en cada uno de aquellos países han aumentado de una manera exuberante (para mayor detalle de tal deterioro de la situación de la Europa Social, ver Navarro, V. “Como está evolucionando la situación social de la Unión Europea” en la colección dirigida por Josep Borrell “Europa en la Encrucijada”. 2007, colgado en mi blog www.vnavarro.org, sección Europa)

<!–Este deterioro ha ocurrido por tres razones. Una es el enorme dominio del pensamiento liberal, y las políticas públicas que ha inspirado, en los gobiernos de los países miembros de la UE, en el Consejo de la UE, en la Comisión Europea y en el Banco Central Europeo. El liberalismo es la ideología de las clases empresariales y financieras y ha dominado la construcción de Europa. La reducción del gasto público; la disminución de la protección social; la desregulación de los mercados de trabajo y la desregulación del comercio y del capital financiero, han sido las constantes que han caracterizado la construcción de la Unión Europea.

La segunda causa ha sido la reproducción de tal pensamiento también en grandes sectores de la socialdemocracia, que ha promovido el socioliberalismo, primo hermano del liberalismo. La Tercera Vía se convirtió en el mayor punto de referencia de los gobiernos socialdemócratas. La Tercera Vía identificó la modernidad del proyecto socialista con la adopción del liberalismo económico. Ser moderno era ser liberal.

Y la tercera causa ha sido la expansión de la UE hacia los países del este de Europa que, inmunizados contra cualquier intervención pública como consecuencia del fracaso de los regimenes comunistas, se convirtieron en incondicionales del otro polo (el modelo liberal), apoyados en este intento por el gobierno federal de EEUU del Sr. Bush y por el gobierno británico laborista del Sr. Blair.

Resultado de estos tres factores es que el dominio de las derechas es casi absoluto en la UE. Hoy, instituciones como el Tribunal Comunitario de la UE, están dictando sentencias que suponen un ataque frontal a los derechos sociales y laborales en la UE. La lista de tales ataques es larga. Desde la directiva de servicios Bolkenstein, a los casos Laval y Buffet, incluyendo la expansión del horario laboral a 65 horas semanales, la Unión Europea ha sido hostil a los intereses de las clases trabajadoras de sus países miembros.

El déficit democrático y el Parlamento Europeo
El único entorno en el que existe un espacio democrático ha sido el Parlamento Europeo, sujeto de las elecciones de este domingo. El poder de este Parlamento es limitado. Y ello no es por casualidad. El enorme déficit democrático de las instituciones europeas responde a un diseño del mundo empresarial y financiero. Ello apareció en la llamada estrategia de Lisboa, aprobada en el año 2000, que tenía como objetivo alcanzar el nivel de competitividad de EEUU, introduciendo reformas liberales que eran muchas de ellas una copia mimética del modelo liberal estadounidense (tal como desregular los mercados laborales y financieros). Pero las élites que diseñaron tal estrategia eran conscientes de que tales medidas eran profundamente impopulares. De ahí que transfirieran el poder de decisión de los estados al nivel de la UE, donde hay una escasísima posibilidad de intervención popular. El único espacio donde tal intervención puede tener lugar es el Parlamento Europeo. En este Parlamento, hay partidos políticos que son los corresponsales europeos de los partidos nacionales. El PP está en el Partido Popular Europeo, el PSOE-PSC está en el Partido Socialista Europeo, IU-ISC está en la Izquierda Europea, y así otros. Hoy el Parlamento Europeo tiene una mayoría conservadora que explica que sólo modifique en parte lo que le llega de arriba (de la Comisión y del Consejo, ambos bajo dominio liberal). Tal Cámara pudo parar la extensión de la semana laboral a 65 horas, pero es más la excepción que la regla.

Está claro, pues, que esta Europa no es la Europa que las clases populares desean. Es urgente que la situación cambie. Y ello no será nada fácil. Pero sería un error que las personas conscientes de esta situación se abstuvieran. El establ¡shment europeo presentará al público la abstención como una muestra más del desinterés de la población y su incapacidad de entender las complejidades de construir Europa. En realidad, la abstención es una muestra más del distanciamiento de las clases populares hacia las instituciones europeas. Pero la abstención reforzará el status quo, que es lo peor que puede ocurrir. De ahí la enorme urgencia de que se vote a las fuerzas reformistas de izquierda que pidan el cambio. Se necesita una izquierda fuerte a la izquierda de la socialdemocracia, y se necesita una socialdemocracia distinta a la que ha dominado el centro-izquierda europeo, que abandone el socioliberalismo y recupere sus valores socialdemócratas, bastante abandonados. De ahí la importancia de este domingo.

Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas en la Universitat Pompeu Fabra

www.vnavarro.org

Las encuestas y la movilización de la izquierda.

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • CARLOS CARNICERO

    02/06/2009

El Zumbido

España es un universo electoral cuyo abanico más amplio entre los dos grandes partidos difícilmente encuentra más de tres puntos en las encuestas de intención de voto. Esta tozudez electoral responde a un encasillamiento ideológico político entre dos posiciones tan encontradas que en raras ocasiones se produce un trasvase significativo de voto que defina la alternancia.

<!–La técnica electoral del PP tradicionalmente ha sido volcarse en el electorado más fiel y más duro, renunciar a cualquier intento de abrirse hacia el centro y confiar en el desistimiento del votante socialista: su esperanza es que la abstención, una menor participación electoral le dé la victoria.

Esta metodología es una copia de la desarrollada por George W. Bush en sus últimas dos elecciones en las que consiguió ganar mediante la movilización del voto ultraconservador mientras que los candidatos demócratas no lograron entusiasmar a su electorado.

Ahora la crisis económica, el descontento social por las dificultades económicas –que son internacionales pero que el PP se empeña en nacionalizar- son la base de pensar que cuanto peor van las cosas para el país, mejor irán para ellos.

Y sin embargo no despegan en las encuestas porque los residuos tardofranquistas del PP asustan incluso a muchos discrepantes de las políticas socialistas. Sólo ver a Mayor Oreja mostrando comprensión con los curas pederastas y con el franquismo es un revulsivo suficiente para que muchos votantes potenciales salgan corriendo. Por eso en determinados momentos Mariano Rajoy y otros dirigentes del PP se retiran del escenario cuando aparece Jaime Mayor Oreja o Esperanza Aguirre.

Las elecciones del domingo son de una importancia vital para Mariano Rajoy que no tiene el respeto ni la adhesión mayoritaria de su partido entre otras cosas por su falta de carácter para desprenderse de la pesada herencia de José María Aznar.

Pero las encuestas pueden volver a fallar si a última hora, el votante de izquierda horrorizado con la pretendida escalada de Mariano Rajoy acude a las urnas. No será la primera vez que sucede.

Carlos Carnicero es periodista y analista político.