EL ASESINATO DE BENAZIR BHUTTO DESTROZA EL DISEÑO POLÍTICO IDEADO POR WASHINGTON.

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28/12/2007

La caldera paquistaní

El asesinato de Benazir Bhutto destroza el diseño político ideado por Washington

REYES MADRID

El brutal asesinato de Benazir Bhutto es un acto de fanatismo probablemente atribuible a terroristas yihadistas, pero también un ataque letal contra la gran operación político-institucional en marcha en Pakistán: una nueva legislatura con el presidente Musharraf bien asentado en la jefatura del Estado y ella en la jefatura de un gobierno de coalición tras las elecciones legislativas del ocho de enero.

Musharraf, aprovechando el estado de excepción y los poderes inherentes al mismo que le permitieron alterar la Constitución, purgar al poder judicial (hostil a su proyecto), instalarse para durar como jefe del Estado (civil) y dejar a las fuerzas armadas en las manos amistosas de su protegido el general Keyali, refundaba el régimen.

Un diseño americano
La operación, de completa inspiración norteamericana (fue embajador en Islamabad durante años el brillante Ryan Crocker, ahora en Bagdad) tiene por objeto derrotar de una vez al islamismo armado y parar el auge visible del islamismo político.

Washington ve a Pakistán en una doble condición: a) como la “cueva del dragón” terrorista, que se cobija en el remoto Noroeste, una provincia que escapa al control del gobierno; b) como un aliado clave en la lucha contra el terrorismo.

Es en este contexto de la compleja relación Washington-Islamabad y el escenario posterior al 11 de septiembre en el que adquiere una gran relevancia la muerte de la Sra. Bhutto.

Dobles juegos
El presidente Bush apenas se quejó ritualmente cuando el general Musharraf proclamó el estado de excepción en octubre: el Tribunal Supremo se disponía a invalidar su re-elección como presidente por ilegal y él, sencillamente, no quiso aceptarlo. Destituyó al juez Chaudhry, convertido en su enemigo central, y decidió blindarse con retoques constitucionales ejecutados por decreto.

Washington solo pidió que se mantuviera el proceso electoral y la clave del arreglo: la vuelta al país de Benazir Bhutto, cuyo discurso anti-islamista y su determinación de recurrir a la mano dura contra los insurgentes, era parte del programa.

Bhutto era, abiertamente, la candidata de Washington y Londres, que le dieron garantías de que el ejército dejaría hacer… es decir, no daría otro golpe en cuanto lo tuviera por conveniente.

Una operación minuciosa
De hecho, el estado de excepción no impelió a Bhutto a abandonar el país y, en cuanto la jefa del Partido Popular Paquistaní recibió seguridades de que la emergencia sería breve y la elección fijada para enero mantenida, cerró un ojo y la mitad del otro aunque mantuvo un discurso formal contra la dictadura.

Benazir, por ejemplo, no exigió la reposición en sus cargos de los jueces decentes destituidos por vía administrativa por Musharraf, lo que sí hizo en primera instancia su rival civil, Nauaz Sharif, otro ex – primer ministro también vuelto del exilio, pero vetado por la autoridad electoral, bien aleccionada, para presentarse como candidato al parlamento.

Todo este edificio, tan minuciosamente levantado durante medio año, el que siguió a la sangrienta toma de la “Mezquita Roja” de Islamabad en agosto, con cientos de islamistas muertos, ha sido alterado por la muerte de Bhutto.

Mantener el rumbo
Lo probable es que los norteamericanos y Musharraf mantengan las elecciones parlamentarias (o las aplacen solo por dos o tres semanas para dar tiempo a que un nuevo liderazgo se haga cargo del Partido Popular Paquistaní, PPP) porque lo contrario sería una victoria de los terroristas.

Asimismo, se intentará preservar lo esencial del diseño: un gobierno de extracción parlamentaria volcado en la lucha contra el islamismo militante con gran asistencia militar y financiera de los Estados Unidos. Un régimen medio-democrático dado su origen que asume el papel de las fuerzas armadas como fundamental e insoslayable.

Musharraf no ha proclamado el estado de emergencia y se ha limitado a poner en máxima alerta al ejército. Un indicio. Si no hay desbordamientos incontrolados, aún es posible que la caldera paquistaní, siempre hirviendo, no estalle todavía.

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