DIALOGAR Y DIALOGAR, ESA ES LA FORMULA.


·         ANDRÉS VILLENA OLIVER

31/12/2006

Comentario impertinente

¿Por qué no se rompe el proceso de paz?

El día de ayer nos trajo la noticia del fatal atentado en el aeropuerto de Barajas. Cientos de kilos de explosivos han podido causar la muerte de dos ciudadanos, que han de sumarse a los múltiples heridos como consecuencia de este ataque traidor. La desazón se añadía a la temprana y amarga sorpresa cuando las declaraciones del dirigente de Batasuna Arnaldo Otegi no suponían una condena contra la devastadora acción. Frente a la frialdad de quienes siguen amparando el asesinato como modo de acción política, el presidente del Gobierno mostró la firmeza del Ejecutivo con respecto a las resoluciones parlamentarias: hasta que no cese la violencia, el proceso de paz queda suspendido.

A pesar de la dureza y la claridad en las declaraciones de José Luis Rodríguez Zapatero, resulta del todo imposible pensar en una ruptura definitiva del proceso de paz. ¿Cómo se sostiene, bajo estas condiciones, la confianza en el proceso? Una situación violenta ha de tender, por lógica, a su desaparición y a la consecuente paz. No hay conflicto que se mantenga eternamente: los hay que duran más y menos, pero una de sus características inherentes es la de tener un final. De este modo, y como escribiera acertadamente hace unos días en este diario el insigne Eduardo Madina, vivimos en un proceso de paz que dura ya unos treinta años y cuyo final tendremos que encontrar de algún modo. Sabiendo que ese final existe por definición, la acción humana deberá buscar la vía que suponga un menor coste para la sociedad.

Rechazada la represión policial como único recurso –propuesto por quienes, probablemente por ascendencia familiar, no conocen otro modo de solucionar los problemas-, una fuerte dosis de diálogo se supone imprescindible para que este proyecto pueda dar sus frutos. En todos los conflictos, la conversación ha jugado un papel importante e incluso definitivo. Y es que el fuego se apaga con agua, no con gasolina.

Es aquí cuando, aplicados al caso actual, llegamos a un bucle o círculo vicioso: el Gobierno, en cumplimiento de lo acordado democráticamente, en el Parlamento, se niega al avance en el proceso hasta que no cese la violencia por parte de ETA. Por su parte, el entorno de ETA/Batasuna parece pretender continuar actuando violentamente hasta que el Ejecutivo no dé una serie de pasos adelante. ¿Cómo salir de esta trampa? Tal y como están las cosas, una escisión dentro del mundo abertzale supondría una importante alternativa.

A colación de esto vienen unas declaraciones de Otegi de las que los medios se hacían poco eco en el día de ayer: que el portavoz no diera por hecho que el atentado se debiera a ETA –como se puede deducir de su discurso de ayer por la tarde- permite una interpretación: es posible que en la izquierda independentista no haya sentado bien este tremebundo error cometido por su brazo armado. Nuestra tendencia a considerar el entramado ETA/Batasuna como un todo nos impide contemplar la posibilidad de distintas sensibilidades en ese ámbito con respecto al proceso de paz. ¿Qué posibilidades hay de divergencias dentro de la banda? ¿Cuántos nuevos Aralar podrían desprenderse de este entorno al contemplar el horrendo comportamiento de ciertos militantes de ETA? ¿Qué control tenía el aparato central sobre este atentado? Estos, como otros, son interrogantes que hemos de considerar para contemplar un final para el terrorismo y una consolidación definitiva de una sana democracia. Es irrelevante que la paz se culmine desde Ferraz o desde Génova; lo importante es que la serpiente, deshechos sus nudos, quede seca y para museo.

 

DE LA “VIA MUERTA” A LA MUERTE. LA PEOR APUESTA DE ETA.

31/12/2006

De la “vía muerta” a la muerte

Zapatero ha hecho lo que debía, ante una ETA/Batasuna que sigue instalada en la violencia

“Hoy estamos peor, mucho peor que ayer”, ha subrayado Zapatero. “ETA ha tomado un camino que sólo conduce al dolor”, ha añadido. El proceso de paz, en los últimos meses, había sido bloqueado y ubicado en “vía muerta”, según ETA/Batasuna. La situación ahora se ha emponzoñado hasta el paroxismo. El terror ha vuelto a funcionar con similar brutalidad a la que ETA nos tiene -desde hace casi cincuenta años- acostumbrados. En la “vía muerta”, dos ciudadanos ecuatorianos han desaparecido. Es probable que aparezcan sus restos mortales en cualquier momento. No pudieron bautizar mejor a esta vía los pretendidos redentores del pueblo vasco, expertos desgraciadamente en el manejo de la muerte.

La sombra obscena de los crímenes y del sufrimiento inútil ha regresado a lomos de ETA. De poco sirven los esfuerzos de maquillaje que ha prodigado Otegi. De Juana está ciertamente en el límite de su vida. Pero él así lo ha decidido. Aquellos a los que mató no pudieron decidir absolutamente nada. Los dos ecuatorianos, tampoco. Ninguna víctima del terror eligió su destino. Comparar el resultado de las siniestras actividades de ETA con los padecimientos, dicen, de la “izquierda abertzale” en el ámbito policial, judicial y político es, como mínimo, un sarcasmo de mal gusto.

Ni una sola palabra de condena
Está bien que Otegi hable de solidaridad con los afectados a causa del trágico suceso de la T-4. Y suena a música con ribetes celestiales que defienda el proceso de paz y que señale que éste “es más necesario que nunca”. Pero Otegi no pronunció –ayer tampoco- ni una sola palabra de condena a la salvajada. Quienes insisten en que su objetivo es hacer política como los demás partidos, tendrían que haber aprendido ya que la política –en democracia- se hace sin violencia. Sin kale borroka, sin extorsiones, sin amenazas, sin atentados. Las bombas acabaron con Gernika. Los votos recuperaron Gernika.

En las dos próximas décadas
El presidente del Gobierno ha suspendido las iniciativas que hubieran quizá llevado al final dialogado de la violencia. O del terrorismo. Ha hecho Zapatero lo que debía hacer. Al fin y al cabo, tiene toda la razón al diagnosticar que “el de hoy es el paso más equivocado e inútil de los terroristas”. Si en verdad quieren volver al territorio de la negociación y de la paz, ETA/Batasuna ha de demostrar su determinación de abandonar las armas y, por consiguiente, la cobertura política de las mismas. Si el mundo del radicalismo violento no rectifica, es muy difícil –por no decir imposible- que al menos en las próximas dos décadas encuentren un presidente como Zapatero con voluntad de hallar el camino de la concordia, a pesar de todos los insultos y todos los obstáculos que le han montado desde el PP.

Se relamen de gusto
¿Alguien ha oído por cierto, desde las tribunas genovesas y sus voceros mediáticos, la más leve petición de disculpa presentada a Zapatero? ¿Pero no decían, y han seguido diciendo, que Zapatero se había rendido ante ETA, arrodillado, postrado, arrastrándose por los suelos, una vez concedidos a los terroristas Euskadi, Navarra y hasta Puerto Rico, con la autodeterminación de prólogo y para ir haciendo boca? Lo decían, claro que lo decían. Desde ayer están eufóricos, hacen bromas, se relamen de gusto.

“¡Volvemos, volvemos!”
¡Volvemos, volvemos! Se carcajean de Zapatero, se burlan de cuantos –millones y millones de españoles- hemos apoyado, y lo seguiremos haciendo, los proyectos del presidente en este campo. No porque sea él, sino porque es mejor para este país que el sendero –por el que un día u otro habrá que transitar de nuevo, que nadie lo dude- sea una vía viva. Estamos hartos de que la muerte se haya instalado incluso en la vía de la esperanza. En todo caso, los que ayer brindaron de obra o de pensamiento tras el atentado han vuelto a exhibir su verdadera faz. Aquella que entronca con el lema legionario de Millán Astray “¡Viva la muerte, muera la inteligencia!”

Enric Sopena. El Plural. 31.12.2006

A los que nos quitan los sueño y la vida.

Acabo de recibir un SMS de mi amigo Odon Elorza. Son las 6 de la tarde y espero, despues de las decleraciones de Otegui, las palabras de Zapatero. Odón, luchador por su pueblo, por la vida y por la justicia desde su alcaldía de San Sebastian de dice “…mal día para soñar. Nos han roto esos sueños a millones de personas. Que tristeza. Un abrazo”.

Ya han pasado bastantes horas desde que esta mañana la noticia se me clavara en el pecho y en el cerebro como un hacha, la que utiliza ETA como simbolo y que, de manera esperanzad, creiamos enterrada en son de paz. Odon me la ha sacado con su mensaje desde Donosti para que fluyera a raudales la inmensa tristeza proporcional a los deseos de paz alimentados duranto tantos meses por la esperanza y por mas de treinta años de lucha por la paz desde el socialismo pacifista.

Mal dia para los sueños, pero un dia más para la lucha y la esperanza. Presidente, compañero, no rompas puentes, deja que se produzca la rebelión imparable de la ciudadana que habita cada una de las regiones o naciones del Estado, dejanos construir el puente humano que, más allá del odio, consiga el fin de toda violencia con una apuesta cívica y radical por la vida de las personas, de las identidades, de las culturas, de la tierra. Somos muchos más que los violentos y los que alimentan desde una derecha incomprensiblemente ciega y, en este momento no te vamos a fallar. Es demasiado lo que se juega en esta partida.

Mientras escribo dejo sonar la voz profunda y potente de Bruce Springsteen. Es la vispera de fin de año y me llena de esperanza y de coraje. Seguro que nos hace falta porque esto va a ser largo, duro y complicado.

Gracias por el esfuerzo de tanta buena gente. Mas allá de los tópicos os deseo una vida esperanzada para continuar en el tajo del suéño y la utopía.

Vicent Vercher Garrigós   

AL PP SE LE ACABA EL NEGOCIO

 Conozco a Alfonso Rus desde hace mucho tiempo y no puedo decir que, conmigo, su trato personal más allá de lo político no recoja una amistad que nació desde nuestros años de instituto en Xàtiva. Creo que, precisamente, ese conocimiento personal que se ha ido ampliando a lo político en la medida que el actual alcalde de la capital de La Costera ha ido incrementando su influencia en la estructura orgánica del PP es el que me hace afirmar que los despropósitos defendidos en su reciente articulo publicado en este periódico son la confirmación más clara del ataque de pánico del PP ante la simple hipótesis de perder las elecciones y que la soberanía popular destape el pozo sumidero que, de manera desesperada, intentan mantener cerrado a cal y canto. Porque Rús sabe que él y el PP están sentados sobre la tapadera de una bomba de gas metano producido por la descomposición y la corrupción política. Hago estas afirmaciones por su preocupación por cuanto le ocurra a Joan Ignasi Pla al utilizar un instrumento perfectamente democrático y ajustado a derecho, como es la moción de censura. No se preocupen, son los sudores fríos que producen el canguelo que le sobreviene al pensar lo que puede pasar con él y con los intereses de la cuadrilla, que no es poco. Porque, señoras y señores, a Rus no le importa nada que le pueda pasar a Plá y ni siquiera le importa realmente lo que acontece en nuestra Comunitat. El Presidente Provincial del PP sabe que la censura es una figura legal, concebida para que se pueda arrojar luz sobre los asuntos que interesan a todos los valencianos, desenmascarar las trampas y mentiras de un gobierno valenciano atrincherado y preparando la retirada ante la avalancha que se le viene encima. Sabe perfectamente que es un derecho parlamentario para explicar a la sociedad valenciana un programa socialista que regenere la vida democrática, ponga en valor el espacio de lo público e impulse políticas pensadas para un reparto mas equitativo de la riqueza y una buena prestación de los servicios básicos a los ciudadanos. Y no les gusta un pelo la perspectiva porque han perdido la aguja de marear. A lo apuntado como síntoma en el señor Rus, cabria añadir su afirmación racial de que los socialistas, “como no tienen lo que hay que tener” nos hemos convertido en unos zascandiles vendepatrias. Confieso que Rús me hubiera defraudado si no hubiera hecho referencia a la dimensión del escroto como medida de nuestra capacidad política o a las facturas caras como paradigma de su concepción mercantil de la política. Solo me cabe la duda del peso testicular que otorga la capacidad de tener ideas y proyectos o si las facturas a las que se refiere son legales,  con IVA incluido,  o son como las que han pagado los gobiernos del PP de manera ilegal con el dinero de todos valencianos y cuyo importe está a buen recaudo en paraísos fiscales. La moción de censura es una ocasión de oro para que el Presidente Camps pueda explicárselo al pueblo valenciano y al candidato Pla en las Cortes con luz y taquígrafos.  Es extremadamente gracioso que don Alfonso nos quiera instruir en el arte de la prudencia, pero es suicida que se adentre en los terrenos de las reglas del juego democrático o de la lealtad institucional al enjuiciar la censura.  El miedo al futuro le está haciendo olvidar el pasado y borrar de su mente la manera bochornosa con la que su mentor Zaplana consiguió la alcaldía de Benidorm para enfilar una carrera política meteórica de la que sin duda los actuales mandatarios del PP son y han sido cómplices, cooperadores necesarios y hoy son sus rehenes, porque el Presidente Camps la ha suscrito de la A a la Z con palabras pronunciadas en sede parlamentaria. Es lamentable que se pueda estar defendiendo en estos momentos la patética posición política del Presidente Camps, cuando tiene sus apoyos alquilados a cargos y caciques del PP que tienen su agenda política preñada de visitas a los juzgados y su futuro  escrito entre un paréntesis que solo llena la corrupción y acota la complicidad explicita de quien gobierna su partido y la Generalitat. Malos tiempos para dar consejos, sería más prudente, honesto y valiente aplicárselos a uno mismo porque el panorama es de vergüenza. Creo que el trípode conceptual sobre el que están funcionando las consignas del PP se caerá como los palos de un sombrajo el día que Pla ponga en las Cortes Valencianas en negro sobre blanco su programa y las personas puedan comprobar con meridiana claridad la manipulación con la que el PP ha mentido sistematicamente a una Comunidad en la que no cree y que solo concibe como un espacio de poder y de negocio; porque la historia nos demuestra que la derecha que nos gobierna nunca ha creído en las instituciones de autogobierno y solo las ha utilizado cuando han podido servir a sus intereses, porque verdaderamente las consideran de su propiedad exclusiva. Por mucho que Camps suba al Penyagolosa, flatus vocis. El PSPV-PSOE goza en estos momentos de buena salud y tiene una historia compartida que le avala en la lucha por las libertades y la recuperación de las instituciones autonómicas; por eso se presenta la censura a un gobierno y a una perversa forma de gobernar: porque creemos en el noble ejercicio de la política y en nuestra tierra; porque si aritméticamente podemos perder la moción en la cámara autonómica, no dudamos que su presentación es, en si misma, un servicio público a la sociedad valenciana. La sanción real y definitiva de quien deba gobernar será el último domingo de mayo de 2007 y, hasta entonces, rogamos respeto a los procedimientos democráticos y legítimos, porque me da la impresión de que el miedo a que se acabe el negocio en el PP está abonando el terreno peligroso de la manipulación social y el filibusterismo parlamentario, por decirlo fino. Y que no se preocupe el presidente provincial del PP que los socialistas seremos respetuosos con él incluso cuando, dentro de unos meses, sea el encargado de apagar la luz y cerrar por fuera la puerta del chiringuito.   

Vicent Vercher Garrigós

Coordinador del Área de Política MunicipalPSPV-PSOE    

SOCIALISMO Y NUEVA CIUDADANÍA.

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Socialismo y nueva ciudadanía

  

(Intervención de la Vicepresidenta Primera del Gobierno

en los Cursos de verano de El Escorial)

19 de julio 2004

      

I

El nuevo socialismo

Una de las señas de identidad de cualquier Gobierno de izquierdas es que no se da por satisfecho con una mera gestión eficaz de la cosa pública. Para serlo de verdad ha de saber vincular dicha gestión a los valores de sus propias convicciones ideológicas, a determinados “principios regulativos” dentro de los cuales enmarcar toda la acción política. Entre éstos están, como no, los principios de la solidaridad y la igualdad, que siempre han distinguido a los socialistas. Valores que enseguida se fusionaron a una concepción progresista de la libertad y la democracia. La proximidad de los poderes públicos a la ciudadanía y la construcción de una sociedad más igualitaria siguen siendo nuestra prioridad y así habrá de ser también en el futuro. El problema que se plantea -y que supongo que constituirá uno de los elementos de reflexión en este seminario-, consiste en ver hasta qué punto pueden realizarse estos principios bajo las difíciles condiciones de una sociedad en plena transformación como la que estamos viviendo en la actualidad. Los principios están claros, no así los medios para llevarlos a efecto.

II

Los nuevos retos

Frente a esta situación, el discurso de izquierdas debe reacomodarse para afrontar el futuro sin negar los valores del pasado. Se ha dicho que la izquierda lleva ya demasiado tiempo “conduciendo con el espejo retrovisor”. Se ha fijado en exceso en el discurso que emana de la Ilustración y en las condiciones específicas que tuvieron su origen en el industrialismo clásico. Si deseamos mirar hacia delante debemos necesariamente asumir tres hechos:

  • Primero, que el corte histórico producido en 1989/90 con la caída del socialismo de Estado ha obligado a un reajuste completo de las ideologías políticas. Aunque esto no equivalga, desde luego, al reconocimiento de su “desaparición”.

  • En segundo lugar, que han cambiado de forma sustancial los presupuestos sobre los que se edificaron las políticas de izquierdas: hemos llegado al fin del industrialismo clásico para encontrarnos ante una sociedad sujeta a nuevas condiciones objetivas. Baste mencionar ahora los efectos de la globalización económica con su continua apertura de los mercados, que ha creado un nuevo paradigma dentro del capitalismo, eso que alguien ha caracterizado como el “capitalismo existencialista”, permanentemente condenado a la innovación. O las dificultades derivadas de los problemas de la nueva complejidad social, que imponen una nueva forma de entender la acción de gobierno y el papel del Estado. Por no entrar en otros cambios sociológicos como el creciente pluralismo moral y de formas de vida, o el aumento de la diversidad social.

  • Y, por último, que hoy nos encontramos también ante la amenaza de desaparición del optimismo ilustrado, que creía en una mejora progresiva de las condiciones de vida de los seres humanos. Hoy se aprecia por doquier un nuevo realismo “posilustrado y “poshumanista”, que parece mostrarse complacido con la afirmación del mundo tal y como es. Y todo empeño por tratar de transformarlo tiende a presentarse como una empresa ilusoria y sin fundamento.

Simultáneamente estamos asistiendo, sin embargo, a una nueva menesterosidad social que exige más que nunca una respuesta de izquierdas. En términos un tanto dramáticos, el sociólogo Zygmunt Bauman ha caracterizado esta nueva realidad como una “situación de vulnerabilidad mutuamente asegurada”, derivada del hecho de haber perdido el “sentido de una misión colectiva”. En una descripción un tanto lúgubre, nos dice que “los derechos económicos están fuera del alcance del Estado; los derechos políticos se han reducido al pensamiento único de mercados desregulados de estilo neoliberal; y los derechos sociales son reemplazados por el “deber individual” de velar por nosotros mismos”. A mi juicio, todavía no estamos ante esto que Bauman nos presenta como un hecho. Pero sería vano ignorar que la amenaza está ahí. El proceso de creciente individualización del que nos hablan algunos sociólogos y los imperativos de la nueva economía  puede revertir, en efecto, sobre la pérdida de una dimensión pública dirigida a enmendar sistemáticamente los problemas sociales en manos del Estado.

   

III

Políticas neo-liberales y socialismo de las libertades

Ésta ha sido la pretensión de las nuevas políticas neoliberales, que parecen darse por satisfechas desafiando el ideal humanista básico de la igualdad moral entre las personas. Se han valido de la economía para desafiar el fundamento moral de la igualdad social. Su objetivo ha sido la “despolitización de la desigualdad”, que la igualdad dejara de ser uno de los fines morales del Estado, y el tratar de reducir la democracia a una mera “democracia delegativa”.  Lo que se pretende al final es una “democracia de consumidores” no de auténticos ciudadanos, así como la ruptura del pacto social montado sobre la idea socialdemócrata clásica de la redistribución de los recursos sociales, el “tomar de los ricos para dárselo a los pobres”.

El socialismo del s. XXI tiene que enfrentarse a estos hechos con soluciones imaginativas y con una nueva conciencia de sus posibilidades; sin traicionar los valores de su tradición ni replegándose sobre las estrategias del pasado. Su éxito ha consistido históricamente en conseguir llevar el bienestar social y la libertad a una mayoría de la población, así como en fomentar la liberación frente a las jerarquías sociales y comunitarias tradicionales. Nuestras sociedades contemporáneas no serían lo que son sin su importante labor a la hora de forjar el consenso socialdemocrático. Por mucho que se hayan transformado las circunstancias sociales, nada impide que podamos seguir avanzando. Para ello debemos concentrarnos en definir nuestro proyecto en positivo, dejar claro qué es lo que favorece y propugna y luchar por ello.

  

IV

El nuevo discurso teórico neo-progresista

A pesar de las dificultades derivadas de la complejidad de la sociedad contemporánea, a nadie se le oculta que el socialismo de hoy sigue perseverando en la construcción de un potente discurso teórico. No hay izquierda sin un proyecto coherente con capacidad de ilusionar. Su superioridad sobre la derecha sigue estando en el campo del pensamiento, en su fuste teórico.

Desde luego, hoy ya no es posible hacerlo en los mismos términos que en otras épocas. Steven Lukes -uno de los politólogos británicos que más ha reflexionado sobre el papel de la izquierda a lo largo del siglo pasado-  decía, que lo que siempre ha caracterizado a la izquierda es su convicción en la importancia de buscar la coherencia en su comprensión del mundo para a partir de ahí actuar sobre él. Esta coherencia se extraía de un análisis evolutivo de la sociedad, como parte de una historia más amplia de progreso real y potencial: una narrativa completa de conquistas acumulativas y de retrocesos, expresada a veces en metáforas militares. Su guía era el principio de rectificación de las injusticias que se iban observando en cada momento histórico, y que se vinculaba a una determinada comprensión de la evolución histórica como dirigida hacia un “estadio final”. Para ello necesitaba valerse siempre de un estándar de la justicia, un contrafáctico frente al cual medir las desventajas y desigualdades que se presentaban como “injustificadas” y promover su abolición.

Según Lukes, la dificultad de mantener este planteamiento en los momentos actuales es que carecemos ya de un claro “principio de rectificación de las injusticias”, observándose una propensión hacia una mayor “tolerancia de la injusticia”. Pero, sobre todo, que no está ya a nuestra disposición ese Estado-nación de hace algunas décadas, capaz de emprender una auténtica transformación de la sociedad “desde arriba”.

Lo que esto nos dice es que es que el mundo ha devenido lo suficientemente complejo como para poder ser abarcado por filosofías de la historia o por la mirada de un gran maître penseur. Y que, comoquiera que elaboremos el discurso, no es fácil “ponerlo a trabajar” sin contar con una más activa participación de la propia sociedad.  La izquierda siempre se había apoyado sobre un fuerte Estado jerárquico conformador de un orden desde un centro y sobre un discurso universalista abstracto. Éstos son los elementos de los que hoy ya no podemos disponer. Y no basta con reaccionar entregándose a un optimismo pragmático que se limita a maquillar la realidad; tampoco sirve de mucho la enmienda a la totalidad que se construye sobre la demonización permanente de todo lo dado o exigir a la política lo que quizá ya no está en condiciones de aportar. La izquierda de hoy es la que se toma la realidad en serio, precisamente porque aspira a su transformación y mayor perfectibilidad. Que en el camino hayamos de fraccionar el discurso hay que interiorizarlo como parte de las nuevas condiciones con las que hay que operar; lo importante es que siga habiendo discurso.

Si miramos la agenda temática de cualesquiera de las reuniones o conferencias europeas o mundiales de los grupos encargados de redefinir y ajustar el discurso socialista enseguida tomamos conciencia de la multiplicidad de los temas que se abordan y de lo formidable del desafío: los mercados financieros y la nueva economía, los problemas de la inmigración, los grupos minoritarios, las nuevas fuentes de marginación creada por la “división digital” de la sociedad, la pobreza, la protecc

ión de la diversidad cultural o los límites de la sociedad civil, además de muchos otros.

De esta reuniones está surgiendo una nueva Internacional Progresista, que está sirviendo para detenerse a pensar sobre los nuevos desafíos, reaccionar frente al entreguismo ante el “orden espontáneo” de los mercados mundiales y sacudirse un poco las inercias del conservadurismo ideológico de la izquierda tradicional. Ya comienzan a verse, además, algunos importantes avances. El primero y fundamental es la recuperación del espíritu internacionalista o cosmopolita y el consiguiente abandono de las soluciones locales. Sólo habrá posibilidades de gobernar la sociedad global desde una colaboración internacional y a partir de un claro diagnóstico sobre lo que está pasando. Pero se aprecian también importantes ideas para sustentar eso que Giddens califica como un discurso neoprogresista, que va bastante más allá de la timidez y la condescendencia con el status quo de las propuestas de la Tercera Vía. Veamos algunas de ellas.

V

Sector público y mercado

El núcleo de este nuevo pensamiento se centra en la necesidad de instituir un vigoroso sector público ligado a una floreciente economía de mercado; una sociedad pluralista, pero inclusiva; y un ámbito mundial cosmopolita sostenido sobre los principios del derecho internacional. El elemento decisivo es la recuperación de la prioridad de los intereses y bienes públicos. Una economía saludable precisa de mercados que funcionen, pero también de un sector público en condiciones en el que el Estado mantenga un papel esencial. Puede que sea aquí, en el diseño de un nuevo papel para el Estado, donde se encuentre lo más relevante de estas propuestas. Las nuevas tesis de Giddens a este respecto acentúan el cambio de énfasis de que es preciso dotar a esta institución. El período de posguerra fue la era del “Estado burocrático”. Luego vino la fase de la privatización y la desregulación. Ahora deberíamos entrar en una nueva etapa marcada por una renovada atención a lo público, de defensa de la decisiva importancia que tiene el sector público para una sociedad decente y justa.

Aquí no se trata de tomar partido por ver si el Estado es en general superior al mercado o la inversa. Lo importante es sujetar a ambos a la prueba del “interés público”. Hay que abandonar la idea de que sólo puede justificarse aquello “que funciona”, lo que es eficiente en sí; el criterio debe ser más bien la eficacia en la promoción de determinados bienes públicos. Por decirlo en otras palabras, el mercado no funciona más eficientemente por el mero hecho de permitir el libre juego del interés propio. Es más bien al contrario. La aceptación incontrovertible de este hecho en la nueva economía constituye una de las razones de la actual crisis de confianza que ha recaído sobre el mundo de los negocios y sector financiero. Como acertadamente señala John Kay, “no es cierto que el beneficio sea el objetivo de la economía de mercado, y que la producción de bienes y servicios sean el medio para conseguirlo: el objetivo es la producción de bienes y servicios, y el beneficio es el medio”.

   

VI

El Estado asegurador

Estas reflexiones apuntan a un concepto que considero clave, la inmersión del mercado en un contexto político, social y cultural más amplio, que han de marcar los límites sobre los que debe operar. Y a estos efectos los poderes públicos son decisivos como intermediarios y responsables legítimos del bienestar general. Para referirse a ello, el discurso neoprogresista habla de un Estado asegurador. “Asegurador” en el sentido de que su función básica estriba en asumir la responsabilidad por la provisión de políticas y por la coordinación de servicios que en muchos casos no organiza directamente. No sólo es responsable de dotar de determinados recursos a los ciudadanos –el acceso a la educación, la sanidad, u otros servicios sociales- sino de garantizar los estándares o niveles de dicha provisión. Es un Estado regulador, pero su orientación es distinta de la del Estado burocrático del período de posguerra. Dada la amplitud de actores implicados –grupos de la sociedad civil, asociaciones voluntarias, tercer sector, etc.- la regulación no equivale a un “control directo” sino a la fijación de criterios y al establecimiento de incentivos para impulsar comportamientos que se juzgan relevantes a efectos públicos.

Este fomento de una mayor implicación de otros actores de la sociedad civil no significa, sin embargo, que se esté llamando a una “retirada del Estado” o que los cambios en las nuevas formas de gobierno impliquen una disminución de la responsabilidad estatal. Un Estado asegurador debe reconocer que las transformaciones de la forma estatal de hecho generan cambios en los modos, el estilo y los instrumentos del gobierno, pero no un rechazo de su responsabilidad. Permite reforzar la gobernabilidad trabajando en colaboración con la sociedad, pero siempre haciendo posible la prestación de servicios públicos mediante las adecuadas estructuras regulativas. Como se ha dicho, el Estado ha de dar por supuesta su responsabilidad continua en le mantenimiento del bienestar general y en el reforzamiento de la sociedad civil. Desea ser “el Estado de la sociedad civil” y no su mera contraparte. Y esto nos conduce ya más directamente a las relaciones entre poderes públicos y ciudadanía.

VII

Poderes públicos y ciudadanía

El compromiso que adquirimos con los ciudadanos tras el triunfo en las últimas elecciones generales es un compromiso a favor de la política y de un mayor acercamiento entre gobernantes y gobernados. Este compromiso busca instituir un auténtico contrato entre los poderes públicos y los ciudadanos dirigido a crear un sentimiento de responsabilidad compartida.  Sin él no será posible enfrentar los formidables desafíos que están ante nosotros y precisan de soluciones colectivas. Si la mayoría de los ciudadanos se apartan del sistema político como un instrumento de cambio social, se desvanece la capacidad de la política para influenciar a la sociedad y transformarla en una dirección progresista. Reintegrar a los ciudadanos en la vida política se convierte en la máxima prioridad.  Hay que imaginar nuevas vías para conseguirlo mediante la revitalización de las instituciones, la potenciación de la cultura cívica y el desarrollo de nuevas prácticas para la deliberación democrática y la adopción de las decisiones políticas. En suma, buscar una nueva ruta para recobrar la confianza en la política y en la legitimidad de la acción pública.

Como es bien sabido, la confianza en la política es un recurso que parece más escaso cada vez.  Como observa Fareed Zakaria respecto de Estados Unidos, las instituciones que gozan de la mayor confianza –los jueces del Tribunal Supremo, la dirección de la Reserva Federal o el ejército- tienen algo en común, y es que están aisladas de la presión pública y operan de forma no democrática. El Congreso, por el contrario, la institución política más representativa y deliberativa de todas, siempre se sitúa al final de las preferencias ciudadanas. Con referencia e ese mismo país, Robert Putnam, quizá el máximo experto en capital social, ha calculado que el compromiso de los ciudadanos con los asuntos públicos o civiles ha descendido un cuarenta por ciento desde mediados de la década de los sesenta. Pero esta tendencia no es exclusiva de los Estados Unidos.  Basta seguir las encuestas del Eurobarómetro para darse cuenta de que los partidos políticos siguen siendo las instituciones que gozan de la menor confianza en Europa, y que, salvo en los países escandinavos, los parlamentos nacionales están también en la parte bajo de la tabla.

¿Significa esto que disminuye la legitimidad de la democracia, o más bien que aumenta la exigencia de los ciudadanos sobre sus instituciones representativas? Seguramente no se trate de una cosa ni de otra. La legitimidad de la democracia está asegurada, sobre esto también hay unanimidad en las encuestas, y la exigencia ciudadana sobre la clase política sigue diferentes oscilaciones que no son siempre fáciles de establecer. La causa última puede que resida en la nueva situación de inseguridad y precariedad que caracteriza a este nuevo mundo globalizado, en la percepción de que los poderes públicos ya no son capaces de controlar nuestro destino, y que el compromiso moral con la provisión de ciertas prestaciones imprescindibles para llevar a cabo una vida digna y segura es una cosa del pasado.

Esta situación de incertidumbre ante el futuro y de inseguridad ante el presente hay que imputarla a la expansión del neoliberalismo y a la nueva naturaleza fragmentaria de los vínculos sociales y de la propia identidad individual. El Estado Social de posguerra sostuvo el principio de la responsabilidad colectiva por el bienestar individual, de la seguridad colectiva frente a la necesidad individual. Hoy se ha invertido la ecuación. Lo que predomina es la tendencia a buscar “soluciones biográficas, individuales, para males colectivos” (Ulrico Beck). Hay dificultades crecientes para traducir los problemas privados en cuestiones públicas.

En el análisis que el ya citado Z. Bauman hace al respecto, la causa de esta situación depende del hecho de que las sociedades de hoy se integran mediante el consumo más que a través de la producción. La libertad ha dejado de ser un concepto con una dimensión pública para reducirse al modelo de la libertad de elegir cómo satisfacer deseos individuales, del mismo modo que la propia identidad personal se construye también a través del mercado. La libertad y el destino personal se han privatizado. Y “una libertad crecientemente privatizada alimenta el desinterés por la política”. Aquellos gobiernos que han cedido la mayoría de sus recursos a fuerzas no elegidas y no controlables políticamente, tienen cada vez menos que ofrecer.

Es posible que haya, en efecto, un nuevo espíritu de “desapego cívico” o de desconfianza en algunas instituciones, pero sería erróneo identificarlo sin más a una retirada de la política. Como demuestra el último triunfo de la izquierda en nuestro país, es posible recuperar para la política a los ciudadanos desencantados. No debería ser una situación coyuntural, sino parte de ese contrato entre poderes públicos y ciudadanía del que hablaba antes. La cuestión que habría que suscitar es, por tanto, la relativa a cómo apuntalar de modo estable esa corresponsabilidad entre poderes públicos y ciudadanos. Algo hemos dicho ya al respecto al hablar del nuevo compromiso del Estado con la sociedad. Pero es preciso insistir también en la necesidad de dar de un nuevo contenido a las instituciones democráticas.

Nuestra democracia representativa debe abrirse para acoger una democracia más participativa y abierta a la discusión. Una democracia que, además, deberá ser inclusiva. Debe prestar la mayor atención posible al pluralismo de nuestra sociedad y a su acomodación en el sistema político.  A nadie se le escapa que no todos los grupos sociales tienen la misma capacidad de entrada al sistema político o al espacio público. Nuestra sociedad tiene importantes bolsas de marginalidad social que es también marginalidad política. Podemos pensar en grupos sociales minoritarios como los inmigrantes o los gitanos. Pero también en los jóvenes o en los miembros de movimientos sociales, cuyo activismo político muchas veces sólo encuentra un cauce de participación fuera de los canales del sistema político. Hay que darles nuevas vías de acceso al escenario de la política institucional. Que su voz pueda ser escuchada y procesada en su interior. No estamos precisamente sobrados de energías democráticas como para poder prescindir de esta base social inquieta e innovadora. Sin ellos no hay un auténtico proyecto de apertura a toda la sociedad.

                Durante demasiado tiempo la ciudadanía se ha asociado a estructuras constitucionales formales y estáticas. Pero si deseamos afianzar el poder de los ciudadanos para producir soluciones políticas estables, los socialistas debemos combinar estos fundamentos tradicionales e imprescindibles del Estado de derecho con un nuevo énfasis sobre la cultura y la participación y con una adaptación institucional dinámica. Sin ese poder que emerge de la ciudadanía difícilmente podrán clarificar los poderes públicos sus límites y objetivos. Pensemos, por poner un ejemplo, en el actual debate sobre la dimensión que ha de cobrar la gestión de recursos públicos escasos en áreas como la educación, la sanidad u otras prestaciones sociales. Y esto se extiende a cualquier cuestión de naturaleza política. Las instancias públicas –y también los propios partidos políticos- deben dejar de contemplarse tanto a sí mismos y más a la sociedad.

 Concluyo. Hay cuestiones que a mi juicio no ofrecen muchas dudas: siempre es mejor un debate de ideas que las luchas personalistas o las inercias programáticas. Pero este debate no puede quedar confinado a los límites de un seminario, debe abrirse también a la sociedad como un todo. No hemos dejado de insistir en que nuestro objetivo es tratar de recuperar el espacio público para la política. Habremos de hacerlo también para incorporar el contraste de pareceres y los desafíos provenientes del nuevo pensamiento político. ¿De qué sirven las ideas si luego no pueden ser debatidas? Nadie ignora que la mayor amenaza para que nuestra sociedad cobre una mayor madurez en su discurso público deriva del escaso espacio dedicado a las cuestiones políticas en determinados medios de comunicación. Tengo para mí, que los ciudadanos sólo comenzarán a cobrar una mayor conciencia de su dimensión ciudadana  cuando pueda reconocerse como tales en un espacio público con mayor capacidad de acogida de sus inquietudes políticas, por muy latentes que éstas sean. Y una ciudadanía crítica y activa es la mejor garantía para un gobierno responsable.