UNA REFLEXIÓN PERTINENTE.

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El pasado cuatro de julio se cumplieron diez años desde que el PP ocupó la alcaldía de L’Alcúdia de Crespins al haber obtenido seis de los once concejales en las elecciones municipales celebradas en mayo de 1999. Diez años transcurridos que me llevan a una reflexión que entiendo pertinente por mi parte y que debería serlo también para los dirigentes del PSOE local, partido en el que milito desde 1975.

 

Diez años transcurridos, bien merecen una reflexión en voz alta por parte de quien durante el doble de tiempo, es decir durante veinte años, dirigió un gobierno municipal socialista con mayoría absoluta constante y compartió responsabilidades institucionales en otros niveles políticos, con otros dirigentes locales que proyectaron esta agrupación local con fuerza y prestigio en la comarca de La costera y en el conjunto de organización socialista.

 

Algunos medios digitales a los que tengo todo el respeto que se merece la libertad de opinión, han comparado en las últimas semanas aquellos tiempos con los que hoy atraviesa la vida orgánica del socialismo local y la realidad institucional de nuestro ayuntamiento. Al respecto quiero puntualizar como punto de referencia rigurosamente histórica que, en mi caso, ninguna otra cosa me apartó de la vida política local sino unas elecciones primarias, a mi juicio extemporáneas e irreflexivas, que convino celebrar la agrupación socialista y que acepté de acuerdo con el sentir mayoritario de mis compañeros mas cercanos, de manera que no se alterara por la vía disciplinaria un proceso preparado ex profeso para un cambio de ciclo y de personas que venia precedido por un acoso político de baja estopa que había trascendido el ámbito estrictamente político para afectar a los ámbitos personales y familiares de unas cuantas personas que formaban mi entorno más inmediato. Esa es la realidad documentada y no otra distinta que ya forma parte de las leyendas urbanas de la época que todavía permanecen en el imaginario orgánico sin saber muy bien por qué ni con que finalidad. Lo cierto es que lo que se preparó, salió y otras personas asumieron retos y responsabilidades adquiridas de manera voluntaria y democrática.

 

Desde entonces, lo cierto y verdadero es que los socialistas estamos ayunos de responsabilidades institucionales si exceptuamos los pocos meses que tuvimos la responsabilidad de gobierno como consecuencia de una moción de censura. El hecho constatable es que en los últimos diez años no hemos conseguido alcanzar el poder municipal por nosotros mismos y la segunda aseveración histórica es que aquel foro de debate democrático que era la asamblea local que, equivocada o no, decidió cambiar de referentes políticos y orgánicos con las consecuencias y las consecuencias que hemos descrito, ha pasado a mejor vida en aras de un tacticismo que nos ha llevado a romper los puentes del dialogo y a un debilitamiento ideológico y estratégico que nos hace depender irremisiblemente de terceros partidos minoritarios que, conscientes de nuestra debilidad, establecen su estrategia legítima  dentro de un marco que es fruto de la lógica política del desgaste socialista como una de los factores para su crecimiento electoral. Si sumamos a este factor, el que ellos añaden de una experiencia de gobierno negativa y, como corolario, el que hayamos dinamitado los puentes y destrozado los contactos que permitían un mínimo entendimiento para poder formar un gobierno sólido en beneficio de la comunidad local, tenemos la situación actual perfectamente enmarcada. De lo que podemos deducir que, no es mucha clarividencia la que se deduce de nuestras actuaciones políticas ni de nuestras numantinas posiciones orgánicas.

 

Antes pronto que tarde, se impone la templanza, el sosiego y la reflexión política si queremos volver al camino abandonado de manera extraña hace poco más de diez años que nos permita poder volver a dirigir los destinos municipales con un gobierno potente y con una base política y social bien articulada.

 

Porque hay unas cuantas preguntas obligadas que han de servir de base a esa reflexión precisa y pertinente: ¿Qué beneficios políticos han devenido de aquella decisión mayoritaria de prescindir de las personas que venían encadenando cinco mayorías absolutas en el ayuntamiento?; ¿Cuáles han sido las consecuencias políticas objetivamente mensurables?. ¿Qué queda de aquella mayoría coyuntural que impulsó las elecciones primarias, las ganó y que primero perdió las elecciones y después  saltó por los aires en solo unos meses de gobierno municipal compartido e interino?; ¿Qué ha ganado el PSOE con todo esta sinrazón histórica?. Si nos damos una respuesta honesta a todas estas cuestiones podremos alcanzar ese punto de objetividad, alejada de los sectarismos y las consignas, que es absolutamente necesario para una reflexión que ha de ser obligada, rigurosa, generosa y profunda para que después se puedan materializar políticas y estrategias concretas que reconduzcan el papel del PSOE en la política local y nos hagan merecedores de la complicidad y la confianza de nuestros vecinos.

 

Solo el tiempo transcurrido y, con él, los acontecimientos negativos  vividos hasta este instante deberían ser un motivo suficiente para iniciar un proceso serio de análisis y reflexión política. Después, el trabajo, la generosidad  y las ideas compartidas desde el dialogo y el consenso pueden alumbrar un nuevo tiempo para el socialismo local; si no lo hacemos así continuaremos por mucho tiempo en la inanición política y la oposición institucional. Esa es la verdad y todos sabemos cual es el único camino; otra cosa es si todos estamos dispuestos a recorrerlo desde la sensatez, la libertad, el respeto y la igualdad.

 

Vicent Vercher Garrigós

Ideas para la izquierda.

 

ideas para la izquierda

El País/

Daniel Innerarity  28/06/2009

El fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, precisamente por haber afectado a todos los países, remite a algunas causas ideológicas de carácter general.

 La pregunta que se plantea con irritación y desconcierto sería la siguiente: ¿cómo explicar que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha?

El vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo Pienso que la raíz de esa curiosa decepción, que se reparte tan asimétricamente, está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces incluso demasiado. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no sólo libertad sino también equidad.

 La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego. Es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto (en términos de desigualdad, por ejemplo), le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un “capitalismo compasivo” para paliar algunas situaciones intolerables. Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas.

 La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo. Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción.

La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas. Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política.

Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes. La izquierda debería politizar, en el mejor sentido del término, frente a una derecha a la que no le interesa demasiado el tratamiento “político” de los temas. La derecha hoy exitosa en Europa es una derecha que promueve, indirecta o abiertamente, la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, orden, flexibilidad, recurso al saber de los técnicos…). Lo que la izquierda debería hacer es luchar, a todos los niveles (frente al imperialismo del sistema financiero, contra los expertos que achican el espacio de lo que es democráticamente decidible, contra la frivolidad mediática…) para recuperar la centralidad de la política. Hoy no es que haya una política de izquierdas y otra de derechas; el verdadero combate se libra actualmente en un campo de juego que está dividido entre aquellos que desean que el mundo tenga un formato político y aquellos a los que no les importaría que la política resultara insignificante, un anacronismo del que pudiéramos prescindir.

Por eso la defensa de la política se ha convertido en la tarea fundamental de la izquierda; la derecha está cómodamente instalada en una política reducida a su mínima expresión, a la que le han reducido enormemente sus espacios el poder de los expertos, las constricciones de los mercados y el efectismo mediático. Para la izquierda, que el espacio público tenga calidad democrática es un asunto crucial, en el que se juega su propia supervivencia.

La idea de que la izquierda está por lo general menos movilizada se ha convertido en un tópico que a veces revela una concepción mecánica y paternalista (cuando no militar) de la política. Hay quien entiende la movilización como una especie de hooliganización, como si la ciudadanía fuera una hinchada, y, llegado el momento, propone suministrar la dosis oportuna de miedo o ilusión para que la clientela se comporte debidamente. Este automatismo no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una izquierda que se está acostumbrando a chapotear en una ciudadanía de baja intensidad.

 Lo que la gente necesita no son impulsos mecánicos sino ideas que le ayuden a comprender el mundo en el que vive y proyectos en los que valga la pena comprometerse. Y la actual socialdemocracia europea no tiene ni ideas ni proyectos (o los tiene en una medida claramente insuficiente). No quiero caer en un platonismo barato y exagerar el papel de las ideas en política, pero si la izquierda no se renueva en este plano seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.

El PP, los escándalos y la calidad de nuestra democracia

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • CARLOS CARNICERO

    04/05/2009

 

El Zumbido

La sucesión de escándalos económicos y políticos no termina de erosionar la imagen del PP. Sucede que existe una barrera de contención del enemigo que desde la derecha determina que todo está permitido con tal de que la izquierda salga perjudicada. Son planteamientos predemocráticos, cainitas y frentistas. Pero eso es lo que hay.

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En el último tiempo de gobierno de Felipe González sucedieron algunos episodios de corrupción que provocaron un montón de dimisiones. Hubo asunción de responsabilidad política y el propio Felipe González, en 1996, renunció al intento de formar un gobierno en minoría a pesar de la precariedad de la victoria de José María Aznar.

El caso Gurtel, los espionajes en Madrid y la cantidad de cargos públicos de relevancia implicados en esas tramas obscenas de corrupción debieran haber sido motivo de derrumbe de las expectativas de voto del PP. Pero hay mucho elector de este partido que funciona como miembro de una secta que tiene que admitir cualquier comportamiento de su propio partido antes de dejar de apoyar a su equipo. Ocurre como en algunos equipos de fútbol: une más el odio al adversario que la adhesión a los propios colores; en caso de duda, muchos preferirían que perdiese el PSOE aunque para ello también tuviera que hacerlo el PP.

Una de las características de la revolución llevada a cabo por Barack Obama es la consideración de la política como puente entre ideas distintas. Buscar siempre lo que une, aunque sea poco, por encima de lo que separa.

En España estamos muy lejos de esa posibilidad porque a mi juicio dentro del PP conviven personas de distinta calidad ideológica. Los herederos del franquismo siguen teniendo un peso importante y marcan las improntas por encima de cualquier intento de renovación. Una vez más le va a tocar a la izquierda la labor pedagógica de convertir España en un país democráticamente transitable.

Carlos Carnicero es periodista y analista político.

La izquierda valenciana y el sindrome de Estocolmo.

VICENT SOLER

 Una nueva generación dirige desde ahora el PSPV, el principal partido de la izquierda valenciana. También, el 94% del partido ha decidido mantener, contra viento y marea, la denominación de País Valenciano.
Tanto un hecho como el otro son síntomas de que es posible una nueva etapa para la socialdemocracia valenciana y para la sociedad valenciana en su conjunto. Una nueva etapa en la que los valencianos nos dotemos de una visión de nosotros mismos y del mundo acorde con los tiempos que corren.
Porque invocar el término País Valenciano significa claramente invocar modernidad hoy, en la sociedad compleja del siglo XXI. Pensemos que este término ha tenido siempre unas connotaciones de modernidad. Las tuvo en el siglo XVIII cuando la inventaron los ilustrados y las tuvo cuando se popularizó durante la II República. Pero, sobre todo, las tuvo cuando lo recuperaron los demócratas contra la Dictadura. Incluso la derecha neofranquista de la Transición, la UCD, utilizó el término País Valenciano en un principio para adaptarse a la nueva situación.
Sin embargo, a falta de discurso propio no vergonzante, la derecha política pronto cayó en la tentación electoralista de cultivar el enfrentamiento civil entre los valencianos renegando del término y convirtiéndolo en motivo de oprobio para los buenos valencianos, actitud que el Partido Popular hizo suya desde el principio.
El caso es que consiguió estigmatizar el término y, en general, todo el valencianismo progresista -más bien, anatemizarlo como catalanista- y así reimplantar la vieja visión de regionalismo decimonónico valenciano, grandilocuente y victimista pero vacuo, que nos ha llevado a que los valencianos vayamos perdiendo jirones de nuestra identidad generación a generación y acabemos siendo un cero a la izquierda en España y Europa.
La violencia mediática, e incluso física, con la que la derecha secuestró durante la Transición aquel incipiente movimiento de modernidad social y cultural que se había fraguado en la lucha antifranquista -y que heredó en buena parte el PSPV- puede explicar muchas cosas, entre las cuales el síndrome de Estocolmo en el que se sumió este partido.
Pero los tiempos están cambiando. La crisis del modelo neoliberal que evidencia el desastre financiero en Estados Unidos, por una parte, y la peor situación de la economía valenciana respecto de la española debilitan las posiciones de la derecha en su concepción excluyente de la realidad. Y echar mano de los sentimientos de valencianidad es algo que también pueden hacer otros.
Aquí es donde los socialdemócratas pueden sacar pecho, sin complejo alguno. Situar el debate entre modelos diferentes de valencianismo, entre maneras diferentes de defender los intereses de los valencianos. Demostrando que las maneras de la derecha han sido en realidad humo de paja.
Por todo ello, retomar el uso normal del término País Valenciano (junto al oficial de Comunitat Valenciana), zafándose definitivamente del síndrome de Estocolmo, puede ayudar a visualizar esta nueva etapa. Una etapa que puede estar pletórica de modernidad y eficacia frente a la banalidad de lo antiguo que representa el valencianismo de la derecha.
*Catedrático de Economía. Universitat de València

Neoliberales y neocon están en franca desbandada ideológica.

POLÍTICA

 

¿Y si la izquierda estuviera ganando la batalla de las ideas?

Cuando se contempla el actual mapa político de Europa occidental es evidente que las acciones de la derecha están en alza. Es lo que hace el semanario estadounidense Newsweek en su edición de esta tercera semana de septiembre de 2008. En portada, una gran foto del nuevo líder de los socialdemócratas alemanes, Frank-Walker Steinmeier, tres más pequeñas de Gordon Brown, Segolene Royal y José Luis Rodríguez Zapatero, y este titular: “The lame left” (La izquierda coja). En páginas interiores, un artículo de Stefan Theil, razonable como suele ser habitual en Newsweek, señala que, mientras la izquierda no levanta cabeza en Francia e Italia pese a la impopularidad de Sarkozy y las trapacerías de Berlusconi, el laborista británico Gordon Brown parece agonizar y el mismísimo Zapatero pasa por un mal momento en España a causa de la crisis económica. En cuanto al espacio de los socialdemócratas alemanes, que ahora dirige Steinmeier, va achicándose entre el centro que les roba Angela Merkel y la izquierda radical de Oscar Lafontaine.

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Pero eso no es todo. En un ejercicio de buen periodismo, Newsweek completa la información de Theil con un artículo de Sunder Katwala, secretario general de The Fabian Society, un think tank progresista de Londres, y ahí llegan las verdaderas sorpresas. Para empezar, el artículo de Katwala (Why Europe´s Left Can Rise Again) va ilustrado con una foto de Barak Obama, algo que subraya de modo instantáneo un hecho importante: los progresistas han regresado con fuerza a la escena política estadounidense y hasta es posible que ganen las elecciones presidenciales. Y ello con propuestas que, como señala el pie de foto de Newsweek, gustan al centroizquierda europeo: fin de la desastrosa aventura iraquí; sustitución en los asuntos internacionales del belicismo por la diplomacia, del unilateralismo por el multilateralismo, del fanatismo por el pragmatismo; instauración de un sistema de sanidad pública, subidas de impuestos a los más ricos para financiar políticas sociales; protección del medio ambiente…

En desbandada
Katwala va más allá. En su opinión, la izquierda occidental ya le ha ganado la batalla de las ideas a la derecha. Neoliberales y neocon están en franca desbandada ideológica. ¿Quién puede predicar en estos tiempos de crisis económica mundial el torticero dogma de que el mercado lo soluciona todo por sí mismo? ¿No ha sido la desregulación salvaje del sistema financiero estadounidense la causante de la crisis de las hipotecas basura? ¿No se enfrenta EE UU a un déficit público colosal por la política de supresión de impuestos a los ricos y a las grandes empresas de Bush? ¿No vemos más bien lo contrario: un regreso en el mismo EE UU al intervencionismo gubernamental y en todas partes una demanda de mayor peso y activismo del Estado? Y lo mismo al hablar de política internacional: ¿quién defiende hoy, aparte de Aznar, lo de Irak? ¿Quién cree que EE UU puede hacer de gendarme solitario del planeta?

Thacherista
De hecho, afirma Katwala, bastantes de los elementos más novedosos y atractivos de la nueva derecha europea están copiados de la izquierda. Por ejemplo, el ascendente líder conservador británico David Cameron no va de thacherista; al contrario, dice mostrarse preocupado por la ecología, la cultura, las políticas sociales, los inmigrantes y los discapacitados, intentando, y consiguiendo, ofrecer una imagen de derecha “nice” (agradable) y rechazando la de “nasty” (desagradable). Sarkozy, por su parte, ha sorprendido a todo el mundo al proponer un nuevo subsidio para los desempleados (la Renta de Solidaridad Activa) que piensa financiar con un nuevo impuesto a las rentas del capital (sí, sí, Sarkozy quiere subir los impuestos a los ricos).

“España plural”
Los más listos del PP están intentando hacer lo mismo en España, conscientes de que así, y sólo así, pueden evitar una movilización masiva de la izquierda en las elecciones. Por ejemplo, hace poco ha podido leerse en las páginas de Opinión de El País un interesante artículo de José María Lasalle criticando duramente a los neocon. Y millones de españoles acaban de ver en TVE a Alberto Ruiz Gallardón usando palabras como “talante” y “España plural”, proponiendo pasar de la economía del ladrillo a la del conocimiento, defendiendo las viviendas de alquiler y las de protección oficial y exhibiendo solidaridad con los discapacitados; todo ello muy a lo David Cameron.

No pienses en un elefante
La tesis de Katwala no es desdeñable, desde luego, y se desmarca de ese lamento tópico y pesadísimo de tanto progre (o más bien, ex progre) sobre la ausencia de ideas en el campo de la izquierda desde la caída de la Unión Soviética. Ideas las hay, lo que no hay en muchas ocasiones es capacidad para comunicarlas (“venderlas”, dirían algunos). La primera razón de este fenómeno es obvia: los medios de comunicación de masas son negocios costosísimos y son raros los empresarios de izquierdas. La segunda es la que apuntó Lakoff en su libro No pienses en un elefante, tan citado y tan poco leído y aún menos practicado: la incapacidad para presentar las ideas progresistas de un modo desacomplejado, sencillo, directo y atractivo.

Javier Valenzuela es periodista y escritor. Ha sido corresponsal de El País en Beirut, Rabat, París y Washington y director adjunto de ese periódico, así como Director General de Información Internacional de la Presidencia del Gobierno entre 2004 y 2006

Blog de Javier Valenzuela

A las puertas del nuevo congreso del PSPV.

TRIBUNA: EMÈRIT BONO Y RAMON LAPIEDRA

A finales de este mes de septiembre tendrá lugar en Valencia el congreso del PSPV. Sin voluntad alguna de entrometernos en nada, queremos aprovechar la ocasión para reflexionar en general sobre el escenario político en que tendrá lugar la convocatoria y sobre el tipo de acción de un partido de izquierdas que pretenda cambiar dicho escenario político valenciano en un sentido progresista.

La noticia en otros webs

Nada exime a un partido de izquierdas de elaborar una línea que recoja los deseos de los ciudadanos

Tenemos la derecha del PP que se perpetúa en el gobierno de la Generalitat valenciana, de las tres Diputaciones y de la mayoría de los grandes Ayuntamientos. A lo largo de sucesivas convocatorias electorales, dicho partido mantiene o acrecienta abultadas mayorías electorales, sin que la laminación aplicada a servicios públicos esenciales, el despilfarro económico practicado, el talante antidemocrático exhibido en la gestión de la información pública, el desprecio por la lengua propia, o su implicación en la devastación del territorio de los últimos años, conduzcan a una clara erosión de sus resultados electorales.

En estas condiciones es normal que los partidos de izquierda del País Valenciano se interroguen sobre las claves de semejante éxito electoral, sobre los posibles errores propios cometidos y sobre los cambios que deberían protagonizar a fin de dar el vuelco a una situación política tan frustrante como negativa desde una perspectiva de izquierdas. Apremiados por la necesidad de no reeditar nuevos fracasos en futuras contiendas electorales, en sus filas se multiplican las recetas, los análisis más o menos apresurados y los nombres que, conjuntamente, nos permitirían vislumbrar la ansiada luz del túnel. Es ésta una coyuntura propicia a naufragar, con la mejor voluntad del mundo, en el consabido “dar palos de ciego”, allá donde procede evaluar con realismo el posible tempo propio de la ola social de conservadurismo que se ha apropiado del país, aplicar análisis serenos y documentados, superar cualquier sectarismo y no renunciar precipitadamente a símbolos y principios democráticos y de solidaridad difícilmente prescindibles desde una perspectiva de izquierdas y de país.

Acabamos de hablar de principios: un partido con voluntad de cambio social en un sentido democrático y solidario no puede limitarse a tomar nota de lo que la mayoría de la gente pueda creer o desear en un momento dado, con sus vaivenes, sin duda, explicables. Sin ignorar todo ello, y siendo la política la gestión del conflicto social inevitable, ese partido ha de optar por los intereses de la mayoría de la población presente y futura, lo que significa que debe tener su propio programa de transformación y gestión sociales. Un programa que, partiendo de lo que hay y de las tendencias profundas de cambio que se constatan o se avecinan, renuncia a practicar el mero seguidismo a lo que dicta la última encuesta y se esfuerza por explicar y aplicar su programa de actuación a fin de no acabar, de la mano de dicho seguidismo, allá donde nadie, ni la sociedad, ni el partido, ni los propios encuestados, tenía previsto acudir. Renunciar a actuar a medio y largo plazo desde un partido político es en el mejor de los casos superfluo y en el peor, catastrófico.

La capacidad de liderazgo político que aquí se reivindica siempre ha formado parte del acerbo de cualquier partido político a la altura de las responsabilidades de su tiempo, pero hoy, con la globalidad, rapidez e intensidad, de los cambios físicos y sociales que protagoniza la humanidad, desatender esa necesidad de trascender lo más inmediato en política (una trascendencia que no deja de incorporar esa inmediatez como dato para un proyecto de futuro), es una dimisión política cargada de posibles consecuencias onerosas para la sociedad toda.

Porque, continuando con el mismo tema en otra dirección, ¿qué sentido tendría hoy que un partido de izquierdas, en el País Valenciano, intentara emular la falta de complejos del PP en su política territorial, urbanística y ambiental, con la vana esperanza de sustraer a ese PP los votos que pueda estar recibiendo por ello? Dejando de lado por un momento los principios, ¿quién asegura que se ganarían así más votos de los que se perderían en sentido contrario, a cargo de ciudadanos escandalizados que podrían bien quedarse en casa el día de autos o transferir su voto a otro destinatario? Imaginemos que un número apreciable de votos haya recaído últimamente en el PP valenciano de la mano de ciudadanos que, aun intuyendo de alguna manera que ese tipo de política territorial es totalmente insostenible, económica y ambientalmente, deciden apostar por esa vía, asumiendo si cabe aquello de después, el diluvio. Puestos a gestionar ese tipo de política de cara al futuro, ¿qué mejor garante que un partido, el PP, que ha acumulado tantos méritos en la senda de no retroceder delante de la ley y la desmesura en la cuestión, frente a unos advenedizos en esas lides, cuyos orígenes no pueden garantizar la falta de escrúpulos que cabe exigir en estos casos?

Esperpentos aparte, si un partido político cree realmente que una determinada política es económica, social y ambientalmente insostenible, nada le exime de explicar una y otra vez al ciudadano la cuestión en los términos más claros y didácticos posibles, exponiendo al mismo tiempo las propuestas alternativas con las que se pretende conjugar la sostenibilidad con el deseo atendible de acrecentar o mantener la calidad de vida. La interiorización de ese mensaje honesto por los propios miembros del partido, cargos públicos y militantes de base, y la consiguiente implicación de los mismos en la plasmación del correspondiente mensaje político, es seguramente una de las bazas para su posible materialización política. Como lo será igualmente el carácter del mismo: el de un mensaje que ha de ser didáctico en sus variados registros y persistente, que no renuncia a aplicar las técnicas de la moderna comunicación de masas, que será seguramente gradual en su calendario de aplicación, pero que nunca se reducirá al mero marketing, ni dejará nunca de orientarse por sus objetivos estratégicos.

En definitiva, nada exime a un partido de izquierdas de elaborar una línea política y un programa que pretendan recoger los deseos de los ciudadanos desde una perspectiva atenta a las lecciones del pasado, basada en la certeza del cambio global en que estamos inmersos, armada de análisis certeros y con la finalidad última de construir una sociedad más libre y más acogedora para todos.

Emèrit Bono y Ramon Lapiedra son catedrádicos de Política Económica y de Física, respectivamente, de la Universitat de València.

La feria de las vanidades.

 

En este agosto precongresual del PSPV-PSOE y, desde la distancia que dan las vacaciones fuera de casa y la información de terceros que llega por la prensa escrita o los diversos elementos de publicación de noticias, uno tiene la impresión de que nos estamos equivocando otra vez en beneficio del PP y en perjuicio del PSOE, porque en lo que respecta al PSPV es complicado imaginar una situación más proxima a la aceptación resignada de los 23 puntos poscentuales que el partido consevador nos lleva de diferencia de intención de voto en la encuestas objetivas. La Ponencia Marco es la evidencia y el exponente más claro de que solo su enmienda casi total por pate de los socialistas que todavía lo son y persisten en las ideas desde sus agrupaciones locales con el oido puesto a la realidad cotidiana y la atención a lo que realmente interesa a las personas, pueden poner en el centro de un texto del que han de deducir propuestas políticas, estratégias ganadoras y un programa de gobierno autonómico coordinadas con las que ya pone en marcha el Gobierno de Zapatero.

Y, creo sinceramente que, los candidatos a la Secretaría General de un partido que reclama autonomía política de acción institucional, mientras se dispone a ser un elemento susidiario de la organización central con la modificación ignota en nuestra cultura reciente, deberian de solucionar esa dicotomía que nos puede llevar a la esquizofrenia política y estructurar una relación reinventada, flexible y eficaz para homogeneizar las actuaciones del socialismo valenciano con y en el PSOE, necesaria para absorber los beneficios de las políticas y la acción de gobierno y poder aportar mas dinamismo político y rendimiento electoral al conjunto del partido que sustenta al Gobierno socialista, al mísmo tiempo que se concretan propuestas especificas que afecten a la realidad concreta del País Valencia los campos de los servicios públicos básicos del espacio público destrudo por las políticas privatizadoras del PP, la desaparición en muchas comarcas de la industria radicional valenciana y las politicas de proteción y la regeneración del territorio triturado por la especulación y la poca verguenza institucional.

Creo que es hora de que se acaben las cenas, los almuerzos, las reuniones que derivan en conciliabulos para conseguir el número de delegados optimo con el que hacer efectiva la candidatura a una responsabilidad que ha de demostrarse a estas alturas en ponese el mono de la faena y presentar una propuesta política covergente para el Congreso del PSPV-PSOE que de lugar a un texto políticamente potente, ideologicamente sólido, igual que ha de ser la próxima Comisión Ejecutiva Nacional que debe conducir al PSOE en el País Valenciano hacia esa confluencia con la sociedad, absolutamente necesaria para poder gobernar, de nuevo, la generalitat valenciana y ampliar las mayoria socialista del Congreso de los diputados y el Senado en las próxims Elecciones Generales.

Lo demás puede ser entendido por nuestros militantes, simpatizantes y electores en una reedición veraniega de la feria de ls vanidades que poco tiene que ver con la situación real en la que viven las personas.

Vicent Vercher Garrigós

¿Adiós al País Valenciano?

El posible cambio de siglas del PSOE en Valencia reabre el debate que durante décadas ha dividido a izquierda y derecha

 

 

BELÉN TOLEDO – Valencia – 16/08/2008 07:30
Murcia es Región de Murcia o Murcia a secas y no pasa nada. El País Vasco o Euskadi también dos denominaciones para un mismo territorio. El caso de Valencia es diferente. Aquí la elección de uno u otro nombre (País Valenciano, Comunidad Valenciana o Antiguo Reino de Valencia) nunca es inocente.

Lo saben bien en el PSOE, que se ha encontrado con un apasionado debate en sus propias filas después de que algunos de sus dirigentes propusieran un cambio de siglas para la formación: de Partido Socialista del País Valenciano (PSPV) a Partido de los Socialistas de la Comunidad Valenciana (PSCV). La idea deberá ser aprobada o desechada en el congreso del próximo mes de septiembre. Dos de los aspirantes a dirigir el partido, que ahora está gobernado por una gestora, ya han rechazado el nuevo nombre y no es seguro que la militancia socialista valenciana lo respalde.

Tanta susceptibilidad no obedece sólo a un cambio de siglas. Con la eliminación de País Valenciano, “se renuncia a lo mejor del empuje político de la izquierda valenciana durante el siglo XX”, según Vicent Garcés, eurodiputado socialista y uno de los fundadores del PSOE-PSPV a finales de la década de los 70. Para él y muchos otros, la expresión simboliza las aspiraciones de autogobierno, de defensa de la lengua y la cultura valenciana entendida como un todo compartido con Catalunya y Baleares, y de los valores de la izquierda que fueron defendidos durante la transición.

Costumbre o futuro

No sólo lo entiende así gran parte de los políticos socialistas. La mayoría de los colectivos de izquierda conservan esa referencia en su nombre. Algunos, como CCOO o UGT, reconocen que es “por tradición” o por el “carácter histórico y cultural del término”. Para otros, como Enric Morera, del partido Bloc Nacionalista Valencià, sigue siendo “una idea de modernidad para avanzar en el autogobierno”.

La expresión País Valencià hizo fortuna en la Transición. Se usaba desde mucho antes, pero fue el escritor valenciano Joan Fuster el que en los últimos años del franquismo le otorgó el cariz de izquierdas y de vinculación cultural con el resto de territorios en los que se habla el catalán. En el otro extremo, los tradicionalistas defendían el nombre histórico de Reino de Valencia.

Un viejo debate

Durante la transición Valencia fue el escenario de una a veces violenta guerra de nombres y símbolos entre izquierda y derecha. El PSPV y la UCD pactaron en el proyecto de Estatut que se respetaría el nombre de País Valenciano y a cambio la izquierda apoyaría la señera con la franja azul como bandera oficial de todo el territorio (la derecha no quería una enseña demasiado parecida a la catalana).

Pero en el trámite en el Congreso, el entonces vicepresidente del Gobierno, el valenciano ya fallecido Fernando Abril Martorell, vetó el nombre y obligó a la izquierda a apoyar la fórmula aséptica de Comunidad Valenciana, ideada por Emilio Attard, como denominación oficial. Eso sí, en el preámbulo se hizo referencia a País Valenciano como “nombre moderno” del antiguo reino.

Con el paso de los años el nombre oficial ha calado entre la población, pero el mundo cultural y académico continúa utilizando la fórmula País Valenciano. El PP ha perseguido con saña cualquier intento por normalizar ese nombre y lo ha prohibido en los libros de texto y en Canal 9. Y ahora se jacta de que los socialistas quieren renunciar al nombre. El debate interno es entre los que lo consideran una claudicación y los que creen que ya forma parte del pasado y hay que adaptarse a la realidad.

Eliseu Climent, presidente de Acció Cultural del País Valencià e histórico del nacionalismo valenciano de izquierdas, resumió con ironía esta decepción poco después de conocer el posible cambio de nombre del PSOE: “Si llego a saber que nos quedamos en comunidad, habría apoyado el nombre de Antiguo Reino”.

 

TRES NOMBRES PARA UN MISMO TERRITORIO

Antiguo Reino de Valencia // Hace referencia al periodo transcurrido desde la conquista de Jaime I en 1238. El monarca dotó al territorio de estructura política propia pese a incorporarlo a la Corona de Aragón junto a Catalunya y Baleares. La victoria de Felipe V en 1707 en la Guerra de Sucesión acabó con el autogobierno. En la transición, esa denominación fue recuperada por la derecha, que defendía el nombre de Antiguo Reino de Valencia.

País Valenciano // La denominación tuvo gran auge en la II República. Fue usado por Joan Fuster, inspirador del nacionalismo valenciano de izquierda, en el tardofranquismo. En la Transición, los sectores progresistas lo recuperaron.

Comunidad Valenciana // Fue la solución de compromiso alcanzada en 1982 ante el rechazo de la derecha al término País Valenciano que figuraba en el proyecto de Estatuto. Se trató así de cerrar la discusión que enfrentó durante los años anteriores a izquierda y derecha por los símbolos autonómicos. 

 

LOS CANDIDATOS

Ximo Puig // “No debemos cambiar si significa un giro al centro. Hay que ir a lo contrario, a una ambición más socialista y valencianista. Pero si hay cambio, debe ser con consenso”, afirma Ximo Puig, uno de los cuatro aspirantes a liderar el PSPV.

José Luis Ábalos // Ábalos se cuenta entre los partidarios del cambio: “Si hay que cambiar, lo normal es que se ponga Comunidad Valenciana. No significaría un giro al centro sino una adaptación al nombre oficial. Y sólo si lo pide la mayoría”.

Jorge Alarte // Opina Jorge Alarte que el hipotético cambio de siglas es una decisión de los militantes que no constituye el debate más importante: “Ni perdimos por el nombre ni ganaremos por el nombre”. Rechaza el giro al centro.

Francesc Romeu fue el primer candidato que rechazó el cambio de nombre y también el cambio ideológico que podría conllevar: “No hace falta cambiar nombres, hay que cambiar los contenidos”, sostiene tajante.  

LA REALIDAD SOCIAL Y EL DEBATE RETORICO DE LA IDEOLOGÍA.

  

A los amigos de la empresa Rodrigo Sancho S.A.

Ando enzarzado en la lectura de la Ponencia Marco del PSPV-PSOE y en las declaraciones pensadas, repensadas, mesuradas y eclecticas sobre si el partido socialista en el País Valenciano gira a la derecha, se zambulle en el centro o se viste de lagarterana para ganar las elecciones y estoy calibrando la posibilidad de abrir un concurso de sms para que el electorado nos diga como ha de llamarse este partido para que sea percibido como normal por esta sociedad que vota al PP de manera compulsiva, cuando de pronto me doy de bruces con un titular periodístico que me resulta familiar por la proximidad y la notoriedad del caso: “Una empresa de curtidos de Canals despide a 20 empleados y no les paga el finiquito” Rodrigo Sancho S.A. anuncia que no pagará las nóminas de julio y agosto a los 53 empleados que quedan. Los sindicatos reclaman al juez la liquidación de la compañía. Y dejo por un momento la Ponencia Marco del PSPV-PSOE y pienso en el último Comité Comarcal de La Costera-Canal de Navarrés y en el circo que estamos montando cuando el marco real de la sociedad de esta comarca en la que la destrucción de la industria tradicional comenzó con la crisis de Ferrys en 1995 y ha continuado con las de Tejidos Royo, Argent, Cerdá, Impelsa, Rodrigo Sancho y otras industriuas subsidiarias de las que el paro ha tenido que engullir más de cinco mil trabajadores que despues se sumergieron en las industria negra de los sotanos o se subieron a un andamio con la esperanza de sobrevivir para salir adelante con el ladrillo y cuyo futuro y el de sus familias ha estallado con la burbuja inmobilaria que ha pinchado con tanta vehemencia como responsabilidad directa del mundo financiero. Trabajo, casa, hipoteca, paro: ese es el marco real para la reflexión de la izquierda. Despidos, deslocalización, especulación, evasión fiscal: ese el el marco para la reflexión de la derecha. ¿Y en en centro?: El vacio ideologico, el no ser social de la persona, la desorientación en una coyuntura sobrevenida y la vida ortopedica que tiene su paliativo final en el coctel de los ansiolíticos de la farmacia a cargo del erario público. 

No creo que sea tan dificil hilvanar un discurso sencillo para diferenciar la izquierda de la derecha cuando la realidad dispara tan a quemarropa. No creo que seamos tan insensatos para malgastar nuestras energías en juegos florales de discursos de ponentes y candidatos en busca del centro que, como dijo La Trinca en los años 70 con su humor corrosivo, es sinónimo de medio, es decir, de la mitad o sea, de la derecha porque la izquierda no es eso. Tenemos ante nuestras narices la consecuencia de una política conservadora que nos ha llevado a un marco criminal para el desarrollo armónico de la vida digna de la gente trabajadora que le hecha 12 horas al día para poder subsistir en una casa hipotecada de por vida y poco más; ¿todavía queremos acercarnos a las maneras, las palabras y finalmente los conceptos del PP para ganar el reconocimiento social?. Seguramente soy muy torpe y muy simplón, pero como decia el índio: Mi no compender. Demasiado argumento para tan poca novela. Demasiadas hiperboles para buscar una explicación a lo evidente: no queremos ser de izquierdas, es demasiado duro, nos exige demasiado y nos aleja del glamour de la vida hueca y aparente que nos hemos montado llena del stress postvacacional, de las reuniones a 24º, de los comités de dirección, de las declaraciones ocurrentes buscando el titular del medio, del poder de la posición, del dinero y del status adquirido con los votos de los que decimos defender. De puta pena.

Veo la fotografía que ilustra la noricia de marras y conozco a las personas, una por una, y sé de sus historias personales. Veo a Antonio Colomer, un histórico del movimiento vecinal, del PCE, de EU, eterno concejal de Canals que, con su narcha, se fueron las esperanzas de la coalición de izquierdas; veo a Garpar Benito, Presidente del Comité de Empresa, militante del PSOE, resistente socialista de Cerdá, miembto del Comité Comarcal y de una ejecutiva del PSPV-PSOE que se fué a su casa por pura dignidad política y a otras 17 entrañables personas a pié firme, a la puerta de la fabrica, mientras el empresario decide no abrir, no pagar y tomar las de Villadiego y me pregunto qué estarán pensando, en medio de nuestro clamoroso silencio, que hacemos ante la dramática situación que están viviendo con sus familias. Porque lo único que se escucha es un estruendoso silencio complice con una situación que ya es parte del paisaje comarcal. Y nosotros pensando si somos carne o pescado, si nos llamamos del reino, del país o de la comunidad, o si cambiamos el logo o mantenemos la marca, si nos refundamos, nos renovamos o nos regeneramos. Ningún candidato a la Secretaría General del PSPV-PSOE, que es mi partido desde hace 35 años, ha acudido a hablar con estos trabajadores, ni ha emitido un comunicado de solidaridad que les reconozca la situación y la existencia, ni ha realizado una gestión que haya servido para algo. Seguramente tendremos que empezar a pensar que los trabajadores contaminan, que las circunstancias conflictivas pueden deteriorar la caísima, pulcra y estudiada imagen diseñada para los medios y que la tapicería de cuero del Audi oficial huele mejor que la fabrica de curtidos en la que se fabríca.

En 1995 muchas personas, instituciones, partidos y sindicatos gastamos ingentes esfuerzos, recursos económicos y muchas toneladas de solidaridad para impedir la primera gran crisis del sector en las comarcas centrales del País Valenciano y, poco a poco, la referencia obrera para los partidos de izquierda se ha ido consumiendo como una vela hasta acabar en el tamaño de un celemin. Habíamos encontrado el nuevo El Dorado con el cemento, el ladrillo, el dinero negro y demasiada complicidad en el submundo de los grandes despliegues urbanísticos.

Quizás nos sea de util reflexión la imagen de esta soledad digna de éstos últimos 19 mohicanos curtido industrial para reflexionar sobre nuestras estupideces y empezar a llamar a las cosas por su nombre para, de esa manera sí, recuperar el espacio de la izquierda plural, de la gente trabajadora, de la inmensa mayoría, para dignificar la política y ganar la mayoría social que cada día más se va pareciendo, en su perfil social, al grupo de amigos y compañeros de la resistencia de Rodrigo Sancho a los que deseo, desde mi própia soledad de corredor de fondo, lo mejor y afrecerles mi ayuda y mi colaboración en lo que pueda valer; como siempre he hecho en otras ocasiones y circunstancias.

Vicent Vercher Garrigós

Militante del PSPV-PSOE

De quincolor son les reflexions?

Una amiga que viu a la ciutat, cap i casal, em deia que la seua ciutat no es sol el cau del riu on s’erigeixen edificacions emblemàtiques, i circuïts automobilístics. Que si, que tot allò esta molt bé, però que al col·legi del seu fill, no s’escometen les reformes i el manteniment des de fa ja molts anys, i que igual passa, als parcs, jardins, i espais públics, on a més a més es planteja ‘privatitzar-se’ instal·lacions com ara pistes esportives.
On estan els llars joves, les biblioteques públiques, els llars de pensionistes, el recolzament als clubs amateurs esportius, i demés associacions vertebradores del pensar cívic i social?
On i com es presten els servicis de proximitat als ciutadans, be tributaris, be d’informació, o assistencials?
On es recalifiquen els terrenys d’us esportiu, per a altres estranys i curiosos usos?
Quin ús o desús es fa de la llengua dels valencians?
En quines condicions habiten a les aules els nostres fills? En barracons?
Son segurs, ecològics, i sostenibles els mitjans de transport públics? Quant s’inverteix anualment en el seu manteniment i la seua modernització?
Quin nombre de vivendes socials i/o protegides per cada 10.000 habitants es construeixen anualment?Després de tota aquesta perorata de questions, i com que sabia que uns amics tenien entrades per a Madonna, els mateixos, que ja van anar a vore a Elton John, o a The Police, i que estaven esperant-se a la seu de la Volvo-Race, al port de ponent, on es troben els iots més luxosos del mediterrani, junt amb el que la Generalitat té per a passejar-se en les regates, i vorer el gran premi d’Europa de F1, … de sobte, em vaig adonar, que tot havia sigut un somni, i que estava parat en un embús entre Plaça d’Espanya, i San Agustí, perquè hi havia un bus espaiat, impedint la fluïdesa del transit en hora punta. El bluetooth tornava a parlar-me mentre bufava i bufava per aliviar la calor de juliol.

I tot plegat, em preguntava, de quin color son les decisions?

I jo com que estava al centre de la ciutat, vaig dir que de centre. I aleshores vaig rumiar que tal vegada això del centre, era simplement on la gent vol treballar, però no on vol viure. Tots preferien l’esquerra del mapa, doncs la dreta estava copat pels iots de gent forastera, que si tenien multitud de serviciss i instal·lacions públiques per al seu exclusiu goix .

I vaig seguir camí, trencant per Guillem de Castro, cap al carrer Coronas, on m’esperaven per dinar. Si es que puc estacionar. (eixa es l’altra).

 

 

ENVIAT PEL MEU BON AMIC PEPE SELLÉS, COMPANY DE TANTS ANYS.

Quizas sea el hastío por tanta vacuidad, pero empieza a dolerme el alma, compañeros.

Paco Ibañez, cantautor de Ayora, afincado desde siempre en París. No se trata de aquello de “erase una vez…”; se trata de que su vigencia produce tantos escalofrios como la indolencia con la que hoy afrontamos desde la izquierda los problemas reales de las personas. Quizas mi reencuentro con el disco de Paco Ibañez de su recital en el Olimpia de París en febrero de 1969 y esta lluvia persistente de la madrugada de una primavera trasunta de otoño me haga traiga a la memória lúcida aquellos compromisos que muchos han aparcado hoy  en el garaje de cualquier adosado pateticamente vacio. Como mi alma, cansada de tanta vacuidad, de tanta traición y de tanta hipocresía de los que esconden su falta de ideas y valores socialistas, engullidos en el cuello duro estrangulado con corbata de Hermés o la imagen cuidadosamente desenfadada de la franela de Armani con las llaves del megabuga colgadas del tejano de cien euros. Vacio. Mentira. Hastío.  En el recuerdo, tantos hombres y mujeres legales y bien plantados en el suelo.

Vicent Vercher Garrigós. 8 de junio de 2008.

 

 

 

 

Cuidado: de Berlusconi a los años treinta no hay gran distancia

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • ENRIC SOPENA

    31/05/2008

Cabos sueltos

Pronto, en octubre, hará 86 años de la marcha sobre Roma de Benito Mussolini y sus miles y miles de fascistas luciendo tenebrosas camisas negras. Aquella marcha sobre Roma se convirtió en una especie de golpe de Estado que acabó conduciendo a Mussolini al poder.

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¿Otra inquietante marcha sobre Roma –de momento sin desfiles ni camisas negras- ha empezado a apoderarse de la capital de Italia a raíz de los resultados electorales recientes? Venció con holgura –con mayoría absoluta- Silvio Berlusconi, arropado por Forza Italia, un partido fundamentalmente populista; la Liga del Norte, de corte xenófobo, y Alianza Nacional, directamente heredero del régimen totalitario implantado por Mussolini.

Izquierda irresponsable
La puntilla para una izquierda irresponsable y errática -incapaz de cerrar filas frente al peligro que representa ahora mismo una derecha radical y resentida- fue la pérdida del Ayuntamiento de Roma. Enorme descalabro. La derecha más extrema y el berlusconismo votaron juntos en la segunda vuelta con el fin de derrotar a la coalición progresista. Lo consiguieron con relativa facilidad.

Saludos a la romana
A la hora de celebrar el triunfo, hubo exhibición obscena de saludos a la romana, o sea, de brazos en alto. La nostalgia de Mussolini se desparrama por Roma. Incidentes violentos, provocados por los ultras –los nuevos escuadristas del antiguo fascio- se suceden en la ciudad llamada eterna. La obsesión enfermiza por la seguridad ciudadana y por luchar con los emigrantes comienza a dar sus frutos envenenados.

Hasta la jerarquía católica
El Gobierno Berlusconi ha aprobado poderes especiales contra los gitanos. Roberto Maroni, ministro del Interior, dirigente de la Liga del Norte, se siente a gusto en el clima represivo que parece haberse instalado en Italia. Mano dura a los gitanos y mano durísima a los sin papeles. ¿Son los gitanos hogaño los judíos de antaño? Incluso la jerarquía católica –que había apostado, con algún disimulo, por la victoria electoral de la derecha- se ha visto obligada a criticar la política migratoria de Berlusconi.

Neofascismo maquillado
Gianni Alemanno, de Alianza Nacional -el partido neofascista maquillado- es el alcalde de Roma. Ha propuesto dedicar una calle a Giorgio Almirante, fallecido hace unos años, legendario admirador de Mussolini. Almirante capitaneaba el Movimiento Social Italiano [en la actualidad, Alianza nacional]. Sus homónimos más cercanos eran Le Pen en Francia, Blas Piñar en España y algún que otro infiltrado en la Alianza Popular de Manuel Fraga.

La comunidad judía
La comunidad judía ha aconsejado al alcalde de Roma que desista de su propósito de honrar la memoria de un jefe fascista otorgándole el nombre de una calle. Probablemente, Alemanno no lleve a cabo su homenaje, pero el caldo de cultivo del neofascismo sigue calentándose con escalofriante intensidad.

Aires tormentosos
Los aires tormentosos que sacuden la economía mundial; los millones de inmigrantes que como sea y, por supuesto, como es legítimo, intentan encontrar un lugar al sol, huyendo del hambre y de la miseria; y además una cierta claudicación de la izquierda europea ante lo que se nos viene encima –o puede venir-, dibujan un paisaje que tiende al pesimismo.

Peculiares guantánamos
El Gobierno de España –de los pocos de izquierdas que hay en la UE y que criticó en voz alta a Berlusconi- ha dicho no a Sarkozy con su invento de exigir un contrato de integración a los emigrantes, lo que defendió Rajoy en la reciente campaña electoral. ¿Podrá modular, sin embargo, Zapatero algunas de las severísimas medidas que prepara la UE? No olvidemos, por ejemplo, que los europeos hemos impulsados nuestros digamos peculiares guantánamos para inmigrantes denominados ilegales. Se trata de lo que El País describe del siguiente modo: “No son cárceles pero lo parecen. Los sin papeles sufren una opaca reclusión”.

Aliados infames
¡Cuidado que de este tiempo de Berlusconi y sus aliados infames a los años treinta puede haber bastante menos distancia de lo que parece y muchos ingenuamente piensan!

Enric Sopena es director de El Plural

La crisis de la izquierda o la clarividéncia caustica de Vazquez Montalbán.

La crisis de la izquierda

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

EL PAÍS, 6 / 5 / 1984.


La historia les hizo así. Los partidos socialistas y los comunistas actualmente existentes son estructuras políticas con una lógica interna interrelacionada con la historia que han vivido y que han hecho. Ambos devienen de una toma de conciencia decimonónica sobre el sentido de la historia y del progreso humano, cuyo mejor codificador fue el socialismo científico y, en primer plano del mismo, Marx y Engels. La acción teórica y práctica del marxismo a través de sus organizaciones políticas y sociales ha contribuido a modificar las condiciones objetivas y subjetivas que hicieron posible el pensamiento original de Marx y Engels tal como se dio. La acción del marxismo también ha modificado al antagonista, ha debilitado su prepotencia, pero al mismo tiempo le ha obligado a adecuar instrumentos de ataque y defensa de nuevo tipo. Marx y Engels diagnosticaron certeramente la razón de la historia y las condiciones totales de su tiempo. Pedirles que además acertaran en la respuesta que iba a recibir el marxismo y en las intermodificaciones consiguientes sólo se puede hacer desde la ignorancia, la beatería o la mala fe.
    Las formaciones políticas herederas de la conciencia de lucha de clases fraguada a partir de la revolución industrial disponen de un metabolismo históricamente conformado en la dialéctica constante entre sus deseos y la realidad. Han interiorizado un conocimiento de la realidad y han exteriorizado un comportamiento histórico para modificarla positivamente, valiéndose de distintos mecanismos de adaptación a las circunstancias cambiantes. Aprehender realidad. Ésta es la clave de la cuestión. Naturalmente, a partir de un conocimiento científico de los mecanismos de la realidad, sea cual sea el énfasis que se ponga sobre tres fases interrelacionadas de una misma situación concreta: las claves económicas, las posibilidades políticas, la energía transformadora de la conducta social. Si se mantiene esta tensión dialéctica entre lo que se sabe, se asume y se hace, los partidos políticos progresivos están en condiciones de forzar los ritmos de la historia. Si se rompe esta tensión dialéctica, los partidos políticos tienden a instalarse en lo que ya saben y a convertirse en factores objetivos de retención de ritmo histórico, cuando no en instituciones fácilmente manipulables por los partidarios de convertir el filme en una foto fija.
    Los partidos políticos son sujetos colectivos pensantes, capaces de adquirir un saber, una conciencia y de actuar en consecuencia. Los de derecha tienden a convertir lo que ya saben en categorías de conocimiento universal eterno inmodificable, a lo sumo con capacidad mimética de adaptación a transformaciones superficiales. Pero la razón de ser de la izquierda radica precisamente en su papel de energía de cambio para bien, es decir, para mejorar cuantitativa y cualitativamente la condición humana contra toda alienación superable, contra toda alienación que tenga una razón de ser social.

Este sujeto colectivo pensante, este intelectual orgánico colectivo llamado partido, sea socialista o comunista, decide unos mecanismos de aprehensión de la realidad, metaboliza los datos recibidos y actúa. La bondad del procedimiento ha sido incluso cantada por los poetas: “Tú tienes dos ojos, pero el partido tiene mil”, escribe Bertolt Brecht en el inicio de su Oda al partido. En sus etapas de vanguardia de la conciencia crítica, socialismo y comunismo fomentan un aumento cuantitativo del saber de sus militantes y disciplinas internas de debate que acercan, dentro de lo que cabe, a esa elaboración colectiva de consciencia. Creo que es posible incluso delimitar el momento del tiempo histórico en que, ya separados comunistas y socialistas, atrofian sus mecanismos de aprehensión de la realidad a partir de servidumbres no sólo diferenciadas, sino incluso enfrentadas entre sí cruelmente. La lucha entre espartaquistas y socialdemócratas al acabar la primera guerra mundial o las batallas, no siempre meramente dialécticas, entre la II y la III Internacional, inmediatamente antes e inmediatamente después de la segunda guerra mundial, bloquean la capacidad de aprehensión critica de la realidad, en un doble sentido de la palabra bloquear: paralizan mecánicamente y alinean según el punto de referencia de dos bloques internacionales. Socialistas y comunistas aprenden, piensan y actúan en función de tomas de posición en una de las dos trincheras y tienden a convertirse en factores de parálisis histórica, de instalación en el empate histórico. El grado de agudización de la guerra fría, marca el grado de cerrazón o apertura en el bloqueo, y resulta de un primitivismo marxista ruborizante llegar a concebir la sospecha de que el deshielo dogmático de los años sesenta se debió al boom económico neocapitalista, que hizo a los unos menos hostigantes y a los otros menos recelosos.
    Lo cierto es que de ese largo período de guerra de trinchera los partidos comunistas y socialistas salieron seriamente afectados como sujetos conscientes. Los partidos socialistas reducían el intelectual orgánico colectivo a congresos fantasmales donde se imponían los hechos consumados, el saber digerido por el aparato profesional que esgrimía la lógica de lo pragmático. Y los partidos comunistas se dividían internamente en dos entes, sólo unidos por la cultura de las disciplinas y el seguidismo: el partido programador y el partido máquina, reducido casi siempre el partido programador a la prepotencia de los poderes fácticos internos, encabezados por los secretarios generales y los dirigentes creados a partir de las costillas de los secretarios generales. Los colectivos militantes se convertían paulatinamente en idiotas orgánicos colectivos informados a través de filtros cenitales. Sólo así se explica que los partidos comunistas occidentales tardaran más de veinte años en enterarse de que el asalto al palacio de Invierno era ya imposible y que algunos partidos socialistas del mismo hemisferio aún no sepan que actúan como agentes objetivos al servicio de la supervivencia del sistema capitalista.

El desencanto o la disidencia, cuando no la apostasía, jalonan de espíritus sensibles las cunetas de un largo camino que va desde 1945 hasta el infinito, y en el interior de los partidos de izquierdas se ha instalado una conciencia de administración de lo que ya se es y de lo que aún se tiene, es decir, de un patrimonio social que sólo sale al exterior los días de procesión electoral y en algunas otras fiestas de guardar. A los partidos socialistas aún les queda el morbo histórico de un bandazo electoral que les permita relevar a la derecha, más por una fluctuación del gusto colectivo que por una clara diferenciación de programas de gobierno. Pero a los partidos comunistas de Occidente, salvo el italiano, que tiene un patrimonio difícilmente dilapidable, sólo parece preocuparles la búsqueda de un espacio electoral que les haga necesarios históricamente y que les ayude a mantener un aparato burocrático.
    La sociedad civil asiste a este espectáculo cada vez más distanciada y a lo sumo convocada para elegir entre males menores, pero desde una sospecha, más o menos lúcida, de que el saber de la izquierda no se renueva y sus mecanismos de creación de conciencia colectiva y de movilización de energía de cambio están atrofiados. Prueba de ello es que los partidos de izquierdas no sólo tienen rotos los mecanismos de comunicación con la inteligencia no partidaria, sino que no han sabido localizar la aparición de nuevas formaciones de conciencia crítica como respuesta a injusticias objetivas que los partidos de izquierda o ignoraban o tenían olvidadas, o embalsamadas de retórica. Pongamos como ejemplos el ecologismo, el pacifismo o la liberación sexual, que hasta ahora tanto los partidos socialistas como los comunistas, en cuanto aparatos, sólo han sabido ignorar o manipular, más según razones electorales que de consciencia revolucionaria. Para muestra, el comportamiento de la socialdemocracia alemana occidental, que es promisil o antimisil según esté en el Gobierno o fuera del Gobierno, o de los partidos comunistas que son anticentrales nucleares… occidentales. Igualmente son incapaces los partidos de izquierda de dar una alternativa a la conciencia abstemia que impregna la disposición política de mayoritarios sectores de la sociedad, imbuidos de que sobreviven en un mundo de efectos sin causas, en el que la mejor elección es la del mal menor.
    Sería gratuito denunciar esta radical impotencia histórica desde una complacencia masoquista o como coartada de disidencia. La parte más lúcida, menos alienada, de la izquierda tiene la obligación de proponer el desbloqueo del intelectual orgánico colectivo, desbloqueo que previamente requiere una revisión de la razón de ser de partidos transformadores, reducidos a la función de porteros de trinchera o de instituciones contribuyentes al esplendor del supermercado de las ideologías desideologizadas. Casi 200 años de cinismo burgués enriquecen la finura de la distorsión practicada por la argumentación de la nueva derecha, que llega a reprochar a la izquierda tradicional su inutilidad revolucionaria. Pero no porque la crisis de ia izquierda sea un argumento de la vieja o nueva derecha deja de ser real. Esa crisis existe y activa la falta de capacidad de respuesta social a la situación de desesperanza que caracteriza a la sociedad civil de Occidente, una sociedad que ni siquiera tiene el proyecto de hacer algo para sobrevivir, que se limita a asumir cotidianamente que la han dejado sobrevivir.

La ofensiva ideológica de la nueva derecha empezó poniendo contra las cuerdas al marxismo como método de diagnóstico, y a los partidos marxistas, como instrumentos para la transformación positiva de la realidad. A continuación se puso en revisión la posibilidad de que la historia tuviera un sentido progresivo y que ese sentido pudiera ser activado. Finalmente, la ofensiva apunta al descrédito mismo del saber histórico, de la historia, porque así queda sin sanción el comportamiento de la reacción objetiva y se elude la gran cuestión: la necesidad de cambiar la idea de progreso acuñada por la conciencia burguesa, arruinada por el grado cero de desarrollo y la imposibilidad de mantener los niveles de acumulación capitalista. A la defensiva, con miedo a perder votos, a desestabilizar el statu quo de los bloques o a excitar el fantasma del fascismo, los partidos de izquierda tradicionales han dado la callada por respuesta, asumen un strip-tease teórico que más parece el lanzamiento de lastre desde un globo que pierde altura, y en lo fundameatal renuncian a renovar su conocimiento social, porque tal vez se pondría en cuestión su propia función. Y en cuanto a los intelectuales de izquierda no órgánicos, no militantes, o bien están en plena espiación por sus alienaciones pasadas o bien temen pasar al museo antropológico de la premodernidad, juntos y revueltos con el Manual de Economía de la Academia de Ciencias de la URSS, el santo prepucio de Kautsky, el tampax y el traje de baño incorrupto de Mao Zedong.
    Los malestares de la conciencia universal fin de milenio son malestares sociales derivados de una determinada organización de la producción y de la vida, y, por tanto, sigue siendo necesario un cambio radical de estructuras, sin que pueda separarse el plano nacional del internacional. El marco dialéctico de fondo sigue siendo la relación de dominación entre capital y trabajo, entre centros colonizadores y periferias colonizadas. Es decir, el marco sigue siendo, en lo fundamental, el que supo plasmar el socialismo cíentífico, al que hay que añadir más de 100 años de agudización y metamorfosis de las contradicciones. Pero es cierto que la radicalidad de estas contradicciones se manifiesta sobre todo en la periferia, y el escepticismo desganado del habitante de una provincia céntrica del imperio es consecuencia de su propia pérdida relativa de protagonismo. El tema de la crisis de la izquierda entretiene como una chuchería del espíritu que sólo tiene sentido en los escasos rincones del mundo (París, Londres, Malasaña, Olot) donde la izquierda ha podido permitirse el lujo de anquilosarse. Pero, incluso en esos rincones privilegiados, la izquierda sigue teniendo función cuando, por encima de razones de coyuntura, está en condiciones de elegir entre sandinistas y anti-sandinistas, entre burocracia soviética y aquellos disidentes que apuestan por las libertades como instrumentos para cambiar la vida y la historia, entre nuclearización y desnuclearización, entre política de bloques y desarme universal generalizado, sin olvidar tomas de partido tan elementales como elegir el sentido de austeridad que trata de imponer la patronal o el sentido que pueden asumir las clases populares a cambio de estimular el proceso de transformación.

Pero difícilmente la izquierda puede quejarse de la ofensiva de la nueva derecha y de la grave neutralidad apolítica de la juventud o de las masas cuando no ha sabido ni siquiera espabilar al intelectual orgánico colectivo que tenía más cercano y ha tolerado, por vía activa o pasiva, que se convierta en un idiota orgánico colectivo, idiota perfecto, porque ni siquiera sabe que lo es. Al margen de este querer o no querer, poder o no poder, la historia sigue y los aburridos provincianos o capitalinos del imperio pueden ver a través de la televisión, privada o pública, en blanco y negro o en color, cómo en la periferia la nueva derecha es otra cosa e inscribe 30.000 desaparecidos en el necesario debe de la democracia. Y sin ir tan lejos, los desganados occidentales pueden comprobar cómo los bobbies pierden la compostura cuando los pacifistas se oponen a que la nueva derecha convierta su peso en misiles atómicos y cómo los sofisticados ejecutivos de multinacionales, irónicos y sutiles perdonahistorias, puestos a elegir entre beneficios y contaminación, eligen contaminación.
    Al fin y al cabo, la izquierda nació históricamente para ganar la batalla del progreso, y si la izquierda realmente existente no sirve, las necesidades humanas la sustituirán por otra. Incluso pueden cambiarle el nombre. Pero me parece que no se trata de una simple cuestión nominal.

(Recogido por Vicent Vecher de www.vespito.net)