UNA REFLEXIÓN PERTINENTE.

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El pasado cuatro de julio se cumplieron diez años desde que el PP ocupó la alcaldía de L’Alcúdia de Crespins al haber obtenido seis de los once concejales en las elecciones municipales celebradas en mayo de 1999. Diez años transcurridos que me llevan a una reflexión que entiendo pertinente por mi parte y que debería serlo también para los dirigentes del PSOE local, partido en el que milito desde 1975.

 

Diez años transcurridos, bien merecen una reflexión en voz alta por parte de quien durante el doble de tiempo, es decir durante veinte años, dirigió un gobierno municipal socialista con mayoría absoluta constante y compartió responsabilidades institucionales en otros niveles políticos, con otros dirigentes locales que proyectaron esta agrupación local con fuerza y prestigio en la comarca de La costera y en el conjunto de organización socialista.

 

Algunos medios digitales a los que tengo todo el respeto que se merece la libertad de opinión, han comparado en las últimas semanas aquellos tiempos con los que hoy atraviesa la vida orgánica del socialismo local y la realidad institucional de nuestro ayuntamiento. Al respecto quiero puntualizar como punto de referencia rigurosamente histórica que, en mi caso, ninguna otra cosa me apartó de la vida política local sino unas elecciones primarias, a mi juicio extemporáneas e irreflexivas, que convino celebrar la agrupación socialista y que acepté de acuerdo con el sentir mayoritario de mis compañeros mas cercanos, de manera que no se alterara por la vía disciplinaria un proceso preparado ex profeso para un cambio de ciclo y de personas que venia precedido por un acoso político de baja estopa que había trascendido el ámbito estrictamente político para afectar a los ámbitos personales y familiares de unas cuantas personas que formaban mi entorno más inmediato. Esa es la realidad documentada y no otra distinta que ya forma parte de las leyendas urbanas de la época que todavía permanecen en el imaginario orgánico sin saber muy bien por qué ni con que finalidad. Lo cierto es que lo que se preparó, salió y otras personas asumieron retos y responsabilidades adquiridas de manera voluntaria y democrática.

 

Desde entonces, lo cierto y verdadero es que los socialistas estamos ayunos de responsabilidades institucionales si exceptuamos los pocos meses que tuvimos la responsabilidad de gobierno como consecuencia de una moción de censura. El hecho constatable es que en los últimos diez años no hemos conseguido alcanzar el poder municipal por nosotros mismos y la segunda aseveración histórica es que aquel foro de debate democrático que era la asamblea local que, equivocada o no, decidió cambiar de referentes políticos y orgánicos con las consecuencias y las consecuencias que hemos descrito, ha pasado a mejor vida en aras de un tacticismo que nos ha llevado a romper los puentes del dialogo y a un debilitamiento ideológico y estratégico que nos hace depender irremisiblemente de terceros partidos minoritarios que, conscientes de nuestra debilidad, establecen su estrategia legítima  dentro de un marco que es fruto de la lógica política del desgaste socialista como una de los factores para su crecimiento electoral. Si sumamos a este factor, el que ellos añaden de una experiencia de gobierno negativa y, como corolario, el que hayamos dinamitado los puentes y destrozado los contactos que permitían un mínimo entendimiento para poder formar un gobierno sólido en beneficio de la comunidad local, tenemos la situación actual perfectamente enmarcada. De lo que podemos deducir que, no es mucha clarividencia la que se deduce de nuestras actuaciones políticas ni de nuestras numantinas posiciones orgánicas.

 

Antes pronto que tarde, se impone la templanza, el sosiego y la reflexión política si queremos volver al camino abandonado de manera extraña hace poco más de diez años que nos permita poder volver a dirigir los destinos municipales con un gobierno potente y con una base política y social bien articulada.

 

Porque hay unas cuantas preguntas obligadas que han de servir de base a esa reflexión precisa y pertinente: ¿Qué beneficios políticos han devenido de aquella decisión mayoritaria de prescindir de las personas que venían encadenando cinco mayorías absolutas en el ayuntamiento?; ¿Cuáles han sido las consecuencias políticas objetivamente mensurables?. ¿Qué queda de aquella mayoría coyuntural que impulsó las elecciones primarias, las ganó y que primero perdió las elecciones y después  saltó por los aires en solo unos meses de gobierno municipal compartido e interino?; ¿Qué ha ganado el PSOE con todo esta sinrazón histórica?. Si nos damos una respuesta honesta a todas estas cuestiones podremos alcanzar ese punto de objetividad, alejada de los sectarismos y las consignas, que es absolutamente necesario para una reflexión que ha de ser obligada, rigurosa, generosa y profunda para que después se puedan materializar políticas y estrategias concretas que reconduzcan el papel del PSOE en la política local y nos hagan merecedores de la complicidad y la confianza de nuestros vecinos.

 

Solo el tiempo transcurrido y, con él, los acontecimientos negativos  vividos hasta este instante deberían ser un motivo suficiente para iniciar un proceso serio de análisis y reflexión política. Después, el trabajo, la generosidad  y las ideas compartidas desde el dialogo y el consenso pueden alumbrar un nuevo tiempo para el socialismo local; si no lo hacemos así continuaremos por mucho tiempo en la inanición política y la oposición institucional. Esa es la verdad y todos sabemos cual es el único camino; otra cosa es si todos estamos dispuestos a recorrerlo desde la sensatez, la libertad, el respeto y la igualdad.

 

Vicent Vercher Garrigós

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Ideas para la izquierda.

 

ideas para la izquierda

El País/

Daniel Innerarity  28/06/2009

El fracaso de los socialistas en las recientes elecciones europeas, precisamente por haber afectado a todos los países, remite a algunas causas ideológicas de carácter general.

 La pregunta que se plantea con irritación y desconcierto sería la siguiente: ¿cómo explicar que la crisis o los casos de corrupción golpeen de manera muy diferente, desde el punto de vista electoral, a la izquierda y a la derecha?

El vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha, es el cinismo Pienso que la raíz de esa curiosa decepción, que se reparte tan asimétricamente, está en las diversas culturas políticas de la izquierda y la derecha. Por lo general, la izquierda espera mucho de la política, más que la derecha, a veces incluso demasiado. Le exige a la política no sólo igualdad en las condiciones de partida sino en los resultados, es decir, no sólo libertad sino también equidad.

 La derecha se contenta con que la política se limite a mantener las reglas del juego. Es más procedimental y se da por satisfecha con que la política garantice marcos y posibilidades, mientras que el resultado concreto (en términos de desigualdad, por ejemplo), le es indiferente; a lo sumo, aceptará las correcciones de un “capitalismo compasivo” para paliar algunas situaciones intolerables. Por supuesto que ambas aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas.

 La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo. Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción.

La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas. Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política.

Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes. La izquierda debería politizar, en el mejor sentido del término, frente a una derecha a la que no le interesa demasiado el tratamiento “político” de los temas. La derecha hoy exitosa en Europa es una derecha que promueve, indirecta o abiertamente, la despolitización y se mueve mejor con otros valores (eficacia, orden, flexibilidad, recurso al saber de los técnicos…). Lo que la izquierda debería hacer es luchar, a todos los niveles (frente al imperialismo del sistema financiero, contra los expertos que achican el espacio de lo que es democráticamente decidible, contra la frivolidad mediática…) para recuperar la centralidad de la política. Hoy no es que haya una política de izquierdas y otra de derechas; el verdadero combate se libra actualmente en un campo de juego que está dividido entre aquellos que desean que el mundo tenga un formato político y aquellos a los que no les importaría que la política resultara insignificante, un anacronismo del que pudiéramos prescindir.

Por eso la defensa de la política se ha convertido en la tarea fundamental de la izquierda; la derecha está cómodamente instalada en una política reducida a su mínima expresión, a la que le han reducido enormemente sus espacios el poder de los expertos, las constricciones de los mercados y el efectismo mediático. Para la izquierda, que el espacio público tenga calidad democrática es un asunto crucial, en el que se juega su propia supervivencia.

La idea de que la izquierda está por lo general menos movilizada se ha convertido en un tópico que a veces revela una concepción mecánica y paternalista (cuando no militar) de la política. Hay quien entiende la movilización como una especie de hooliganización, como si la ciudadanía fuera una hinchada, y, llegado el momento, propone suministrar la dosis oportuna de miedo o ilusión para que la clientela se comporte debidamente. Este automatismo no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una izquierda que se está acostumbrando a chapotear en una ciudadanía de baja intensidad.

 Lo que la gente necesita no son impulsos mecánicos sino ideas que le ayuden a comprender el mundo en el que vive y proyectos en los que valga la pena comprometerse. Y la actual socialdemocracia europea no tiene ni ideas ni proyectos (o los tiene en una medida claramente insuficiente). No quiero caer en un platonismo barato y exagerar el papel de las ideas en política, pero si la izquierda no se renueva en este plano seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en la configuración del mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a agitar o bien el desprecio por los enemigos o bien la buena conciencia sobre la superioridad de los propios valores.

Daniel Innerarity es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Acaba de publicar El futuro y sus enemigos. Una defensa de la esperanza política.

El PP, los escándalos y la calidad de nuestra democracia

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • CARLOS CARNICERO

    04/05/2009

 

El Zumbido

La sucesión de escándalos económicos y políticos no termina de erosionar la imagen del PP. Sucede que existe una barrera de contención del enemigo que desde la derecha determina que todo está permitido con tal de que la izquierda salga perjudicada. Son planteamientos predemocráticos, cainitas y frentistas. Pero eso es lo que hay.

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En el último tiempo de gobierno de Felipe González sucedieron algunos episodios de corrupción que provocaron un montón de dimisiones. Hubo asunción de responsabilidad política y el propio Felipe González, en 1996, renunció al intento de formar un gobierno en minoría a pesar de la precariedad de la victoria de José María Aznar.

El caso Gurtel, los espionajes en Madrid y la cantidad de cargos públicos de relevancia implicados en esas tramas obscenas de corrupción debieran haber sido motivo de derrumbe de las expectativas de voto del PP. Pero hay mucho elector de este partido que funciona como miembro de una secta que tiene que admitir cualquier comportamiento de su propio partido antes de dejar de apoyar a su equipo. Ocurre como en algunos equipos de fútbol: une más el odio al adversario que la adhesión a los propios colores; en caso de duda, muchos preferirían que perdiese el PSOE aunque para ello también tuviera que hacerlo el PP.

Una de las características de la revolución llevada a cabo por Barack Obama es la consideración de la política como puente entre ideas distintas. Buscar siempre lo que une, aunque sea poco, por encima de lo que separa.

En España estamos muy lejos de esa posibilidad porque a mi juicio dentro del PP conviven personas de distinta calidad ideológica. Los herederos del franquismo siguen teniendo un peso importante y marcan las improntas por encima de cualquier intento de renovación. Una vez más le va a tocar a la izquierda la labor pedagógica de convertir España en un país democráticamente transitable.

Carlos Carnicero es periodista y analista político.

La izquierda valenciana y el sindrome de Estocolmo.

VICENT SOLER

 Una nueva generación dirige desde ahora el PSPV, el principal partido de la izquierda valenciana. También, el 94% del partido ha decidido mantener, contra viento y marea, la denominación de País Valenciano.
Tanto un hecho como el otro son síntomas de que es posible una nueva etapa para la socialdemocracia valenciana y para la sociedad valenciana en su conjunto. Una nueva etapa en la que los valencianos nos dotemos de una visión de nosotros mismos y del mundo acorde con los tiempos que corren.
Porque invocar el término País Valenciano significa claramente invocar modernidad hoy, en la sociedad compleja del siglo XXI. Pensemos que este término ha tenido siempre unas connotaciones de modernidad. Las tuvo en el siglo XVIII cuando la inventaron los ilustrados y las tuvo cuando se popularizó durante la II República. Pero, sobre todo, las tuvo cuando lo recuperaron los demócratas contra la Dictadura. Incluso la derecha neofranquista de la Transición, la UCD, utilizó el término País Valenciano en un principio para adaptarse a la nueva situación.
Sin embargo, a falta de discurso propio no vergonzante, la derecha política pronto cayó en la tentación electoralista de cultivar el enfrentamiento civil entre los valencianos renegando del término y convirtiéndolo en motivo de oprobio para los buenos valencianos, actitud que el Partido Popular hizo suya desde el principio.
El caso es que consiguió estigmatizar el término y, en general, todo el valencianismo progresista -más bien, anatemizarlo como catalanista- y así reimplantar la vieja visión de regionalismo decimonónico valenciano, grandilocuente y victimista pero vacuo, que nos ha llevado a que los valencianos vayamos perdiendo jirones de nuestra identidad generación a generación y acabemos siendo un cero a la izquierda en España y Europa.
La violencia mediática, e incluso física, con la que la derecha secuestró durante la Transición aquel incipiente movimiento de modernidad social y cultural que se había fraguado en la lucha antifranquista -y que heredó en buena parte el PSPV- puede explicar muchas cosas, entre las cuales el síndrome de Estocolmo en el que se sumió este partido.
Pero los tiempos están cambiando. La crisis del modelo neoliberal que evidencia el desastre financiero en Estados Unidos, por una parte, y la peor situación de la economía valenciana respecto de la española debilitan las posiciones de la derecha en su concepción excluyente de la realidad. Y echar mano de los sentimientos de valencianidad es algo que también pueden hacer otros.
Aquí es donde los socialdemócratas pueden sacar pecho, sin complejo alguno. Situar el debate entre modelos diferentes de valencianismo, entre maneras diferentes de defender los intereses de los valencianos. Demostrando que las maneras de la derecha han sido en realidad humo de paja.
Por todo ello, retomar el uso normal del término País Valenciano (junto al oficial de Comunitat Valenciana), zafándose definitivamente del síndrome de Estocolmo, puede ayudar a visualizar esta nueva etapa. Una etapa que puede estar pletórica de modernidad y eficacia frente a la banalidad de lo antiguo que representa el valencianismo de la derecha.
*Catedrático de Economía. Universitat de València

Neoliberales y neocon están en franca desbandada ideológica.

POLÍTICA

 

¿Y si la izquierda estuviera ganando la batalla de las ideas?

Cuando se contempla el actual mapa político de Europa occidental es evidente que las acciones de la derecha están en alza. Es lo que hace el semanario estadounidense Newsweek en su edición de esta tercera semana de septiembre de 2008. En portada, una gran foto del nuevo líder de los socialdemócratas alemanes, Frank-Walker Steinmeier, tres más pequeñas de Gordon Brown, Segolene Royal y José Luis Rodríguez Zapatero, y este titular: “The lame left” (La izquierda coja). En páginas interiores, un artículo de Stefan Theil, razonable como suele ser habitual en Newsweek, señala que, mientras la izquierda no levanta cabeza en Francia e Italia pese a la impopularidad de Sarkozy y las trapacerías de Berlusconi, el laborista británico Gordon Brown parece agonizar y el mismísimo Zapatero pasa por un mal momento en España a causa de la crisis económica. En cuanto al espacio de los socialdemócratas alemanes, que ahora dirige Steinmeier, va achicándose entre el centro que les roba Angela Merkel y la izquierda radical de Oscar Lafontaine.

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Pero eso no es todo. En un ejercicio de buen periodismo, Newsweek completa la información de Theil con un artículo de Sunder Katwala, secretario general de The Fabian Society, un think tank progresista de Londres, y ahí llegan las verdaderas sorpresas. Para empezar, el artículo de Katwala (Why Europe´s Left Can Rise Again) va ilustrado con una foto de Barak Obama, algo que subraya de modo instantáneo un hecho importante: los progresistas han regresado con fuerza a la escena política estadounidense y hasta es posible que ganen las elecciones presidenciales. Y ello con propuestas que, como señala el pie de foto de Newsweek, gustan al centroizquierda europeo: fin de la desastrosa aventura iraquí; sustitución en los asuntos internacionales del belicismo por la diplomacia, del unilateralismo por el multilateralismo, del fanatismo por el pragmatismo; instauración de un sistema de sanidad pública, subidas de impuestos a los más ricos para financiar políticas sociales; protección del medio ambiente…

En desbandada
Katwala va más allá. En su opinión, la izquierda occidental ya le ha ganado la batalla de las ideas a la derecha. Neoliberales y neocon están en franca desbandada ideológica. ¿Quién puede predicar en estos tiempos de crisis económica mundial el torticero dogma de que el mercado lo soluciona todo por sí mismo? ¿No ha sido la desregulación salvaje del sistema financiero estadounidense la causante de la crisis de las hipotecas basura? ¿No se enfrenta EE UU a un déficit público colosal por la política de supresión de impuestos a los ricos y a las grandes empresas de Bush? ¿No vemos más bien lo contrario: un regreso en el mismo EE UU al intervencionismo gubernamental y en todas partes una demanda de mayor peso y activismo del Estado? Y lo mismo al hablar de política internacional: ¿quién defiende hoy, aparte de Aznar, lo de Irak? ¿Quién cree que EE UU puede hacer de gendarme solitario del planeta?

Thacherista
De hecho, afirma Katwala, bastantes de los elementos más novedosos y atractivos de la nueva derecha europea están copiados de la izquierda. Por ejemplo, el ascendente líder conservador británico David Cameron no va de thacherista; al contrario, dice mostrarse preocupado por la ecología, la cultura, las políticas sociales, los inmigrantes y los discapacitados, intentando, y consiguiendo, ofrecer una imagen de derecha “nice” (agradable) y rechazando la de “nasty” (desagradable). Sarkozy, por su parte, ha sorprendido a todo el mundo al proponer un nuevo subsidio para los desempleados (la Renta de Solidaridad Activa) que piensa financiar con un nuevo impuesto a las rentas del capital (sí, sí, Sarkozy quiere subir los impuestos a los ricos).

“España plural”
Los más listos del PP están intentando hacer lo mismo en España, conscientes de que así, y sólo así, pueden evitar una movilización masiva de la izquierda en las elecciones. Por ejemplo, hace poco ha podido leerse en las páginas de Opinión de El País un interesante artículo de José María Lasalle criticando duramente a los neocon. Y millones de españoles acaban de ver en TVE a Alberto Ruiz Gallardón usando palabras como “talante” y “España plural”, proponiendo pasar de la economía del ladrillo a la del conocimiento, defendiendo las viviendas de alquiler y las de protección oficial y exhibiendo solidaridad con los discapacitados; todo ello muy a lo David Cameron.

No pienses en un elefante
La tesis de Katwala no es desdeñable, desde luego, y se desmarca de ese lamento tópico y pesadísimo de tanto progre (o más bien, ex progre) sobre la ausencia de ideas en el campo de la izquierda desde la caída de la Unión Soviética. Ideas las hay, lo que no hay en muchas ocasiones es capacidad para comunicarlas (“venderlas”, dirían algunos). La primera razón de este fenómeno es obvia: los medios de comunicación de masas son negocios costosísimos y son raros los empresarios de izquierdas. La segunda es la que apuntó Lakoff en su libro No pienses en un elefante, tan citado y tan poco leído y aún menos practicado: la incapacidad para presentar las ideas progresistas de un modo desacomplejado, sencillo, directo y atractivo.

Javier Valenzuela es periodista y escritor. Ha sido corresponsal de El País en Beirut, Rabat, París y Washington y director adjunto de ese periódico, así como Director General de Información Internacional de la Presidencia del Gobierno entre 2004 y 2006

Blog de Javier Valenzuela

A las puertas del nuevo congreso del PSPV.

TRIBUNA: EMÈRIT BONO Y RAMON LAPIEDRA

A finales de este mes de septiembre tendrá lugar en Valencia el congreso del PSPV. Sin voluntad alguna de entrometernos en nada, queremos aprovechar la ocasión para reflexionar en general sobre el escenario político en que tendrá lugar la convocatoria y sobre el tipo de acción de un partido de izquierdas que pretenda cambiar dicho escenario político valenciano en un sentido progresista.

La noticia en otros webs

Nada exime a un partido de izquierdas de elaborar una línea que recoja los deseos de los ciudadanos

Tenemos la derecha del PP que se perpetúa en el gobierno de la Generalitat valenciana, de las tres Diputaciones y de la mayoría de los grandes Ayuntamientos. A lo largo de sucesivas convocatorias electorales, dicho partido mantiene o acrecienta abultadas mayorías electorales, sin que la laminación aplicada a servicios públicos esenciales, el despilfarro económico practicado, el talante antidemocrático exhibido en la gestión de la información pública, el desprecio por la lengua propia, o su implicación en la devastación del territorio de los últimos años, conduzcan a una clara erosión de sus resultados electorales.

En estas condiciones es normal que los partidos de izquierda del País Valenciano se interroguen sobre las claves de semejante éxito electoral, sobre los posibles errores propios cometidos y sobre los cambios que deberían protagonizar a fin de dar el vuelco a una situación política tan frustrante como negativa desde una perspectiva de izquierdas. Apremiados por la necesidad de no reeditar nuevos fracasos en futuras contiendas electorales, en sus filas se multiplican las recetas, los análisis más o menos apresurados y los nombres que, conjuntamente, nos permitirían vislumbrar la ansiada luz del túnel. Es ésta una coyuntura propicia a naufragar, con la mejor voluntad del mundo, en el consabido “dar palos de ciego”, allá donde procede evaluar con realismo el posible tempo propio de la ola social de conservadurismo que se ha apropiado del país, aplicar análisis serenos y documentados, superar cualquier sectarismo y no renunciar precipitadamente a símbolos y principios democráticos y de solidaridad difícilmente prescindibles desde una perspectiva de izquierdas y de país.

Acabamos de hablar de principios: un partido con voluntad de cambio social en un sentido democrático y solidario no puede limitarse a tomar nota de lo que la mayoría de la gente pueda creer o desear en un momento dado, con sus vaivenes, sin duda, explicables. Sin ignorar todo ello, y siendo la política la gestión del conflicto social inevitable, ese partido ha de optar por los intereses de la mayoría de la población presente y futura, lo que significa que debe tener su propio programa de transformación y gestión sociales. Un programa que, partiendo de lo que hay y de las tendencias profundas de cambio que se constatan o se avecinan, renuncia a practicar el mero seguidismo a lo que dicta la última encuesta y se esfuerza por explicar y aplicar su programa de actuación a fin de no acabar, de la mano de dicho seguidismo, allá donde nadie, ni la sociedad, ni el partido, ni los propios encuestados, tenía previsto acudir. Renunciar a actuar a medio y largo plazo desde un partido político es en el mejor de los casos superfluo y en el peor, catastrófico.

La capacidad de liderazgo político que aquí se reivindica siempre ha formado parte del acerbo de cualquier partido político a la altura de las responsabilidades de su tiempo, pero hoy, con la globalidad, rapidez e intensidad, de los cambios físicos y sociales que protagoniza la humanidad, desatender esa necesidad de trascender lo más inmediato en política (una trascendencia que no deja de incorporar esa inmediatez como dato para un proyecto de futuro), es una dimisión política cargada de posibles consecuencias onerosas para la sociedad toda.

Porque, continuando con el mismo tema en otra dirección, ¿qué sentido tendría hoy que un partido de izquierdas, en el País Valenciano, intentara emular la falta de complejos del PP en su política territorial, urbanística y ambiental, con la vana esperanza de sustraer a ese PP los votos que pueda estar recibiendo por ello? Dejando de lado por un momento los principios, ¿quién asegura que se ganarían así más votos de los que se perderían en sentido contrario, a cargo de ciudadanos escandalizados que podrían bien quedarse en casa el día de autos o transferir su voto a otro destinatario? Imaginemos que un número apreciable de votos haya recaído últimamente en el PP valenciano de la mano de ciudadanos que, aun intuyendo de alguna manera que ese tipo de política territorial es totalmente insostenible, económica y ambientalmente, deciden apostar por esa vía, asumiendo si cabe aquello de después, el diluvio. Puestos a gestionar ese tipo de política de cara al futuro, ¿qué mejor garante que un partido, el PP, que ha acumulado tantos méritos en la senda de no retroceder delante de la ley y la desmesura en la cuestión, frente a unos advenedizos en esas lides, cuyos orígenes no pueden garantizar la falta de escrúpulos que cabe exigir en estos casos?

Esperpentos aparte, si un partido político cree realmente que una determinada política es económica, social y ambientalmente insostenible, nada le exime de explicar una y otra vez al ciudadano la cuestión en los términos más claros y didácticos posibles, exponiendo al mismo tiempo las propuestas alternativas con las que se pretende conjugar la sostenibilidad con el deseo atendible de acrecentar o mantener la calidad de vida. La interiorización de ese mensaje honesto por los propios miembros del partido, cargos públicos y militantes de base, y la consiguiente implicación de los mismos en la plasmación del correspondiente mensaje político, es seguramente una de las bazas para su posible materialización política. Como lo será igualmente el carácter del mismo: el de un mensaje que ha de ser didáctico en sus variados registros y persistente, que no renuncia a aplicar las técnicas de la moderna comunicación de masas, que será seguramente gradual en su calendario de aplicación, pero que nunca se reducirá al mero marketing, ni dejará nunca de orientarse por sus objetivos estratégicos.

En definitiva, nada exime a un partido de izquierdas de elaborar una línea política y un programa que pretendan recoger los deseos de los ciudadanos desde una perspectiva atenta a las lecciones del pasado, basada en la certeza del cambio global en que estamos inmersos, armada de análisis certeros y con la finalidad última de construir una sociedad más libre y más acogedora para todos.

Emèrit Bono y Ramon Lapiedra son catedrádicos de Política Económica y de Física, respectivamente, de la Universitat de València.

La feria de las vanidades.

 

En este agosto precongresual del PSPV-PSOE y, desde la distancia que dan las vacaciones fuera de casa y la información de terceros que llega por la prensa escrita o los diversos elementos de publicación de noticias, uno tiene la impresión de que nos estamos equivocando otra vez en beneficio del PP y en perjuicio del PSOE, porque en lo que respecta al PSPV es complicado imaginar una situación más proxima a la aceptación resignada de los 23 puntos poscentuales que el partido consevador nos lleva de diferencia de intención de voto en la encuestas objetivas. La Ponencia Marco es la evidencia y el exponente más claro de que solo su enmienda casi total por pate de los socialistas que todavía lo son y persisten en las ideas desde sus agrupaciones locales con el oido puesto a la realidad cotidiana y la atención a lo que realmente interesa a las personas, pueden poner en el centro de un texto del que han de deducir propuestas políticas, estratégias ganadoras y un programa de gobierno autonómico coordinadas con las que ya pone en marcha el Gobierno de Zapatero.

Y, creo sinceramente que, los candidatos a la Secretaría General de un partido que reclama autonomía política de acción institucional, mientras se dispone a ser un elemento susidiario de la organización central con la modificación ignota en nuestra cultura reciente, deberian de solucionar esa dicotomía que nos puede llevar a la esquizofrenia política y estructurar una relación reinventada, flexible y eficaz para homogeneizar las actuaciones del socialismo valenciano con y en el PSOE, necesaria para absorber los beneficios de las políticas y la acción de gobierno y poder aportar mas dinamismo político y rendimiento electoral al conjunto del partido que sustenta al Gobierno socialista, al mísmo tiempo que se concretan propuestas especificas que afecten a la realidad concreta del País Valencia los campos de los servicios públicos básicos del espacio público destrudo por las políticas privatizadoras del PP, la desaparición en muchas comarcas de la industria radicional valenciana y las politicas de proteción y la regeneración del territorio triturado por la especulación y la poca verguenza institucional.

Creo que es hora de que se acaben las cenas, los almuerzos, las reuniones que derivan en conciliabulos para conseguir el número de delegados optimo con el que hacer efectiva la candidatura a una responsabilidad que ha de demostrarse a estas alturas en ponese el mono de la faena y presentar una propuesta política covergente para el Congreso del PSPV-PSOE que de lugar a un texto políticamente potente, ideologicamente sólido, igual que ha de ser la próxima Comisión Ejecutiva Nacional que debe conducir al PSOE en el País Valenciano hacia esa confluencia con la sociedad, absolutamente necesaria para poder gobernar, de nuevo, la generalitat valenciana y ampliar las mayoria socialista del Congreso de los diputados y el Senado en las próxims Elecciones Generales.

Lo demás puede ser entendido por nuestros militantes, simpatizantes y electores en una reedición veraniega de la feria de ls vanidades que poco tiene que ver con la situación real en la que viven las personas.

Vicent Vercher Garrigós