Se triplica la oferta de viviendas en alquiler.

Redacción fotocasa.es , 11/12/2008, 10:55 h

 

                                                          

 

                                                        

El mercado de alquiler ha experimentado un notable aumento a lo largo de 2008 y se prevé que su crecimiento continúe en 2009. Granada, Almería, Ciudad Real, Huelva, Jaén y Sevilla destacan como las provincias donde más aumenta el alquiler. Así se desprende del análisis realizado por www.fotocasa.es partir de la oferta de vivienda en alquiler anunciada durante el año 2008.

 

                                                          

 

                                                        

Según el estudio, la oferta de viviendas en régimen de alquiler anunciada en este portal inmobiliario ha crecido un 180% desde enero, lo que sitúa actualmente en 61.000 inmuebles.

Una de las causas que explicaría este crecimiento de la oferta, tal y como afirma Mónica Espina, directora de fotocasa.es, es que “en muchos casos anunciantes que tenían su piso en venta lo han puesto también en alquiler como una forma de dar otro tipo de salida a su necesidad”.

En cuanto a la demanda, el número de búsquedas de viviendas en alquiler en fotocasa.es también se ha incrementado de forma evidente. Los datos de este estudio indican que se han duplicado. Además, el porcentaje de usuarios del portal que optan por buscar viviendas en alquiler alcanza ya el 30% del total, frente al 70% que buscan inmuebles de compra.

El alquiler más caro de España

La vivienda en alquiler más cara de España de todas las anunciadas en fotocasa.es se encuentra en Madrid, en concreto en Puerta de Hierro, y sus propietarios la alquilan por una renta mensual de 20.000 euros. Se trata de un chalet de 1.100 m2, que consta de 10 habitaciones y 7 baños. Todo construido en un terreno de más de 4.400 m2 en el que es posible disfrutar de un jardín en dos alturas, piscina y bodega.

  

 

  “Las dificultades económicas actuales han introducido nuevos perfiles de personas en el mercado de alquiler”

En Cataluña, encontramos el alquiler más caro en la localidad de Gavà con una renta mensual de 15.000 euros. Se trata de una casa con vistas privilegiadas al mar desde cualquier estancia y de construcción moderna. Construida en una superficie de 600m2 con 6 habitaciones y 6 baños, con gimnasio, ascensor, un precioso jardín y piscina. 

Por su parte, en la Comunidad Valenciana, la vivienda de alquiler más cara está situada en Puçol con una renta de 5.500 euros al mes. Un chalet independiente de 340m2 de vivienda y más de 220m2 de porches. Cuenta con acabados de lujo en mármol, 4 chimeneas, una amplia bodega y piscina privada.

Provincias donde más aumenta la oferta de alquiler en 2008 

En lo que se refiere a la evolución de la oferta de viviendas en alquiler por provincias en el último año en fotocasa.es, destacan Granada, Almería, Ciudad Real, Huelva, Jaén y Sevilla como las zonas en las que más ha aumentado el número de viviendas en este régimen. Por otro lado, las provincias en las que menos ha crecido la oferta de alquiler durante 2008 son Cantabria, Málaga y Las Palmas de Gran Canaria.

En las provincias con más alquiler tradicionalmente, como pueden ser Madrid, Barcelona y Valencia, se han registrado aumentos del 150%, 136% y 218%, respectivamente.


Más personas y con nuevos perfiles buscan alquiler

La realidad hipotecaria y las dificultades económicas provocadas por la crisis financiera, ha introducido nuevos perfiles de personas en el mercado de alquiler. Según el análisis realizado por fotocasa.es, las personas que tradicionalmente buscaban alquiler se encontraban en una franja de edad de entre 20 a 30 años.

Ahora, con la nueva situación del mercado de la vivienda, ésta se ha ampliado hasta los 40 años, “probablemente debido a las dificultades de financiación con las que se encuentran muchos compradores”, tal y como afirma la directora de fotocasa.es.

 

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Regulación, pero no solo financiera.

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Regulación, pero no sólo financiera
por Juan Francisco Martín Seco

Según avanza la crisis económica, se escuchan cada vez más voces, muchas de ellas de conversos, que afirman que se necesita menos mercado y más Estado. No estoy seguro de que sean conscientes del significado de la consigna y de hasta qué punto están dispuestos a llevarla adelante, o si todo va a quedar en una frase hábilmente empleada para justificar los pecados pasados. Después de esta crisis será difícil defender seriamente la autorregulación de los mercados. Tanto los liberales como los no liberales han vuelto la vista hacia el Estado demandando árnica. Lo malo es que durante años se ha ido debilitando y atando de pies y manos a ese Estado al que ahora todos pedimos auxilio.

Los mercados necesitan regulación, pero no solo el financiero. La crisis, que proviene ciertamente del mercado del dinero, se ha trasladado al sector real de la economía con consecuencias mucho más graves de lo que cabía prever, dada la enorme desregulación a la que hemos sometido al mercado laboral, ya que cualquier dificultad económica se transmite inmediatamente y de forma total al empleo.

Lo lógico sería esperar que la crisis afectase principalmente a la cuenta de resultados de las empresas y, en mucha menor medida, y solo parcialmente y en circunstancias críticas de una sociedad, se trasladase a los asalariados. Si en los doce últimos años, época de auge, los beneficios empresariales se dispararon sin que los trabajadores tuviesen parte en el festín, debería suponerse que en los momentos de vacas flacas se aminorarían los resultados de las empresas, incluso que incurrirían en pérdidas, antes de reducir el empleo. Pues no, aquí las empresas son traslúcidas desde el primer momento y dejan que el impacto se transmita íntegramente a los gastos de personal. Es más, en algún caso se tiene la sospecha de que las grandes compañías, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, utilizan la crisis para ajustar las plantillas, pero, eso sí, a un precio más económico.

Con un tercio de los ocupados con contratos temporales, es fácil entender que el ajuste se traslade inmediatamente a los trabajadores y que el desempleo crezca a un ritmo exponencial. La desregulación del mercado laboral ha conducido a que las grandes sociedades hayan externalizado los servicios, originando que gran parte del personal que trabaja para ellas no lo haga jurídicamente, sino que su relación laboral sea con una empresa subcontratada, en muchos casos casi fantasma. Las circunstancias económicas de las primeras en ningún caso justificarían los despidos, pero les resulta extremadamente fácil cancelar el contrato de las subcontratadas, que, al carecer a menudo de toda estructura económica, pueden desaparecer dejando a los trabajadores en la calle.

Existe el peligro de que se genere un círculo vicioso. Aun cuando la crisis tenga su origen en un estrangulamiento financiero -que los líderes europeos nunca deberían haber permitido que ocurriera, especialmente consintiendo una política monetaria restrictiva-, lo cierto es que actualmente está sustentada en una contracción de la demanda, que será mucho mayor según las cifras de paro vayan aumentando, sobre todo si se mantiene, tal como ocurre en la actualidad, una cobertura del seguro de desempleo muy raquítica.

Regulación, pero no solo financiera
24 noviembre 2008 – Público

CONCILIACIÓN: Una directiva contra el tiempo de vivir.

Diario Responsable   (Enviado por: Ramón Jáuregui) , 02/10/08, 09:44 h

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Ahora que se discute, de nuevo, sobre mercado y Estado a propósito de la necesidad de reforzar las funciones regulatorias e inspectoras de las autoridades económicas sobre los agentes financieros, viene a cuento recordar que no es ésa la única manifestación de esa dialéctica compleja.

 

Otros muchos y grandes temas están pendientes de encontrar el equilibrio entre las exigencias de un mercado competitivo y feroz en la globalidad y las múltiples demandas de una sociedad que aspira a valores humanos intrínsecos a su ser: la dignidad laboral, la justicia social, la eliminación de la pobreza y las grandes desigualdades, la sostenibilidad ecológica y otras muchas causas todavía pendientes.

 

   La jornada laboral es uno de esos conflictos irresueltos. Una directiva de la UE  pretende facilitar una jornada laboral más extensa, frente a las limitaciones legales o a las concertaciones sociales que establecen jornadas máximas por debajo de las 48 h. semanales en la mayoría de los países europeos. Sin embargo, la sociedad, me atrevo a decir que sin distinción de ideologías o de países, aspira a trabajar menos horas para vivir más y mejor y para conciliar la vida personal y familiar con el trabajo.

 

    Es evidente que hay razones sobradas desde la perspectiva del mercado y de la competencia para alargar las jornadas laborales en Europa. Leí hace unos días un artículo de un experto –socio de una firma de abogados- en el que se explicaba la creciente necesidad de que las empresas europeas “flexibilicen” (curioso eufemismo que se han inventado para decir alarguen, prolongue o amplíen) el tiempo de trabajo. Los argumentos son conocidos: atraer más inversores, competir con países con salarios más bajos y jornadas laborales más altas, respetar el derecho individual de quienes quieran trabajar más, etc. etc. Pero hay poderosas reflexiones sociales que Europa no debería olvidar.

 

     A finales del Siglo XVIII, cuando el escocés Watt descubrió la máquina de vapor y la máquina se introdujo en la producción, la Jornada laboral se redujo de 80 a 60 horas de trabajo semanales. A finales del Siglo XIX, con el descubrimiento del motor eléctrico, la jornada se redujo a 48 horas semanales. Con el fordismo y la producción en cadena a 40 horas, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En España, fue Joaquín Almunia, entonces Ministro de Trabajo del primer gabinete de Felipe González y hoy Comisario Europeo de Economía, el que elaboró y propuso la Ley de las 40 horas semanales en 1983, es decir, hace ahora veinticinco años.

 

     Hay pues una constante histórica en la reducción de la jornada laboral junto a los avances tecnológicos. La mejora de productividad que nos proporcionan los descubrimientos técnicos, la hemos empleado en mejorar la calidad de vida de la humanidad en general y de la población laboral en particular. A finales del Siglo XX se ha quebrado esta constante. La revolución tecnológica actual: microelectrónica, informática, telecomunicaciones, biogenética, etc. que constituyen una combinación exponencial de innovaciones técnicas, muy superior a cualesquiera otras de nuestra historia, está siendo acompañada de una prolongación y extensión de la jornada laboral en una triple paradoja.

 

    La primera nos señala una progresiva ampliación de la Jornada Laboral en el mundo, incluso en aquellos países en los que la Ley ha fijado máximos horarios de jornada. Es una prolongación absurda, ilógica, contraria al sentido del tiempo y de la vida. Pero es también una prolongación paulatina, silenciosa, inexorable. No está amparada por la Ley, ni por el convenio, pero se hace patente en las oficinas de los bancos, auditoras, despachos de abogados o de arquitectos, en las que nuestros hijos, trabajan casi de sol a sol, en jornadas de 12 horas diarias muy frecuentemente.

 

     La segunda paradoja es menos conocida pero no despreciable. Las tecnologías que permiten más flexibilidad y las comunicaciones que permiten más movilidad, están produciendo una invasión laboral de los tiempos y de la vida privada. Hoy nos llevamos el teléfono y el ordenador y con ello nos llevamos la oficina a casa, al fin de semana y a los viajes por el mundo de la economía globalizada. Muchas jornadas laborales se prolongan además por este método invasivo en la vida personal.

 

 

    Por último, esta prolongación de la Jornada Laboral real en el mundo, se está produciendo paralelamente al gran fenómeno social que ha traído la gran revolución feminista de los últimos cincuenta años, la que, entre otras grandes conquistas, ha llevado a la mujer al trabajo formal, es decir, al trabajo fuera del hogar, lo que a su vez ha abierto un debate social sobre la necesidad de incorporar la conciliación familiar/personal a la jornada de trabajo de mujeres y hombres, es decir, de madres y padres que trabajan fuera.

 

   Pues bien, cuando la tecnología nos lo facilita y cuando la sociedad lo demanda, el mercado lo niega y nos impone una conducta social inhumana. Una vida dedicada al trabajo en vez de un trabajo que dignifique la vida. ¿A qué lógica responde que la tecnología vaya en contra de las aspiraciones humanas?

 

    Vivimos un tiempo injusta e ineficazmente organizado. Unos se drogan con el trabajo y otros porque no lo tienen. Unos viven angustiados porque no tienen tiempo para nada y otros porque no tienen nada que hacer con su tiempo. Pero además es un tiempo mal vivido. La liberación de tiempo es una de las claves para rehacer el entramado social, comunicativo y afectivo de nuestros mundos vitales. Incluso para el reequilibrio de relaciones entre hombres y mujeres. La familia, la educación de nuestros hijos, las redes sociales de la convivencia ciudadana, etc. Ni el robot, ni el chip tienen porqué condenarnos al paro ni a la esclavitud laboral. Al contrario, nos dan los medios para reequilibrar necesidad y libertad, para crear una utopía concreta y cotidiana que nos permita recuperar el tiempo en que vivimos.

 

      Sí, ya sé que la jornada se prolonga porque la globalización nos impone una competencia feroz, pero ¿dónde está escrito que ello exija globalizar la explotación o extender la devaluación de las condiciones laborales? ¿No será el momento de decir que queremos globalizar la dignidad laboral y extender al mundo las conquistas laborales de los sindicatos y la socialdemocracia de la 2º mitad del Siglo XX? ¿No será el momento de reclamar a la política, que se imponga al mercado, en la regulación de la sociedad?

 

    En 1980 Wassily Leontief, Premio Nobel de Economía 1973, escribió: “Antes de ser expulsados del paraíso, Adán y Eva gozaban sin trabajar, de un alto nivel de vida. Después de su expulsión, tuvieron que vivir miserablemente mientras trabajaban desde la mañana hasta el anochecer. La historia del progreso técnico de los últimos 200 años es la del tenaz esfuerzo para encontrar de nuevo el camino al paraíso”. Pues bien, parafraseando a Leontief, permítanme que termine diciendo que esta directiva no camina precisamente hacia el paraíso, sino más bien hacia el infierno social.

Mercado libre y “auxilio social”.

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • 38x38 Amando Hurtado
  • AMANDO HURTADO

    02/10/2008

 

Lo de “ayudar al prójimo” caritativamente suele ser el recurso habitual – muy bíblico, evangélico, coránico, etc. – supuestamente compensatorio de la abundancia mal repartida. Injustamente repartida.

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Aquello que en España se llamó “Auxilio Social”, a cargo de esforzadas damas falangistas de la “Sección Femenina”, durante los años del hambre franquista, lo estamos viendo practicar ahora, casi como plan de emergencia, en diversos estados norteamericanos.

Según pone de relieve la especializada agencia estadounidense Realty Trac, analizando la situación de las transacciones inmobiliarias en 230 ciudades de aquel país, el número de expedientes abiertos por impago de hipotecas ascendió, en agosto, a más de 300.000. Las entregas de inmuebles a los bancos, por impagos, afectaron a una de cada 416 viviendas norteamericanas. Pero lo peor es que está a la vista un total de devoluciones que superará los 500.000 millones de dólares durante los muy próximos meses.

Centrándose en California, señala el Los Angeles Times que solamente un tercio de los propietarios morosos logrará evitar que sus casas vayan a parar a los bancos, puesto que los limitados subsidios a los que pueden acceder los casi millón y medio de parados de aquel Estado solo beneficiará al 50% de los mismos, dadas las poco generosas características del plan de pensiones y de asistencia social existente en EE.UU.

Como ya ocurriera durante la Gran Depresión de 1930, miles de personas desposeídas de hogar están durmiendo en sus coches. El Club Automovilista de Santa Bárbara, en la costa de California, informa de la necesidad de facilitar domiciliaciones en los diversos “campings” y ha logrado de las autoridades municipales la habilitación de 12 aparcamientos vigilados para albergar a los nuevos “sin hogar”. En otras ciudades californianas, los afectados están haciendo caso omiso de las ordenanzas que prohíben pernoctar en la calle…

Los llamados “bancos de comida” (food banks), en los que se venían repartiendo habitualmente raciones diarias a cerca de treinta millones de personas “pobres”, en todo el país, están empezando a verse desbordados ahora en California.

Uno no puede menos que cuestionar la autenticidad y la calidad de la beatífica imagen, acompañante del libre mercado, que los muy religiosos líderes políticos norteamericanos han venido publicitando como “American way of life”, pidiendo continuamente la bendición de Dios. Resulta que lo que algunos llaman irónicamente “turbo-capitalismo” no es otra cosa que la libre supremacía del capital financiero sobre cualquier aspecto de la vida social y personal de las gentes. Que se lo pregunten, si no, a los 400 más archimillonarios de aquel gran país….y de otros.

Tenido por muchos como pionero de las democracias surgidas en el siglo XVIII, Estados Unidos se aferra a aquel tiempo respecto a no pocos temas. Tardaron casi cien años en abolir la esclavitud y van camino de tardar el doble para poner en práctica postulados sociales que hagan posibles aspectos de la libertad que nos parecen inaplazables en el siglo XXI.

Amando Hurtado es licenciado en Derecho y escritor

La semana en la que el capitalismo tampoco cambiará.

En estos días extraños en los que la patronal pide un paréntesis en el libre mercado, George Bush nacionaliza las pérdidas de la banca y el Gobierno comunista chino puja por comprar el único gran banco de inversión que aún no ha quebrado, ¿alguien sabe en qué cueva se esconde el Fondo Monetario Internacional (FMI)? En Corea del Sur se acuerdan mucho de él. Hace una década, durante la crisis de los tigres asiáticos, a finales de los 90, el FMI puso una condición innegociable para rescatar al país del terremoto financiero: que el gobierno no ayudase a los bancos y demás empresas al borde de la bancarrota. Decían los apóstoles del FMI que era mejor para la economía que esas compañías quebrasen porque así el ‘ajuste’ –ese eufemismo– sería mucho más rápido. Medicina neoliberal: la mejor manera de sanar al enfermo es matarlo para que su hijo ocupe pronto su lugar en la fábrica.

Ahora que el enfermo es Estados Unidos la receta es muy distinta. No es país para corralitos. “Está muy bien decir ‘dejen que el sistema financiero siga, que consiga su equilibrio’ (…) pero cuando se enfrentan ataques especulativos, los precios se pulverizan y parece que las grandes corporaciones van a colapsar, es natural que el gobierno intervenga y diga ‘no podemos dejar que esto suceda”, argumenta ahora Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI. Y así, como lo más natural del mundo, el país donde supuestamente mejor funciona el mercado descubre que la mano incorrupta y milagrosa de Adam Smith, de tan invisible, ni está ni se la espera. “La intervención del Gobierno era esencial, dado el precario estado de los mercados”, explica George Bush, presidente de los Estados Socialistas de América.

Entre los 700.000 millones de dólares de este último empujón y lo que ya llevan gastado en los demás ‘rescates’, la factura ya ronda los dos billones de dólares; cerca del 15% del PIB anual estadounidense. Es probable que esta losa –un nuevo éxito para los libros de historia de la era neocon de Bush– agudice aún más otro proceso que ya está en marcha: la decadencia del imperio americano, el fin de la hegemonía unilateral de la que disfruta EEUU desde la caída del muro de Berlín. ¿Será también el fin del capitalismo tal y como lo conocemos? ¿Aprenderá el mundo de sus errores? ¿Nacerá de estas cenizas un nuevo modelo económico donde el libre mercado sea un método y no un fin? Por desgracia, la respuesta es no.

Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín. Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la gravedad regresa, ambos se van al suelo.

La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”, presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento, sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono (con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula, repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel. Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.

En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo- fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa desde 1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.

El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo. Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.

Los arquitectos de la crisis financiera (I): desinformación y ¡balones fuera!

 POLÍTICA

 

¿Cuál es la mano que mece la cuna de los archinombrados “mercados”?

JUAN TORRES LÓPEZ/ALTERECONOMÍA

La gente normal y corriente suele tener una idea bastante difusa de las cuestiones económicas. Como los grandes medios de comunicación las presentan de forma oscura e incomprensible, la mayoría de las personas piensa que se trata de asuntos muy complejos que solo entienden y pueden resolver los técnicos muy cualificados que trabajan en los gobiernos o en los grandes bancos y empresas. Y siendo así, es también normal que se desentiendan de ellos, como cualquiera de nosotros se desentiende de lo que hace el médico, el fontanero o el mecánico cuando hablan en su jerga incomprensible o utilizan instrumentos, que nosotros ni conocemos ni sabemos utilizar, para curarnos o arreglarnos las tuberías o nuestro automóvil.

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También contribuye a ello el que no se proporcione a los ciudadanos información relevante sobre lo que sucede en relación con las cuestiones económicas. Todos oímos en los noticieros de cada día, por ejemplo, cómo evoluciona la bolsa, las variaciones que se producen en el índice Nikei o los puntos de subida o bajada de unas cuantas cotizaciones pero casi nadie los sabe interpretar ni nadie explica de verdad lo que hay detrás de ellos.

Saturar, saturar y saturar…
Gracias a eso, los que controlan los medios de comunicación (propiedad a su vez de los grandes bancos y corporaciones) hacen creer que informan cuando lo que hacen en realidad es lo peor que se puede hacer para lograr que alguien esté de verdad informado: suministrar un aluvión indiscriminado de datos sin medios efectivos para asimilarlos, interpretarlos y situarlos en su efectivo contexto.

El mismo punto de vista
Nos ofrecen sesudas e incomprensibles declaraciones de los ministros y presidentes de bancos pero no proporcionan criterios alternativos de análisis y, por supuesto, presentan siempre el mismo lado de las cuestiones, como si los asuntos económicos solo tuvieran la lectura que hacen de ellos los dirigentes políticos, los empresarios y financieros más poderosos o los académicos que cobran de ellos para repetir como papagayos lo que en cada momento les interesa.

Lo que está ocurriendo en relación con la actual crisis es buena prueba de ello.

¿Quiénes son los causantes?
Sobre la crisis actual se están callando en particular un asunto especialmente grave y de gran interés para los ciudadanos: sus causantes y responsables directos e indirectos.

El “mercado”…
Para engañar a la gente suelen hablar “de los mercados”. Como si los mercados pensaran, tuvieran alma y preferencias, decidieran o resolvieran por sí mismos. Para que estos existan, es necesario que haya normas. Y esas normas no las establecen para sí mismos los mercados sino los poderes públicos a través del derecho.

… se rige por normas
Las normas jurídicas son las que permiten que en los mercados se pueda llevar a cabo un comportamiento u otro, las que favorecen que existan o no privilegios en las transacciones, las que dan poder a unos agentes en detrimento de otros.

… que alguien dicta
Como las normas las hacen las personas y las instituciones, resulta que lo que suceda en los mercados es, en última instancia, el resultado de lo que decidamos las personas a través de las instituciones que utilizamos para imponer las normas (aunque es bien sabido que no todas las personas tienen la misma capacidad para decidir a la hora de establecerlas).

Y eso es igualmente aplicable a lo que ha ocurrido en los mercados que han provocado la actual crisis.

*(La segunda parte del análisis versará sobre la “desregulación” financiera, sus productos de más riesgo y sus consecuencias, así como el papel de las últimas políticas norteamericanas en el sector).

Juan Torres López es Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga y editor de Altereconomía: otra forma de entender la economía

www.altereconomia.org