¿Adiós al País Valenciano?

El posible cambio de siglas del PSOE en Valencia reabre el debate que durante décadas ha dividido a izquierda y derecha

 

 

BELÉN TOLEDO – Valencia – 16/08/2008 07:30
Murcia es Región de Murcia o Murcia a secas y no pasa nada. El País Vasco o Euskadi también dos denominaciones para un mismo territorio. El caso de Valencia es diferente. Aquí la elección de uno u otro nombre (País Valenciano, Comunidad Valenciana o Antiguo Reino de Valencia) nunca es inocente.

Lo saben bien en el PSOE, que se ha encontrado con un apasionado debate en sus propias filas después de que algunos de sus dirigentes propusieran un cambio de siglas para la formación: de Partido Socialista del País Valenciano (PSPV) a Partido de los Socialistas de la Comunidad Valenciana (PSCV). La idea deberá ser aprobada o desechada en el congreso del próximo mes de septiembre. Dos de los aspirantes a dirigir el partido, que ahora está gobernado por una gestora, ya han rechazado el nuevo nombre y no es seguro que la militancia socialista valenciana lo respalde.

Tanta susceptibilidad no obedece sólo a un cambio de siglas. Con la eliminación de País Valenciano, “se renuncia a lo mejor del empuje político de la izquierda valenciana durante el siglo XX”, según Vicent Garcés, eurodiputado socialista y uno de los fundadores del PSOE-PSPV a finales de la década de los 70. Para él y muchos otros, la expresión simboliza las aspiraciones de autogobierno, de defensa de la lengua y la cultura valenciana entendida como un todo compartido con Catalunya y Baleares, y de los valores de la izquierda que fueron defendidos durante la transición.

Costumbre o futuro

No sólo lo entiende así gran parte de los políticos socialistas. La mayoría de los colectivos de izquierda conservan esa referencia en su nombre. Algunos, como CCOO o UGT, reconocen que es “por tradición” o por el “carácter histórico y cultural del término”. Para otros, como Enric Morera, del partido Bloc Nacionalista Valencià, sigue siendo “una idea de modernidad para avanzar en el autogobierno”.

La expresión País Valencià hizo fortuna en la Transición. Se usaba desde mucho antes, pero fue el escritor valenciano Joan Fuster el que en los últimos años del franquismo le otorgó el cariz de izquierdas y de vinculación cultural con el resto de territorios en los que se habla el catalán. En el otro extremo, los tradicionalistas defendían el nombre histórico de Reino de Valencia.

Un viejo debate

Durante la transición Valencia fue el escenario de una a veces violenta guerra de nombres y símbolos entre izquierda y derecha. El PSPV y la UCD pactaron en el proyecto de Estatut que se respetaría el nombre de País Valenciano y a cambio la izquierda apoyaría la señera con la franja azul como bandera oficial de todo el territorio (la derecha no quería una enseña demasiado parecida a la catalana).

Pero en el trámite en el Congreso, el entonces vicepresidente del Gobierno, el valenciano ya fallecido Fernando Abril Martorell, vetó el nombre y obligó a la izquierda a apoyar la fórmula aséptica de Comunidad Valenciana, ideada por Emilio Attard, como denominación oficial. Eso sí, en el preámbulo se hizo referencia a País Valenciano como “nombre moderno” del antiguo reino.

Con el paso de los años el nombre oficial ha calado entre la población, pero el mundo cultural y académico continúa utilizando la fórmula País Valenciano. El PP ha perseguido con saña cualquier intento por normalizar ese nombre y lo ha prohibido en los libros de texto y en Canal 9. Y ahora se jacta de que los socialistas quieren renunciar al nombre. El debate interno es entre los que lo consideran una claudicación y los que creen que ya forma parte del pasado y hay que adaptarse a la realidad.

Eliseu Climent, presidente de Acció Cultural del País Valencià e histórico del nacionalismo valenciano de izquierdas, resumió con ironía esta decepción poco después de conocer el posible cambio de nombre del PSOE: “Si llego a saber que nos quedamos en comunidad, habría apoyado el nombre de Antiguo Reino”.

 

TRES NOMBRES PARA UN MISMO TERRITORIO

Antiguo Reino de Valencia // Hace referencia al periodo transcurrido desde la conquista de Jaime I en 1238. El monarca dotó al territorio de estructura política propia pese a incorporarlo a la Corona de Aragón junto a Catalunya y Baleares. La victoria de Felipe V en 1707 en la Guerra de Sucesión acabó con el autogobierno. En la transición, esa denominación fue recuperada por la derecha, que defendía el nombre de Antiguo Reino de Valencia.

País Valenciano // La denominación tuvo gran auge en la II República. Fue usado por Joan Fuster, inspirador del nacionalismo valenciano de izquierda, en el tardofranquismo. En la Transición, los sectores progresistas lo recuperaron.

Comunidad Valenciana // Fue la solución de compromiso alcanzada en 1982 ante el rechazo de la derecha al término País Valenciano que figuraba en el proyecto de Estatuto. Se trató así de cerrar la discusión que enfrentó durante los años anteriores a izquierda y derecha por los símbolos autonómicos. 

 

LOS CANDIDATOS

Ximo Puig // “No debemos cambiar si significa un giro al centro. Hay que ir a lo contrario, a una ambición más socialista y valencianista. Pero si hay cambio, debe ser con consenso”, afirma Ximo Puig, uno de los cuatro aspirantes a liderar el PSPV.

José Luis Ábalos // Ábalos se cuenta entre los partidarios del cambio: “Si hay que cambiar, lo normal es que se ponga Comunidad Valenciana. No significaría un giro al centro sino una adaptación al nombre oficial. Y sólo si lo pide la mayoría”.

Jorge Alarte // Opina Jorge Alarte que el hipotético cambio de siglas es una decisión de los militantes que no constituye el debate más importante: “Ni perdimos por el nombre ni ganaremos por el nombre”. Rechaza el giro al centro.

Francesc Romeu fue el primer candidato que rechazó el cambio de nombre y también el cambio ideológico que podría conllevar: “No hace falta cambiar nombres, hay que cambiar los contenidos”, sostiene tajante.  

Pensar el socialismo.

ENRIQUE HERRERAS

De la nueva etapa del gobierno de J. L. Rodríguez Zapatero, aparte de que, paradojas de la vida, los finlandeses y finlandesas nos tendrán envidia por el recién creado Ministerio de Igualdad -bueno, la igualdad es un asunto cultural y no sólo ministerial, pero bienvenido sea-, creo que habría que destacar la propuesta de que Jesús Caldera dirija una fundación a modo de un gran espacio de pensamiento permanente. Parece, como ha adelantado el propio Caldera, que se dedicará a analizar la realidad social y así dar respuestas a los problemas globales, como el cambio climático o la desigualdad. También ha señalado el ex ministro que este proyecto va en consonancia con los valores socialdemócratas del último programa electoral.
Y bien hace falta repensar el socialismo. Unido, claro, a radiografiar la realidad y los temas acuciantes, porque una cosa no quita la otra. O van unidas. Porque no es lo mismo analizar esos temas desde una perspectiva socialdemócrata, que, pongamos por caso, neoconservadora. Y, precisamente, una de las evidencias de los últimos años es que los conservadores, en contra de otras épocas, se han preocupado más por la reflexión que la izquierda en general. Ahí está, sin ir más lejos, la Fundación de Análisis y Estudios Sociales (FAES), que dirige el expresidente J. M. Aznar, y que se ha adelantado a esta iniciativa del PSOE.
Pero, como aquel que dice, nunca es tarde si la dicha es buena. Y esperemos que lo sea, porque la socialdemocracia, salvo la famosa Tercera Vía (Anthony Giddens) que propulsó a Tony Blair, va en estos momentos a contrapié. Un grave error, porque nunca hay que olvidar que la derecha es el estado natural. Innato. Por ello Gramsci planteó la necesidad de una cultura socialista. La realidad humana, decía, está arraigada, orgánica y dialécticamente, en el mundo y en la cultura. Precisamente, el problema fundamental de los países llamados de socialismo real fue que existía una formalidad socialista pero no una cultura. También los partidos de izquierdas de este lado del Telón de acero se han ido transformando más en meras maquinarias electorales y agencias de colocación que en trasmisores de ideas. O perdidos en aquel arte de la ilusión revolucionaria, reducido en demasiadas ocasiones a explicar las cosas como el escritor quisiera que fueran y no como realmente son. Mucha izquierda sigue dando más valor al poder político que al señalado progreso de una cultura. Pero el poder político es muy pobre si no se acompaña de una cultura que lo alimente, como bien se han dado cuenta en estas últimas décadas los pensadores de derecha.
Es necesario un renovado pensamiento de izquierdas para que se contraponga a la arenga cultural de la derecha moderna, la cual se está arraigando tanto en las clases altas como en las bajas. Incluso volver al debate económico, porque son los fundamentalistas quienes obvian este asunto para lanzarse a otros más emotivos.
La década de los 80 dio a luz la noción de neoconservadurismo. Nace en EE UU y se difunde posteriormente por Europa. Con este concepto me refiero a un complejo político-intelectual, un paradigma orientador de la acción práctica de las elites políticas. Más que una teoría, es una doctrina. Saben que el poder político es muy pobre si no se acompaña de una cultura que lo alimente. Por eso, el neoconservadurismo se fundamenta para implantarse en la hegemonía cultural. Se presenta como realista y responsable, lo que le inmuniza de toda discusión ideológica.
No hay que confundir el pragmatismo y posibilismo a la hora de las urnas, que debe haberlo, con la necesaria búsqueda ideas y soluciones de izquierdas que traten los grandes retos del mundo, como el derecho a la vida, como el hecho de que, hoy, millones de personas estén amenazados de muerte, por sida, tuberculosos o malaria. La izquierda es ante todo responsabilidad social y crítica constante. Pesada. Despierta. Lúcida. Racional. Solidaria.

(Levante-EMV/27.04.2008)