El mundo en tus manos.

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La crisis en el proceso histórico

ARTÍCULOS DE OPINIÓN

  • JESÚS PICHEL MARTÍN

    18/10/2008

Vaca multicolor

 Los procesos históricos nunca son simples ni en su realización ni, mucho menos, en su conocimiento, interpretación, comprensión y explicación. Si la lejanía en el tiempo dificulta captar en rigor el pulso vital (el imaginario, el sistema de categorías comunes) de quienes vivieron el acontecimiento, la cercanía impide conseguir la perspectiva suficiente para seleccionar con precisión qué acontecimientos son los relevantes. Pero, aún así, no es ni inútil ni vacío el esfuerzo por entender un proceso tan cercano que todavía está en marcha.

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Así que, con la presbicia inevitable, intentemos enmarcar y comprender la actual crisis financiera y económica mundial en el proceso histórico (o, al menos, en “un” proceso histórico) fijándonos no en las causas económicas que la han motivado (que sin duda existen y son reales), sino en los acontecimientos históricos en los que puede encuadrarse. Y, de entre todos los posibles, deteniéndonos en dos que parecen de mayor peso e influencia: la caída del sistema comunista de la antigua U.R.S.S., en 1991, y la llamada Globalización (o mundialización).

La caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 fue la antesala del colapso de la Unión Soviética y de la caída de su sistema económico comunista y estatalista. Pero no sólo eso. Con ella cayó el equilibrio que desde el final de la segunda guerra mundial se conoció como “guerra fría”, que dividía el mundo en dos mundos económicos (ideológicos, políticos, estratégicos, etc.) enfrentados: la U.R.S.S. comunista (que repudiaba la propiedad privada) y los EE.UU. capitalistas (que se fundamentaba –y se fundamenta- precisamente en la propiedad privada).

Esa misma división se evidenciaba en Europa, frontera física de ambos sistemas y centro geoestratégico de la confrontación de sistemas, si bien la parte occidental se organizaba en un sistema mixto, liberal a la vez que socialdemócrata, que mantenía ambos tipos de propiedad (la privada y la pública).

Supuso esa caída, en definitiva, la hegemonía del sistema capitalista y, consecuentemente, una cierta euforia ideológica plasmada en etiquetas simbólicas (“el fin de la historia”, “el pensamiento único”, etc.); un cierto sentimiento de inmunidad por la imposibilidad de “contagio”: la evidencia del fracaso comunista evitaría la tentación de proponerlo o asumirlo como sistema; y algunas dosis de arrogancia para hacer un “liberalismo sin complejos” (esa “derecha sin complejos” que el Partido Popular vino defendiendo, por ejemplo). Mientras, la Europa del este, incluida la propia Rusia, se convertía rápidamente al sistema capitalista y la del oeste ponía en entredicho su propio sistema mixto revisando el alcance y las bondades del llamado “Estado del Bienestar” (y valgan como ejemplos tanto el gobierno conservador de la Sra. Thatcher como la “tercera vía” del gobierno laborista de Blair, aunque no sólo ellos).

La Globalización, entendida como la mundialización de las relaciones productivas, financieras, culturales y de comunicación de información y de transporte, ha convertido el mundo, según la expresión de síntesis al uso, en “aldea global” donde las coordenadas espaciotemporales se difuminan: da igual dónde ocurra el acontecimiento, porque ocurre para todos a la vez (o, como dice la CNN: “está pasando; lo estás viendo”).

El mundo global es un mundo “deslocalizado”, el mundo de los “no-lugares” (en feliz expresión de Marc Augé), el mundo del mercado continuo. Pero, a la vez, es el mundo de la “brecha tecnológica” que distancia aún más a las sociedades ricas y tecnológicamente avanzadas de las pobres y tecnológicamente rudimentarias, y el mundo de los movimientos migratorios masivos (impulsados por la pobreza y por la facilidad de la comunicación).

En el mundo global deslocalizado ya no hay centro (o lo hay cada vez menos). Si Europa dejó de ser el centro geopolítico con la caída del comunismo, la globalización implicaría aparentemente la imposibilidad de volver a serlo.

La crisis financiera y económica que estamos viviendo no sabemos cómo ni cuándo acabará, ni si se llevará por delante el sistema capitalista que se ha practicado durante los últimos veinte años. Pero, si al análisis anterior no es disparatado, es posible extraer algunas conclusiones.

La primera es que ya sabemos qué pasa cuando los Estados se organizan casi exclusivamente según criterios económicos (sean comunistas o capitalistas): que se colapsan (en algún caso hasta caer por completo); que la desregulación de los mercados (financieros y de mercancías) puede aportar riqueza, pero que sus acciones “sin complejos” (ni filtros, ni intervenciones) pueden causar tanto daño o más para todos que beneficios para quienes las ejecutan; que, llegada la crisis, los propios Estados capitalistas, saltándose las reglas del propio sistema económico, tienen que salir al paso e intervenir (sea avalando, comprando activos o nacionalizando bancos).

La segunda es que los criterios económicos (del tipo que sean) no son los únicos adecuados para organizar las relaciones ni intra ni internacionales; que los Estados pueden ser ordenados según otros principios y valores.

Y la tercera, que más que una conclusión es un deseo, es que Europa puede, en este último sentido, desempeñar un papel fundamental, “central”, reivindicando para el mundo que viene los valores que están en sus orígenes: la libertad y la igualdad en dignidad y derechos de los seres humanos.

(No saben cuánto me molesta saber que me voy a perder cómo explicarán esta crisis dentro de cincuenta años).

Jesús Pichel es Profesor de Filosofía

Esto ya es un ‘crash’.

El pánico en las Bolsas mundiales reclama una acción drástica del G-7 para afrontar la depresión

11/10/2008

Los mercados vivieron ayer un crash bursátil de considerable magnitud, más dañino si cabe después de una semana de descensos en picado. El Ibex 35 se hundió más del 9%, la mayor caída de su historia; Londres y Francfort perdieron en torno al 8% y Tokio se desplomó el 9,6%. El pánico mundial, muy intenso en las plazas asiáticas, obedece a varias razones de fondo. Una de ellas es que los inversores no se creen los planes de rescate financiero, ni las reducciones concertadas de tipos de interés, ni las desesperadas inyecciones de liquidez en el sistema. Consideran que han llegado tarde y que no evitarán algunas quiebras financieras latentes. Los inversores sólo confían hoy en intervenciones públicas directas en los bancos privados y en el control, lejano o próximo, de los poderes públicos. Por eso las medidas británicas son las que hasta el momento han sido mejor recibidas.

La noticia en otros webs

La comparecencia ayer de George Bush para insuflar confianza en los inversores es una buena muestra de la magnitud del desastre que está viviendo el sistema financiero mundial. El presidente estadounidense aseguró que “podemos resolver esta crisis y la resolveremos”. Pero es más que dudoso que Wall Street haya creído sus palabras; de hecho, perdía más del 3% después del discurso. Resulta significativo que Bush incluyera en su mensaje una mención a que el Plan Paulson “permite al Gobierno adquirir participaciones en las entidades financieras”. El secretario del Tesoro y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, saben bien que la entrada de dinero público en el capital de los bancos es una de las pocas recetas que pueden amortiguar el pánico actual.

Para variar, el Gobierno español ha intentado reaccionar con agilidad y ayer mismo aprobó la puesta en marcha, antes de que acabe el año, del anunciado fondo para cambiar activos por liquidez a través de un crédito extraordinario de 10.000 millones. La rapidez con que intervendrá el fondo -que no es garantía total de eficacia- se completa con otra decisión igualmente razonable: el Parlamento controlará cada cuatro meses el buen desarrollo de su operativa. Sin una gestión transparente de los fondos extraordinarios no se recuperará la confianza en las normas del mercado, dañada para mucho tiempo por las quiebras bancarias, la persistente incertidumbre sobre la extensión de la crisis y el estrangulamiento del crédito hasta límites agónicos.

Además, los inversores están descontando ya que la economía mundial se encamina hacia un periodo recesivo prolongado, similar al de la depresión que afloró en 1929 y que se prolongó durante casi diez años. La histeria de los mercados no se puede aplacar ya con la enunciación de medidas correctas pero insuficientes. Los inversores esperan, y con razón, que la reunión del G-7 que comienza hoy se aproveche para decidir quién va a tomar el mando en las operaciones anticrisis. El Grupo debería establecer al menos un protocolo de actuación conjunta entre los Gobiernos y los bancos centrales. Sólo la concertación de las autoridades monetarias no basta; es necesaria una coordinación política mundial para hacer frente a la amenaza de depresión.

Temporal bíblico.

Manuel Pimentel   
06.10.2008
ImageQueremos creernos que el plan Bush servirá de verdad para llevar confianza a los mercados norteamericanos, y deseamos sinceramente que la acción coordinada de los gobiernos europeos y el BCE impida que se derrumbe nuestro edificio financiero. Pero algo extraño nos ocurre. Vemos a los líderes más poderosos del planeta con gestos de preocupación y miedo en sus rostros y sus firmes declaraciones no terminan de convencernos del todo.

Un agujero gigantesco parece que se va a tragar toda la economía empezando, paradojas de la vida, por los más excelsos representantes del capitalismo global. ¿Quién nos iba a decir que en semanas seríamos testigos del desmoronamiento de algunas de las mayores empresas financieras del mundo? Asistimos atónitos a un espectáculo insólito. Ni siquiera los más viejos del lugar recuerdan nada parecido. Cuando los oímos, un escalofrío nos eriza el espinazo.Intentamos tranquilizarnos, pero una duda nos corroe en nuestro interior. ¿Y si las medidas adoptadas no son las adecuadas?.

 Tan apurados estábamos, que hemos corrido a bendecirlas sin conocerlas siquiera. Nos hemos agarrado al único clavo que nos presentaban para asirnos, sin saber siquiera si estaba ardiendo. O el plan o el abismo, advirtió Bush. Le creímos. Por eso, aplaudimos que al final se aprobara. Pero la bolsa lo recibió sin alegría, mientras que en Europa los bancos seguían cayendo. Miramos a nuestro entorno sin entender nada, y los más cautos se preguntan si existe un plan B. Parece que no. EEUU ha comprometido el presupuesto federal por una larga temporada. ¿Qué puede pasar? Nadie tiene la respuesta. Los sabios más sabios se han equivocado, y el futuro parece abierto por completo. Algunos dicen que ya estamos al principio del final, mientras que otros temen estar al final del principio. Sólo el tiempo nos sacará de dudas.

Y mientras escampa, debemos prepararnos para el chaparrón. El paro rozará el catorce por cien. Trabajadores y empresarios los pasaremos canutas, sin terminar de entender como unas subprime lejanas nos cortan la póliza que precisamos. Las arcas municipales ya están tiritando y el próximo año aún estarán más vacías. Un negro panorama que no nos debe hacer desfallecer. Pasará la tormenta. Vendrán tiempos mejores. Saldremos de ésta. ¿Cuándo? Tampoco lo sabemos. Lo único cierto es que nos tocará sufrir. Por nuestros pecados – que también los hubo – y por los pecados de Wall Street, la Sodoma y Gomorra de las finanzas. Pero el mundo no se acaba y sabremos capear el temporal bíblico que nos azota.

La semana en la que el capitalismo tampoco cambiará.

En estos días extraños en los que la patronal pide un paréntesis en el libre mercado, George Bush nacionaliza las pérdidas de la banca y el Gobierno comunista chino puja por comprar el único gran banco de inversión que aún no ha quebrado, ¿alguien sabe en qué cueva se esconde el Fondo Monetario Internacional (FMI)? En Corea del Sur se acuerdan mucho de él. Hace una década, durante la crisis de los tigres asiáticos, a finales de los 90, el FMI puso una condición innegociable para rescatar al país del terremoto financiero: que el gobierno no ayudase a los bancos y demás empresas al borde de la bancarrota. Decían los apóstoles del FMI que era mejor para la economía que esas compañías quebrasen porque así el ‘ajuste’ –ese eufemismo– sería mucho más rápido. Medicina neoliberal: la mejor manera de sanar al enfermo es matarlo para que su hijo ocupe pronto su lugar en la fábrica.

Ahora que el enfermo es Estados Unidos la receta es muy distinta. No es país para corralitos. “Está muy bien decir ‘dejen que el sistema financiero siga, que consiga su equilibrio’ (…) pero cuando se enfrentan ataques especulativos, los precios se pulverizan y parece que las grandes corporaciones van a colapsar, es natural que el gobierno intervenga y diga ‘no podemos dejar que esto suceda”, argumenta ahora Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI. Y así, como lo más natural del mundo, el país donde supuestamente mejor funciona el mercado descubre que la mano incorrupta y milagrosa de Adam Smith, de tan invisible, ni está ni se la espera. “La intervención del Gobierno era esencial, dado el precario estado de los mercados”, explica George Bush, presidente de los Estados Socialistas de América.

Entre los 700.000 millones de dólares de este último empujón y lo que ya llevan gastado en los demás ‘rescates’, la factura ya ronda los dos billones de dólares; cerca del 15% del PIB anual estadounidense. Es probable que esta losa –un nuevo éxito para los libros de historia de la era neocon de Bush– agudice aún más otro proceso que ya está en marcha: la decadencia del imperio americano, el fin de la hegemonía unilateral de la que disfruta EEUU desde la caída del muro de Berlín. ¿Será también el fin del capitalismo tal y como lo conocemos? ¿Aprenderá el mundo de sus errores? ¿Nacerá de estas cenizas un nuevo modelo económico donde el libre mercado sea un método y no un fin? Por desgracia, la respuesta es no.

Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín. Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la gravedad regresa, ambos se van al suelo.

La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”, presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento, sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono (con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula, repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel. Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.

En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo- fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa desde 1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.

El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo. Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.

La globalización de la hambruna y el final de los “Objetivos del Milenio”.

 

La globalización de la hambruna y el final de los “Objetivos del Milenio”
26-04-2008
 
Se hizo público un informe del IAASTD, donde gobiernos y científicos del mundo aseguran que la actual y dramática escasez de alimentos conllevará a disturbios y guerras, y enfatiza la enorme importancia de la agricultura en pequeña escala como la única solución viable a la crisis. Es la primera vez que un reporte proveniente de organismos asociados con la ONU cuestiona a la famosa revolución verde.
 

Fuente: Ecoportal

Por Mirian Miranda 

El pasado 15 de abril concluyó en Johannesburgo, Sudáfrica, una reunión de gobiernos y científicos del mundo donde se hizo publico un informe del IAASTD (Panel de Evaluación Internacional del los Conocimientos, la Ciencia y la Tecnología en el desarrollo Agrícola) el cual señala la importancia de una radical y diferente forma de producción agrícola (1).

El director del ASTIAD, Robert Watson señaló que “el negocio como de costumbre, no es una opción” (Business as usual is not an option) (2), criticando fuertemente la visión mercantilista con que muchos gobiernos vienen confrontando la crisis alimentaría que se cierne sobre el planeta. El informe hace señalamientos como la actual y dramática escasez de alimentos conllevará a disturbios y guerras. Además es enfático en señalar la enorme importancia de la agricultura en pequeña escala, es la única solución viable a la crisis. Es la primera vez que un reporte proveniente de organismos asociados con la ONU cuestiona a la famosa revolución verde – basada en el uso intensivo de pesticidas y fertilizantes – y los organismos genéticamente modificados.

El informe fue aprobado por 55 países y por supuesto como es usual, los Estados Unidos, Canadá y Australia demostraron sus reservas sobre el informe, al mismo tiempo que algunos países de la OCDE rechazaron la posición asumida por la IAASTD sobre el grave problema de los subsidios agrícolas que aplican los países industrializados en perjuicio de las economías mas pobres.

En el último año se ha dado un incremento del 130% en el precio del trigo, 85 % en la soya y un 35% en el maíz. Las protestas se han dado a lo largo del planeta, en especial en Haití, Egipto, Costa marfil, Camerún (40 muertos), Mauritania, Mozambique, Senegal, Uzbekistan y Yemen.

Parece ser que el proceso de segmentación social promovido por el Banco Mundial y el FMI ha llegado a su límite. La formula de un primer mundo para la capa jerárquica y abandono subsahariano para el resto, ha perdido vigencia, y la bomba de tiempo se encuentra a punto de explotar. La formula gringa de “Business as usual” aplicada a la agricultura ha creado un infierno donde el hambre es el pan de cada día.

El encuentro fue auspiciado por Naciones Unidas y el Banco Mundial, es interesante ver al Banco preocupado por el incremento de los costos de los alimentos y la hambruna que se está presentando. Según la ecofeminista Vandana Shiva (3) el BM y el FMI son los culpables de la destrucción de los sistemas de agricultura tradicionales de los países pobres del planeta, los que fueron forzados a abandonar la producción de granos básicos, para depender de las exportaciones de flores y verduras “exóticas” (cash crops) y agrocombustibles hacia los mercados de los países industrializados.

Es de esperar que el cambio climático incrementará la crisis alimentaria. Mientras la hoja de ruta de kioto2 permanece en discusión y los países industrializados en ves de refrenar el uso indiscriminado de combustibles, incrementan la utilización de los denominados agrocombustibles, prosigue la vergonzosa aniquilación del planeta, sometido a un exceso incontrolable de utilización de energías no limpias.

Cuando Rober Watson, nos repite “más de lo mismo”, nos hace pensar como Monsanto persiste en comprar ministros y conciencias, para continuar en la desaforada y esquizofrénica meta de apoderarse de la cadena alimenticia. Los cuestionamientos planteados por el informe de la IAASTD, nos alerta ante la inminente catástrofe que los políticos y empresarios han diseñado en un mundo donde se antepone la ganancia al bien común.

Naciones Unidas ha venido vaticinando el fin de la pobreza en el marco de sus objetivos del milenio, ahora más que nunca ha quedado al descubierto la fragilidad del elefante rosado que con tanta pompa estuvieron promocionado; sin haber cuestionado en ningún momento las estructuras del sistema y la visión mercantilista que ha intensificado los abismos económicos. Como lo señaló Evo Morales ante el Foro Permanente sobre Cuestiones Indígenas de la ONU (21 de abril); en su discurso fue enfático en recalcar la necesidad de rescindir del modelo capitalista para poder salvar el planeta.

El retorno a una agricultura holística, basada en técnicas tradicionales y dirigida al consumo local, son los principios básicos que recomienda la IAASTD; en contraposición al modelo de agricultura colonialista que nos ha sido impuesto durante los últimos siglos. Falta ver si los gobiernos locales son capaces de detener la catástrofe diseñado por los “amos” del norte, y los organismos financieros logran reflexionar sobre el rol que han jugado y la responsabilidad moral como autores intelectuales de las hambrunas y erosión ambiental que estamos viviendo. www.ecoportal.net

La Ceiba 22 de abril de 2008

Referencias:

(1) Portal del IAASTIAD, donde se encuentra el informe. http://www.agassessment.org/

(2) Video del IAASTIAD http://www.youtube.com/watch?v=4OR1j94I9rA

(3) Video entrevista de Al Jazeera a Vandana Shivahttp://www.youtube.com/watch?v=6KfvYjZ5fyw&feature=related