Elogio de dos subversivos (Lorca y Pasolini)

ART. OPINIÓN

  • Miguel Naveros
  • MIGUEL NAVEROS

    18/08/2008

 

Hace un par de años, un profesor universitario amigo mío hizo una relectura de Pasolini y concluyó que la nueva sociología de nuestras ciudades (él vive en París) estaba ya anunciada desde hacía prácticamente medio siglo (e incluso más: ‘Le ceneri di Gramsci’ son del 53) por el escritor y cineasta italiano, que había visto perfectamente cómo la dicotomía social de burgueses y proletarios iba a acabar en la mucho más primaria de burgueses y jodidos. Cierto, como no es menos cierto que en la obra de Federico García Lorca se suceden las grandes inquietudes que, también medio siglo después, estarían en la base de la llamada revolución del 68.

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La mujer, las relaciones entre sexos, las minorías étnicas, el mestizaje en todas sus acepciones se van abriendo camino en la obra de García Lorca como anuncios de lo que va a venir décadas después con el 68, la asunción del concepto más elemental de la democracia, la libertad del individuo, definitiva frontera entre los librepensadores y quienes no lo son, porque la democracia no es sólo el respeto por el juego de mayorías y minorías, sino sobre todo el respeto por los derechos del individuo.
En ambas grandes referencias de la literatura europea del siglo XX hay algo en común, ese tono que aúna denuncia y entusiasmo, pero no como realismo social, sino como pagano empeño, síntesis de alguna manera del racionalismo centroeuropeo (la ideología como cuerpo doctrinal) con el fatalismo mediterráneo. Hay un mucho de comunión –comunión humana, no de sacristía– en esa inmersión de Lorca y de Pasolini en las entrañas de nuestra sociedad, de viaje por cuanto para bien y para mal nos lleva directamente a nuestro pasado y al pasado de nuestro pasado.
El gozo tiene dos posibles manifestaciones, la risa y el llanto, o la alegría y la tristeza, o el entusiasmo y la crítica, pero ni el conformismo ni la melancolía, y con esa y por esa actitud intelectual ahondan uno y otro (autores en tantas cosas consecutivos) lo más profundo del ser humano y de la historia. Y con esa y por esa actitud fueron, simplemente, unos subversivos.

Y elogio de Ian Gibson

No me cabe la menor duda de cualquier aspecto de la vida y la obra lorquiana iba a abrirse camino con el tiempo, pero tampoco de que sin Ian Gibson el proceso habría sido más largo y más caótico. Si no quedan ya grandes detalles de la vida de Lorca por definir (uno sí, y no pequeño, el de su fusilamiento: qué grados de personalismos por una parte y de provincianismo por otra se sumaron al de la pura mecánica fascista para que se tomase la decisión de asesinarlo), se debe a la labor ingente de este andaluz irlandés que dedicó buena parte de su carrera a rastrear la vida del poeta granadino.
Desde su deslumbrante “La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca” (la edición de Ruedo Ibérico es un libro de culto desde su misma publicación en 1971), el trabajo de Gibson ha ido desgranando la personalidad del poeta hasta presentarnos de él un completísimo cuadro al que bien poco habrá ya que añadir en lo puramente biográfico. Gibson, al que la estela de Lorca le ha hecho estudiar a otros personajes de la época (su biografía de Dalí me parece también inmensa), es, hoy por hoy, referente no sólo por su estudios lorquianos, sino también por su método y su trabajo mismos, por esa combinación de sagacidad y estajanovismo que caracteriza –que debería caracterizar– a cualquier investigador.

* Miguel Naveros es escritor

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72 veranos sin García Lorca.

 NOTIC. ANDALUCÍA

El Plural reconstruye el asesinato fascista del genial poeta granadino

MARINA MONTES/ EL PLURAL ANDALUCÍA

La tarde del 16 de agosto de 1936, apenas un mes después del alzamiento militar contra el gobierno legítimo de la República, un grupo de los sublevados tomó preso a Federico García Lorca. Desde ese momento, el destino del poeta se hace incierto. No se sabe el día exacto de su muerte, ni el lugar concreto en el que está enterrado. Lo único cierto es que lo asesinaron en Granada, “en su Granada”. El Plural rinde homenaje estos días al poeta con artículos de José Luis Casas y Miguel Naveros y entrevistas exclusivas, como las de Luis García Montero, Juan Antonio Bernier, e Ian Gibson.

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Federico García Lorca era, a mediados del año 1936, uno de los poetas más aclamados del momento a nivel mundial. La sensibilidad de sus escritos, la manera de transmitir el folclore andaluz sin caer en tópicos y su denuncia de las clases más desfavorecidas, lo hacían merecedor de los aplausos del gran público. Precisamente en ese momento, Lorca había decidido ir a México, país en el que Margarita Xirgu estaba representando, con un éxito atronador, su obra Bodas de sangre.

Temores
Sin embargo, antes del viaje trasatlántico, el poeta decidió acudir a Granada para ver a su familia, tal vez temeroso de no poder volver a respirar el aire de la vega granadina. Federico García Lorca sabía que sus comentarios no habían agradado a los opositores de la época, y llegó a escribir a Adolfo Salazar, crítico musical de la época, indicándole que borrase una respuesta en una entrevista que iba a publicarse en El Sol, “porque es un añadido y es una pregunta sobre el fascio y el comunismo que me parece indiscreta en este preciso momento”.

Los Rosales
El poeta parecía tener claro que su vida estaba en peligro y decidió no parar en su casa durante esos días, donde sería más fácil encontrarle. García Lorca acudió a la casa de su amigo, el poeta Luis Rosales, donde pensó que podría estar a salvo. No en vano, la familia Rosales era conocida por la militancia de sus miembros en Falange. Los dos escritores pensaron, erróneamente, que la vivienda de la familia sería un buen lugar para refugiarse en Granada.

Apresado
Sin embargo, los distintos grupos de los sublevados mostraban públicamente sus rencillas entre sí e intentaban ganar méritos propios, incluso a costa de humillar a los que supuestamente compartían causa en el levantamiento. Una muestra de ello es la situación vivida durante la detención de García Lorca: aunque los falangistas de la familia Rosales lo habían acogido antes de su huída a México, finalmente fue apresado por miembros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). En la tarde del 16 de agosto de 1936, el poeta salió de la casa de los Rosales acompañado por Miguel Rosales y Ramón Ruiz Alonso, miembro destacado de la CEDA en Granada. El poeta, que temblaba y reflejaba el miedo en su rostro, llevaba unos pantalones color gris oscuro, una camisa blanca con el nudo de la corbata suelto y una americana en el brazo.

Ruiz Alonso
Según las últimas investigaciones del historiador Ian Gibson, su delator fue Ramón Ruiz Alonso, miembro de Acción Popular, integrado en la CEDA. Ruiz Alonso era conocido por su odio hacia los miembros de los partidos de izquierdas. Diputado en Granada durante la época de los gobiernos republicanos de derechas, Ruiz Alonso intentó militar en Falange tras la pérdida de un escaño después de un supuesto fraude electoral en Granada. Llegó incluso a pedir ayuda a José Rosales, hermano de Luis Rosales. Ante la negativa de la Falange de aceptar sus condiciones, Ruiz Alonso quedó fuera de la asociación, con lo que su odio hacia ellos creció aún más. Cuando el militante de la CEDA descubrió que García Lorca estaba escondido en casa de los Rosales, no dudó en delatarlo y apresarlo.

Angustiosa espera
El propio Luis Rosales acudió al Gobierno Civil a reclamar la liberación del poeta. Ni siquiera las gestiones de Miguel y José Rosales, destacados falangistas granadinos, sirvieron para cambiar el destino de García Lorca. En la denuncia contra él, se le acusaba de homosexual, escritor subversivo, de estar en contacto con los rusos y de tener una radio clandestina en la Huerta de San Vicente. Ante esa denuncia, los Rosales no pudieron hacer nada. Las horas del poeta se agotaban inexorablemente.

Fusilamiento
Tras un par de días de intensa angustia, García Lorca fue esposado junto con un profesor de un pueblo granadino, Galindo González, y llevado fuera del Gobierno Civil junto con otros presos condenados a muerte. En el barranco de Víznar, García Lorca contempló por última vez el cielo granadino, mientras un pelotón de fusilamiento de la llamada “Escuadra Negra” acababa con la vida de todos los presos. “Mataron a Federico cuándo la luz asomaba”, relataría Machado años después en una elegía al poeta granadino.

Carta al padre
En medio de todos estos acontecimientos, el mismísimo Manuel de Falla intentó interceder por Federico García Lorca. Sin embargo, cuando logró llegar al edificio del Gobierno Civil ya era tarde. No obstante, la agonía para la familia no terminaría aquí: una vez muerto Lorca, hicieron llegar al padre una nota, manuscrita por el propio Federico, que decía: “Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas”. El padre pagó sin dudar la cantidad, pensando tal vez, que así salvaría la vida de su hijo. Estas, que tal vez fueran las últimas letras del poeta, acompañaron al padre hasta su muerte, nueve años después.

Criminal de guerra
Tres meses después del fin de la guerra, la familia logró inscribir la muerte del poeta en el Registro Civil. El certificado que se entregó recurre a un eufemismo muy habitual en el momento. El poeta, según el documento oficial, murió “a consecuencia de las heridas producidas por hechos de guerra”. Para la historia inmediata, García Lorca no murió asesinado, sino luchando en el frente.

Presentimientos
Es imposible saber qué pensó García Lorca en esos últimos momentos, pero leyendo su obra, casi podríamos pensar que intuía su trágico destino. Incluso el lugar de su muerte parecía estar predestinado en unos versos premonitorios del poeta: Mi corazón reposa frente a la fuente fría. Y es que se cree que el cuerpo de García Lorca aún yace enterrado en una fosa común en la Fuente de Aynadamar o Fuente de las Lágrimas. Un destino que, desgraciadamente, casa a la perfección con los dramas lorquianos.

* Marina Montes es redactora de El Plural Andalucía y coordinadora del especial sobre la muerte de Federico García Lorca.

mmontes@elplural.com