En 2001 ya advirtió sobre Madoff; ahora dice que hay muchos más cómo él.

  • Erin Arvedlund reveló en la revista Barron el oscuro mundo alrededor del estafador
  • La periodista nos recuerda su investigación y cómo la SEC no hizo nada
Por PAULA CARRIÓN (SOITU.ES)
Actualizado 18-12-2008 17:26 CET

Preguntó y lo contó. A Erin Arvedlund, de 38 años, le llevó cuatro meses, 100 contactos y una llamada de gracia descubrir la suciedad que escondía un tipo tan reputado y poco dado a exponerse al público como Bernard Madoff. El responsable de la estafa que ha conmocionado al mundo capitalista ya fue señalado en varias ocasiones antes de que estallara el escándalo por haber “robado” a los inversores de su fondo cerca de 50.000 millones de dólares (unos 37.500 millones de euros). La primera periodista en contarlo fue ella.

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Erin Arvedlund

“La avaricia de los inversores no se ha terminado”, comenta por teléfono desde Filadelfia. Mientras, saca de un rincón de su memoria cómo se desarrollaron los hechos en aquella primavera de 2001, cuando destapó algunos de los trapos sucios de un tal Madoff en un reportaje publicado en la revista Barron’s. Era la primera vez que se enfrentaba a la información de ‘hedge funds’ (fondos de alto riesgo) en esta revista para inversores del grupo Dow Jones. Abordó la nueva tarea a través de sus fuentes de siempre: los expertos del mercado de derivados. Y fue gracias a uno de ellos como un gestor contactó con ella: dudaba de las rentabilidades de los negocios de Madoff. Fue el primer aviso.

En su artículo titulado “Don’t Ask, Don’t Tell” (no preguntes, no lo cuentes), publicado el 7 de mayo de 2001, Arvedlund puso en duda todo el sistema de Madoff. Relató como duplicaba sus rentabilidades, algo que, según le habían contado “reputados gestores”, nadie había podido hacer antes y menos en aquel momento, en el que los mercados estaban en horas bajas. Ajeno a la crisis, el dinero parecía bañar la oficina que Madoff tenía en pleno centro financiero mundial. “Los inversores de Madoff están entusiasmados con su rentabilidad, a pesar de que ni siquiera entienden cómo la obtiene”, explicaba en su artículo.

Tenía 31 años entonces. Durante cuatro meses contactó con más de 100 personas e intentó, en vano, mantener un encuentro con Madoff. Era un hombre que renunciaba a comisiones altísimas (teniendo en cuenta la proporción de las rentabilidades que ofrecía, de hasta el 18%) y exigía a sus clientes mantener en secreto el hecho de que él gestionaba su dinero. ¿Qué ocurría? Mejor, “Don’t ask, don’t tell”.

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TANNEN MAURY (EFE)

Mary Schapiro, durante la rueda de prensa ofrecida en Chicago.

En el artículo no se hacía una referencia directa al fraude. Simplemente relató el secretismo extremo que rodeaba a la firma y cómo funcionaba la empresa que el propio Madoff había creado 41 años antes. Quedó en nada. Tras su publicación no obtuvo respuesta de la empresa ni del organismo regulador estadounidense (SEC, en sus siglas en inglés). ¿Cómo es posible que el órgano de vigilancia hacia el que todos los países desarrollados miran no iniciara una investigación? “La SEC recibe centenares de denuncias y no da abasto. La mía no fue la primera. En 1999 Mr. Markapolos ya lo denunció”. Levantó la primera bandera roja. Ni el artículo de Erin ni la carta al regulador del también gestor Harry Markapolos (en la que decía que Madoff es el mayor fraude de escala piramidal del mundo) consiguieron encender las luces de alarma del organismo.

Las que sí encendió Arvedlund fueron las del propio Madoff. “Nunca conseguí verlo en persona, sólo contacté con él por teléfono”. Fue una vez. Breve y conciso. Tranquilamente le dijo que no podía entrar en detalles. “Don’t ask, don’t tell”.

Arvedlund recuerda su decepción al ver que las autoridades no reaccionaban. Silencio absoluto. El rumor continuó pero se quedó en eso, sólo en rumor. Su relato no tuvo el efecto deseado, a diferencia del de The Boston Globe, que ganó un Pulitzer al destapar en 1921 la estafa de Carlo Ponzi (personaje que sirvió para dar nombre a los fraudes de tipo piramidal como el de Madoff).

¿El fin de una era?

“Wall Street está lleno de personas como Madoff”, reflexiona ahora. Arvedlund, que trabaja como periodista ‘freelance’, vive a caballo entre Filadelfia (donde su marido trabaja como abogado) y Nueva York, escenario principal del escándalo. Erin cree que el de Madoff no es el único caso de la codicia de los más ricos aunque confía que con la llegada del presidente electo de los Estados Unidos, Barack Obama, la cosa mejore. Con él, dice, espera que la SEC consiga el papel que ha de tener. ¿Qué hace falta? “Más empleados y, sobre todo, más dinero” contesta Erin en una segunda conversación telefónica. En esta ocasión está en Nueva York. Hoy Obama ha dado el primer paso: nombrará a Mary Schapiro nueva presidenta de la SEC.

La periodista, que también ha trabajado para The New York Times y The Wall Street Journal y ha colaborado con Slate, acaba de relatar en Portfolio cuál fue su experiencia entonces. Dice sentirse contenta ahora que ve que todo ha quedado al descubierto. Siente pena, sin embargo, por aquellos que han perdido su dinero, “sobre todo por la gente mayor”. Aparta cualquier duda sobre el por qué no siguió investigando. “No recibí ningún tipo de amenazas”. Simplemente no siguió.

A muchas de las preguntas contesta con un simple “no lo sé”, sobre todo a aquellas relativas a la investigación en curso. No quiere aventurarse a juzgar si Madoff tuvo o no influencias en la SEC o si él mandó que sus hijos le denunciaran para evitar males mayores. El mundo de los ‘hedge funds’ le sigue apasionando. “Los 2 billones de fondos que había en 2007 van a ir reduciéndose. Muchos desaparecerán, otros se concentrarán”, explica.

Uno de los hombres más ricos del planeta, Warren Buffet, ya lo avisó: “cuando la marea baja, se sabe quien nada desnudo y quien trae traje de baño”. “Don’t ask, don’t tell”.

Para saber más

  • Lee el reportaje de Erin Arvedlund en la revista Barron (2001) (en ingles).
  • El artículo en el que la periodista cuenta en Portfolio cómo investigó a Madoff (en inglés).
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