Motivos para ser feliz…las pequeñas cosas de la vida.

4 de Octubre de 1950. Mi madre me la contaba una y otra vez cuando era niño y cuando era mayor; seguramente para que recordara la precariedad de una postguerra cruel, pobre y con ambre por doquier. Las restricciones de la energía electrica crearon el climax de mi nacimiento aquel dia frio, como los de octubre de antes, en plena noche y con el quinqué de petróleo sobre el armario ropero de las habitación de mis padres. El doctor Escamilla y la “tía Pepeta” la mujer que trajo al mundo a toda una generación del pueblo en el que naci y en el que sigo viviendo hicieron un buen trabajo en aquellas precarias condiciones. Fuí el primero de los cuatro hermanos a los que quiero con toda mi alma y todos nacieron el la misma cama domestica y sencilla de la que mi madre me enseñaba las sabanas blanquisimas que ponía para parir y el cobertor tojo granate que bordó de manera primorosa en la escuela de costura de las monjas del pueblo manchego al que fué a parar con mis abuelos depues de acabada la Guerra Civil. Recuerdos de cosas pequeñas, cotidianas y cercanas que me hacen ser feliz en este día que cumplo 58 años en este mundo que continua siendo injusto y hostil al que le hace falta algo más que una mano de pintura.

Presente compartido con mi familia, la que nació un calurosisimo día de julio de hace ya veinticinco años en una boda sin traje blanco ni perifollos y con un convite nupcial en la terraza de la casa familiar rodeados de la gente que realmente queriamos. Tiempos de lucha y esperanza y de ilusión por construir un futuro que se alimentó del compromiso social de mi compañera y de mi desapego por las cuestiones que tenian que ver con el miedo o el silencio. Los dos hijos que nacieron en un mundo alborozado por la libertad recien estrenada y que creo que se han contagiado de aquel ambiente cordial, amigable y abierto en el que vieron la luz y en el que se criaron con todo nuestro cariño y el de la “mare Sunsi” la mujer más bondadosa que nunca haya conocido y que nos permitió lo que hoy se llama conciliar la vida laboral, política y familiar llenando de ternura la vida de los dos pequeños. Todavía recuerdo sus ojos la noche del 23 de Febrero, sorprendidos por tanta llamada telefónica amenazante que dibujaba la preocupación en las caras de los mayores.Hoy, cuando cumplo 58 años, pienso en la madurez de su caracter y en su correcto amueblamiento mental porque para nada les ha afectado todas las malas historias que habran tenido que vivir por mis responsabilidades políticas. Su emancipación fué temprana, como debe ser en el camino para convertirse en personas independientes, maduras y adultas. Nos separan muchos kilometros pero su presencia es algo inmanente, tangible y real en la vida cotidiana que seguimos compartiendo, con mas achaques que aquel calurosisimo día de julio, veinticinco años despues. Cariño, dialogo, comprensión, educación, respeto y bastante humor han contribuido a salvar malos momentos; especialmente la muerte de los padres de Herminia y mis padres. Todos han muerto en las mismas camas en las que nacimos todos; con tranquilidad, en casa, con los suyos, pero con luz y cuidados paliativos. No estabamos en la postguerra. Cosas cotidianas. Cosas vividas con intensidad. Cosas compartidas. Cosas que nos permiten ser felices.

Hoy, en el trabajo, un compañero me ha recordado que la naturaleza nos ha puesto los ojos bajo de la frente y no en el cogote para que miremos al frente y al futuro y no lo hagamos dirctamente hacia el pasado. Y es cierto porque el pasado se recuerda y el futuro se ve. Ojala la misma naturaleza nos conceda muchos años de vida para que no solo veamos el futuro, sino para que sigamos trabajando desde el compromiso con la paz, la justicia y la solidaridad en la construcción de una sociedad de personas iguales, de un sistema político justo y libre, de una conciencia cívica respetuosa con el entorno y de un mundo en paz.

Por la ventana de mi despacho en el que escribo este post entra la música de las fiestas de la calle de San Francisco que tiran fuerte de la alegria para hacerla presente en un mundo desigual victima de los movimientos del capital especulativo y la injusticia. La calle de mi pueblo no es Wall Street, pero seguro que hay mas felicidad por metro cuadrado que en la gran manzana financiera; un sentimiento que quiero compartir con los vecinos desde detras de las cortinas de loneta blanca, regalando a todos los bellos acordes del My Sweet Lord en el homenage a George Harrison; un motivo mas para ser feliz, una bellisima canción que, para mí, evoca toda una vida.

Vicent Vercher Garrigós

L’Alcúdia de Crespins a 4 de octubre de 2008.

P.S. Cuando acabo de escribir este post veo el marcador de esta bitacora; 400.854 entradas. Tantos otros clics que han hecho visible la información que día a día cuelgo en este espacio digital que solo quiere contribuir a democratizar el conocimiento y crear un espacio para la libertad y la convivencia. Gracias a todos los que habeis entrado a visitarme porque esto, tambien es un mitivo de felicidad.

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