Volvo Ocean, a puto remo.

E. CERDÁN TATO 20/09/2008

Llegaron las infantas y amadrinaron dos barcos que darán la vuelta al mundo, y posiblemente, de paso, ojearon las fastuosas obras del puerto impulsadas a todo trapo y a toda pasta, y que se inauguraron precisamente anoche. Pena que las infantas no ojearan la desolación de la ciudad: desde el centro mismo, hasta los barrios y los barracones de los colegios públicos, donde los escolares se las pelan, año tras año. Llegaron las infantas, con el alcalde dimitido, pero nadie les dijo lo que se dice siempre tan empalagosa como solemnemente: Alicante es una ciudad abierta, porque después de Díaz Alperi, Alicante es una ciudad abierta en canal. Tampoco se les dijo lo que escribió un grafitero, con letras historiadas de derribos, de guirnaldas de especulaciones y favores, y solares de confitura: Si donde pisa el caballo de Atila no crece la hierba, donde pisa el alcalde Díaz Alperi no crece la ciudad. Pero ahora y por primera vez en su historia, Alicante tiene una alcaldesa y todo anda en suposiciones y revolicas: desde la oposición municipal socialista, hasta partidos políticos, sindicatos, plataformas ciudadanas, y vecinos. La alcaldesa Sonia Castedo después de sentenciar que “gobernar es dialogar”, acudió al convento de las capuchinas, donde el PP hace de la plegaria treta electoral, y le llevó flores al cuerpo incorrupto de una monja. De salida, la nueva alcaldesa y algunos de sus fieles nos dejan una estampa con toda la ranciedad del nacionalcatolicismo. Pero la nueva alcaldesa conoce el arte del regate, y ha elogiado al Gobierno de España, por los millones de euros que ha invertido en las obras del puerto, y las desgravaciones fiscales que ha concedido a los patrocinadores de la Volvo, elogio, en fin, que ha sosegado los ánimos del PSOE y de la subdelegada del gobierno, Encarna Llinares. Sonia Castedo es hábil y descubre así, en el envés del halago, unas inversiones que junto a las de la Generalitat, deberían haberse destinado a obras sociales, a regenerar el tejido industrial, tan deteriorado, o a otras urgencias, de una ciudadanía que, a lo que se ve, cuenta poco o nada.

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Con la Volvo Ocean Race, Alicante se incorpora a ese turbio mapa de clamorosos y memorables eventos, con los que Camps ensombrece y arrincona los despojos míticos de Zaplana, y levanta una comunidad de ficciones, de espejismos y de apariencias, y así nos va. La Copa del América y la Fórmula 1 fueron tan efímeros, como inútiles: un despilfarro de los dineros de todos los valencianos, una fugaz diversión para enjoyar la testera de Camps. La Volvo no mejorará la calidad de vida, ni el medio ambiente, ni los servicios más necesarios de esta ciudad. Puede que beneficie, por unos días, a los hoteleros, pero, como ha declarado a este diario, el presidente de los mismos: “A partir del 12 de octubre volveremos a la más triste realidad”. Una realidad que se impone a las pretenciosas cifras que abanderan este nuevo evento. Cuando las temerarias embarcaciones desplieguen sus velas y zarpen hacia el fin de los mares, nosotros seguiremos a puto remo y a puro grito. Pero a tanta paciencia ya hay que darle aire: sólo es un disfraz de la resignación.

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