Fiesta a costa del contribuyente.

A. TUDELA/F. SAIZ/ A. ESTRADA – Madrid – 19/09/2008 10:02
Las bolsas mundiales celebraron este viernes una fiesta histórica. El Gobierno de Estados Unidos, si así lo aprueba el Congreso, va a forjar un cuchillo de oro para cortar y comerse el trozo podrido de su economía que está enfermando al mundo entero: las pérdidas de las entidades financieras derivadas de la crisis de las hipotecas basura.

“Cientos de miles de millones de dólares” va a emplear la Administración Bush en la herramienta para acabar con la crisis, dijo ayer el secretario de Estado del Tesoro, Henry Paulson, hablando de un capital que sale directo del bolsillo del contribuyente de su país.

Para mantener la liquidez necesaria mientras se aprueban las nuevas medidas, la Reserva Federal estadounidense (Fed) inyectó ayer otros 20.000 millones de dólares al sistema. Su homólogo europeo, el BCE, efectuó una inyección de 40.000 millones de dólares. Además, para completar el paquete, el regulador bursátil de EEUU (la SEC) prohibió operaciones especulativas a corto plazo.

Inyección pública 

Las noticias sacaron de debajo del colchón buena parte del dinero que se había esfumado de los parqués junto con la confianza en el sistema.

Los índices europeos iniciaron ya desde por la mañana la orgía de compras sin freno. Por la tarde, cuando Wall Street se sumó a la fiesta con nuevas subidas que sumar a las del jueves (totalizando subidas desconocidas desde la crisis de 1929), se encontró a los europeos tan embriagados que la fiesta terminó en catarsis. Ni el índice RTS ruso se lo quiso perder y, tras dos sesiones teniendo que ser suspendido, subió un 22,39% en el día.

Entusiasmados como becarios, los bancos llevaron la voz cantante. Cómo no, si el alud de millones cae directo sobre sus arriesgados balances. Especialmente alegre se mostró UBS, una de las más castigadas por las hipotecas basura, que subió un 32%.

Morgan Stanley, que gana tiempo para buscar un aliado con quien fusionarse, subió un 20%, lo mismo que Goldman Sachs. Washington Mutual, por su parte, alentado por las noticias sobre candidatos a comprarlo, entre los que podría encontrarse el español Santander, subió un 42%.

El Ibex 35 español cerró con una subida del 8,71%, la mayor de su historia. No se vivía nada igual en la Bolsa de Madrid desde noviembre de 1987, cuando los valores rebotaron después de estrellarse contra otro duro suelo, el crash iniciado con el lunes negro.

EEUU, una vez más, ha decidido cuándo es viernes y empieza la fiesta. Coincidió que era viernes y la alegría logró borrar las pérdidas de la semana. Esa semana ya histórica en que dejó quebrar Lehman Brothers antes de nacionalizar las pérdidas de todos los demás bancos.

 

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La semana en la que el capitalismo tampoco cambiará.

En estos días extraños en los que la patronal pide un paréntesis en el libre mercado, George Bush nacionaliza las pérdidas de la banca y el Gobierno comunista chino puja por comprar el único gran banco de inversión que aún no ha quebrado, ¿alguien sabe en qué cueva se esconde el Fondo Monetario Internacional (FMI)? En Corea del Sur se acuerdan mucho de él. Hace una década, durante la crisis de los tigres asiáticos, a finales de los 90, el FMI puso una condición innegociable para rescatar al país del terremoto financiero: que el gobierno no ayudase a los bancos y demás empresas al borde de la bancarrota. Decían los apóstoles del FMI que era mejor para la economía que esas compañías quebrasen porque así el ‘ajuste’ –ese eufemismo– sería mucho más rápido. Medicina neoliberal: la mejor manera de sanar al enfermo es matarlo para que su hijo ocupe pronto su lugar en la fábrica.

Ahora que el enfermo es Estados Unidos la receta es muy distinta. No es país para corralitos. “Está muy bien decir ‘dejen que el sistema financiero siga, que consiga su equilibrio’ (…) pero cuando se enfrentan ataques especulativos, los precios se pulverizan y parece que las grandes corporaciones van a colapsar, es natural que el gobierno intervenga y diga ‘no podemos dejar que esto suceda”, argumenta ahora Raghuram Rajan, ex economista jefe del FMI. Y así, como lo más natural del mundo, el país donde supuestamente mejor funciona el mercado descubre que la mano incorrupta y milagrosa de Adam Smith, de tan invisible, ni está ni se la espera. “La intervención del Gobierno era esencial, dado el precario estado de los mercados”, explica George Bush, presidente de los Estados Socialistas de América.

Entre los 700.000 millones de dólares de este último empujón y lo que ya llevan gastado en los demás ‘rescates’, la factura ya ronda los dos billones de dólares; cerca del 15% del PIB anual estadounidense. Es probable que esta losa –un nuevo éxito para los libros de historia de la era neocon de Bush– agudice aún más otro proceso que ya está en marcha: la decadencia del imperio americano, el fin de la hegemonía unilateral de la que disfruta EEUU desde la caída del muro de Berlín. ¿Será también el fin del capitalismo tal y como lo conocemos? ¿Aprenderá el mundo de sus errores? ¿Nacerá de estas cenizas un nuevo modelo económico donde el libre mercado sea un método y no un fin? Por desgracia, la respuesta es no.

Hay una viñeta de Tintín que describe muy bien qué ha sucedido en los mercados financieros durante los últimos años. Es uno de los gags de “Aterrizaje en la Luna”. Tintín avisa a la tripulación, que flota ingrávida, de que en pocos segundos el cohete entrará dentro del campo de gravedad de la Tierra. “Sujetaos a algo”, grita Tintín. Y los inefables detectives Hernández y Fernández obedecen. Hernández se agarra a Fernández. Fernández se aferra a Hernández. Y, cuando la gravedad regresa, ambos se van al suelo.

La explosión de la burbuja inmobiliaria ha recordado al mercado la manzana de Newton: que lo que sube tiene que bajar. “Hemos llevado al capitalismo a su perfección, hemos acabado con el riesgo”, presumía hace unos años un bróker de la City londinense. El invento, sobre el papel, parecía bueno. El riesgo también se puede vender, y sobre eso se desarrolló el capitalismo abstracto sobre el que se levantaba el castillo de naipes que ahora se ha desmoronado. Doy hipotecas a los que no las pueden pagar, al tiempo que emito un bono (con una rentabilidad menor que el tipo de interés que cobro al hipotecado) que me permita recuperar el dinero lo antes posible y así volverlo a prestar otra vez. Esos bonos de cobro dudoso, los de las hipotecas de los pobres, quedan en teoría compensados por otros más seguros, los de las hipotecas de la clase media. Se mezcla el chóped con el jamón y así el riesgo desaparece; la banca siempre gana y los pisos nunca bajan de precio. Con esa misma fórmula, repetida mil veces, el riesgo se coló en la máquina y ascendió más y más hasta el corazón de las finanzas. Por el camino, una serie de vigilantes privados a sueldo del vigilado (que alguien pruebe ese mismo método en las cárceles, a ver qué tal) certifican que el enfermo goza de buena salud. Todo va bien mientras gira el carrusel. Todo va bien hasta que vuelve la ley de la gravedad –los hipotecados dejan de pagar, primero los pobres pero después también la clase media– y la banca se estrella contra el suelo mientras se pregunta qué paso, si no había riesgo posible. Si AIG Hernández sujetaba a Lehman Brothers Fernández. Y viceversa.

En realidad, ni siquiera es un invento nuevo. Ya pasó otra vez hace poco más de 20 años, en el crash de 1987. En aquella ocasión, los bonos basura –que era como se llamaba a esos bonos de alto riesgo- fueron también una de las causas que llevaron a Wall Street a su lunes negro, el 19 de octubre de 1987: la mayor caída de la bolsa desde 1929. En aquel momento, igual que ahora, se habló de nuevos controles más estrictos para evitar los excesos del capitalismo abstracto. Entonces, igual que ahora, se decía que el mercado había aprendido la lección, que el crash serviría de vacuna para la siguiente fiebre. Es obvio decir que de poco valió.

El capitalismo no es malo, lo han dibujado así. Es el peor sistema económico posible, a excepción de todos los demás. Sí, el mercado libre es la fuerza más poderosa de la galaxia, la búsqueda egoísta de la rentabilidad mueve el mundo, para lo bueno y para lo malo. Pero su voracidad es tan grande que siempre encuentra el camino para sortear –o desmantelar, a través de esa subespecie del poder económico llamada poder político– las regulaciones con las que sus víctimas intentan defenderse de sus excesos. Cada dos o tres décadas, más o menos, el mercado se olvida de que también es mortal, el cielo financiero se desploma sobre nuestras cabezas y hay que ceder al chantaje y pagar con los impuestos los errores de los bancos porque la alternativa es aún peor. Cada dos o tres décadas, la intervención del Estado demuestra ser la única vacuna para salvar al capitalismo de su avaricia caníbal. Cada dos o tres décadas, el libre mercado recuerda, por las malas, que hasta los deportes más agresivos necesitan un árbitro. Y entonces todo cambia para que todo siga igual.

La derecha ultraliberal tilda de “ignorantes” a quienes achacan la crisis a la burbuja neocon.

 POLÍTICA

Libertad Digital evita valorar las intervenciones masivas en entidades de EEUU

ANDRÉS VILLENA OLIVER

Cuando vienen mal dadas, evasivas y descalificaciones. Esto es lo que se puede deducir de la lectura del último editorial de Libertad Digital, “El culpable de la crisis es el intervencionismo”, previsible respuesta a las no menos esperadas críticas que la crisis financiera está deparando, con reflexiones sobre la manifiesta falibilidad de la economía de mercado, tan venerada desde el denominado “fin de la Historia”. A los pensadores del “liberalismo” más extremo parecen haberles molestado las opiniones de políticos como el ex presidente Felipe González, periodistas como Iñaki Gabilondo, a las que se han sumado el director de El Plural, Enric Sopena, así como colaboradores de este diario como Carlos Carnicero o el profesor Juan Torres.

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Las últimas fechas vienen estando plagadas de reflexiones de influyentes políticos, periodistas y economistas, no precisamente todos relacionados con la izquierda. Las alertas por la situación actual han venido decretadas por brillantes economistas como Paul Krugman, pero también por otros más conservadores como los premios Nobel Joseph Stiglitz y Paul Samuelson, así como por parte del multimillonario especulador mundial George Soros. La mayoría de ellos viene a sugerir que el caos financiero creado es una consecuencia clara de lo que podríamos denominar una ahora decadente burbuja neocon.

Felipe González
Pero más influencia sobre la opinión pública española ha tenido la reflexión de Felipe González en el diario El País del pasado miércoles, en la que llegaba a una ilustrativa y dramática conclusión: “El capitalismo se mira en su espejo y se ve feo y fuera de control”. González subrayó que había sido precisamente en la cuna del neoconservadurismo donde se estaban produciendo las primeras intervenciones y que los inquietantes fenómenos actuales bien podrían interpretarse como la consecuencia de la deriva de un capitalismo preocupantemente hegemónico tras la caída del Muro de Berlín.

Más contundentes, aún
Más contundente aún se ha mostrado el periodista Iñaki Gabilondo, que esta semana afirmaba que “el modelo económico vigente se está desplomando como se desplomó el comunismo en 1989”. Los fenómenos actuales serían algo así como “los pedruscos derribados del muro de Berlín liberal”. Por su parte, el director de El Plural, Enric Sopena, expresaba la inquietud que provoca un sistema aparentemente sin control: en “¿Quién controla el capitalismo?”, Sopena definía los actuales fenómenos como “delirios neoliberales”, en parte, consecuencias del “fin de la historia” decretado unilateralmente y aprovechado por muchos tras el hundimiento del bloque soviético.

Reflexionar, una “ignorancia económica”
Por su parte, la intervención y nacionalización poco encubierta de bancos e inmobiliarias llevadas a cabo por el Gobierno estadounidense, en teoría, el más liberal del mundo, y, frente a la petición del presidente de la patronal de los empresarios, Gerardo Díaz Ferrán, de hacer “un paréntesis en la economía de mercado”, la web presidida por Federico Jiménez Losantos ha salido a defenderse de lo que considera poco menos que una crítica “progre”. Reflexionar sobre la falibilidad del mercado -un hecho estudiado por conocidísimos hacendistas cuyos libros de texto se pueden encontrar en cualquier facultad de Economía- sería una muestra de “ignorancia económica”, “sectarismo” y, en definitiva “una mentira”.

“Anteojeras ideológicas”
Frente a esta descalificación, el digital expone su explicación alternativa: más nos valdría plantearnos si la parte de la economía que ha provocado la actual crisis es la intervenida por los Estados: “Cualquier persona que no mire la realidad con anteojeras ideológicas debería preguntarse si los actuales problemas son debidos a la parte libre que queda en el sector o a la intervenida”. Y precisamente serían los Bancos Centrales los que, con su control sobre el precio del dinero, estarían teniendo una influencia decisiva sobre el desenlace de la crisis financiera, reflexionan estos expertos.

Los empresarios son empresarios
Nada o poco que decir ante la petición de intervención pública por la falta de liquidez de entidades privadas. Para Libertad Digital, “a ningún liberal” le puede “extrañar” esto: “Un empresario como Díaz Ferrán no tiene mayor interés en el liberalismo que en el socialismo. Lo que quiere es ganar dinero, y si la intervención del Estado se lo va a poner en bandeja, ¿para qué va a defender el libre mercado?”.

¿Anarquistas de derechas?
Estos nuevos liberales, por tanto, no estarían abogando -según siempre parecía haber quedado en evidencia- “por la bondad de los empresarios ni por su infalibilidad, sino por un sistema en el que existan las condiciones para que los esfuerzos de los emprendedores reviertan en el interés general”. Todo un manifiesto utópico ante las actuales dificultades: ¿un anarquismo de derechas? Los extremos son siempre desaconsejables.

avillena@elplural.com