¿A que quien deseaba Aznar como sucesor era Zapatero y no Rajoy?

POLÍTICA

Hacía meses que en Moncloa no recibían un regalo tan espléndido como el enviado por el ex presidente

A Mariano Rajoy, de pronto, se le cayó el puro de su mano y su cara se puso lívida. Creía haberlo olvidado para siempre, creía haberlo perdido de vista, y ahí de nuevo apareció él, su padrino, dejándolo una vez más en el mayor de los ridículos. La reaparición de José María Aznar significa poner más palos en las ruedas del nuevo PP, mientras el Congreso de Valencia sólo parece el sueño de una apacible noche de verano.

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“El PNV no quiere la derrota de ETA, quiere la derrota de España”, ha tronado Aznar. Y, mientras, Antonio Basagoiti no sabe aún hacia dónde mirar. El recién designado líder popular en Euskadi se las prometía muy felices y pensaba que el PP vasco podría alcanzar acuerdos y consensos con los nacionalistas para así ir incrementando su influencia electoral –que anda por los suelos- en una Comunidad tan compleja y complicada. Había que ir abriendo a Rajoy las puertas de la Moncloa -barruntaba Basagoiti-, gracias a los nacionalismos moderados de Euskadi y de Cataluña. El acceso a ministro no resulta fácil y Basagoiti ya no es un jovencito.

La fiesta, aguada
Pero llegó Aznar y le ha aguado la fiesta. Desdichado Basagoiti, que invitó a Aznar -en las elecciones municipales de 2003- a formar parte de la candidatura popular al Ayuntamiento de Bilbao, que él encabezaba. Un gesto simbólico. Basagoiti siempre ha tendido a la prudencia y a nadar entre dos aguas. En la actualidad, venía combinando sus escarceos amorosos con el PNV –conforme a la doctrina Rajoy- con presencias de más de un minuto en un diario digital de orientación cavernaria.

Basagoiti, mudo
Basagoiti se ha quedado súbitamente mudo y sus colaboradores han intentado salir del paso repitiendo una frase fundamentalmente estólida: “Aznar siempre ha ido por su cuenta, a título personal”. Pero todo esto no es una cuestión personal, sino política. Aznar ha sido el padre del PP moderno y ha sido el único político de la derecha/derecha –aunque también jugara él a la engañifa del trenecito que viaja al centro- que ha sido elegido democráticamente por dos veces consecutivas. La segunda, por mayoría absoluta. Sin Aznar, este PP tan potente y tan disciplinado –donde hay sitio, y muy cómodo, para la extrema derecha sociológica- probablemente no existiría.

Amnésicos voluntarios
Aznar ha recordado a los amnésicos [muchos de ellos amnésicos voluntarios] las verdades del barquero. Naturalmente se trata de las verdades de un barquero experto en el trayecto fluvial entre la sede de FAES y Génova 13. Cuando los marianistas procuran pasar de puntillas sobre la guerra de Irak, Aznar en cambio levita declarando que no se arrepentirá jamás de la foto de las Azores.

Siniestra aventura bélica
Pero aquella siniestra aventura bélica –que provocó un espectacular rechazo en la opinión pública, sin precedentes- no la llevó a cabo, “por su cuenta”, Aznar. Le respaldó masivamente -sin rechistar- la cúpula de su partido, el grupo parlamentario en el Congreso de los Diputados y el Gobierno que él presidía. Hubo escasísimas voces discrepantes. Hasta Alberto Ruiz Gallardón cerró filas con Aznar y se puso en primer tiempo de saludo. ¿Qué hizo Rajoy? Lo mismo, como casi todos ellos. Sólo hubo algunos escasos murmullos de repulsa. Y es verdad que nunca un presidente del Gobierno de España había llegado internacionalmente tan arriba.

Como Napoleón
Llegó Aznar a la cima y sus conmilitones pensaban que España iba a contar, por fin, con su propio Napoleón, naturalmente adaptado a las lógicas del siglo XXI. Lo que no estaban dispuestos a admitir es que esa cumbre tan alta era la de la ignominia, la del neocolonialismo y la de cientos de miles de muertos y heridos. A esa cumbre de la infamia se subió –más contento que unas pascuas- Aznar. Pero hay que decir que sus amigos y tiralevitas aplaudían con las orejas y se llenaban la boca diciendo que esa invasión maldita era para llevar la libertad a Irak y para salvarla de un dictador cruel. Mentían, pero les era igual ocho que ochenta. Estaban a punto –imaginaban- de consolidar el poder y de tocar la gloria con la punta de los dedos.

Barullo e intranquilidad
La irrupción de Aznar –desmarcándose de los criterios y de los modos y maneras de su sucesor- ha devuelto el barullo y la intranquilidad a los populares. A Rajoy, su antecesor –aquel que lo nombrara a dedo- lo ha desautorizado sin contemplaciones. El huracán aznarista se ha llevado por delante las bellas teorías de la moderación, el centrismo y el buen rollo con los nacionalistas estilo CiU, PNV o BNG. Y ha proyectado en el escenario -sin complejos y de forma ostensible- la foto de las Azores. Hacía meses que Zapatero, o en Moncloa, no recibía ningún regalo tan espléndido y, por lo demás, tan útil. En ocasiones da la impresión de que, en realidad, a quien deseaba Aznar como sucesor no era Rajoy, sino Zapatero.

Enric Sopena es director de El Plural.

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