Un recuerdo emocionado en el centenario del nacimiento de Salvador Allende.

En el centenario de Allende

 

 

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VICENT GARCÉS

La palabra y obra de Salvador Allende son testimonio de décadas de vida colectiva del pueblo de Chile. Sus raíces y su proyección trascienden los límites temporales del ciclo vital de su persona.
La sociedad chilena hereda del siglo XIX una constante que pervive en las generaciones del actual: la voluntad de construir un Estado nacional. En el competitivo y depredador sistema económico mundial donde Chile ha estado siempre integrado, el Estado independiente era a un pueblo lo que la empresa a la unidad productiva o comercial: un instrumento de organización, acción, protección.
En la realidad interna del Chile en que nació Salvador Allende -1908-, era cuestión abierta hasta qué punto el Estado estaba dotado de medios para cumplir funciones equivalentes a aquellas de que se dotaron otros pueblos.
Uno de los objetivos básicos que ni en las más adversas circunstancias abandonó Allende, fue el construir, reconstruir, volver a construir, una y otra vez, la coalición social, de partidos, sindicatos y movimientos cívicos independientes.
Con adaptaciones a las circunstancias de coyunturas distintas, esa convergencia es una constante suya en la década de los cuarenta -en 1943, desde la dirección del Partido Socialista estudiaba las posibilidades del Partido Nuevo propuesto por el Partido Comunista tras la disolución de la III Internacional-, en la de los años cincuenta y sesenta -en disidencia con los socialistas que respaldarían la candidatura del general Ibáñez del Campo en 1952, en las coaliciones del FRAP en 1958 y 1964-, en la de Unidad Popular de 1970, en su poco escuchada propuesta de Partido Federado de Unidad Popular promovida desde la Presidencia de la República, en 1972 y 1973.
Para Allende, la independencia económica era vista como asociada a la «recuperación de nuestras fuentes de materias primas para el Estado (…) sólo así se podrá conquistar nuestra segunda independencia, la independencia económica», «el control del Estado sobre las industrias fundamentales siendo el medio para el desarrollo industrial de nuestros países y para la liberación económica de los pueblos de América Latina».
Allende es ante todo un humanista. Podría haber hecho suyo el clásico postulado de Plauto: «Nada humano me es ajeno». Su sensibilidad ante el sufrimiento, la desigualdad, la explotación, individual y colectiva, en su patria o en otro país, orienta sus opciones teóricas, su formación, su compromiso en la acción, su generosidad. Si la democracia es una práctica, al socialismo lo entiende como desarrollo de las libertades políticas hacia las económicas y sociales. El poder por el poder no le interesa, desprecia a quienes buscan en los cargos públicos el medro personal. Los administradores del Estado deben ser servidores de la sociedad, el acceso del pueblo a la dirección de los resortes estatales debiera liberar capacidades nacionales reprimidas, crear recursos orientados a satisfacer las necesidades básicas de toda la población.
La conciencia de ausencia de la non-nata unidad de los pueblos y Estados de América Latina es una constante mayor en Allende quien señala que «la América nuestra debe sentir la necesidad de su unidad, y la América popular la necesita sobre la base de una soberanía continental y dentro del ejercicio de una auténtica democracia y de una auténtica libertad (…). El Partido Socialista afirma la personalidad propia y definida que debe tener la revolución latinoamericana (…), cuyo objeto esencial es la unión económica y política de Latinoamérica en los marcos de una democracia de trabajadores organizados».
En Chile, durante el período de gobierno del presidente Allende 1970-73, alcanza su mayor nivel la integración-participación de todos los sectores sociales en el Estado representativo. A la mayoría social -asalariados, pobladores urbanos y campesinado- se les reconoce en la práctica el estatus de ciudadanos plenos, con acceso real a educación, sanidad, trabajo, vivienda, al excedente económico y a las instancias últimas de decisión política. De que el Estado democrático lograra controlar los recursos básicos dependía que generar y dispusiera de capital propio para financiar, además, a sus Fuerzas Armadas, posibilitando así que éstas se identificaran con la identidad y suerte de su comunidad nacional y no con las de la potencia imperial a cuyo interés último se subordinan quienes de su asistencia dependen. En su testimonio póstumo, el asesinado comandante en jefe del Ejército de Chile entre octubre de 1970 y agosto de 1973, general Carlos Prats, concluía: «Cuando se escriban serenamente las páginas de la Historia de Chile de los últimos 40 años (…) el gobierno que en dicho lapso tuvo una concepción más nítida de la seguridad nacional y demostró con hechos el mayor interés por los problemas de la Defensa Nacional, fue, justamente el Gobierno de Allende (…). Lo evidente es que el único Presidente de Chile que en 40 años abrió un camino de coherencia a los intereses de la seguridad nacional fue Salvador Allende (…) compartió e hizo suya la nueva concepción de ´soberanía geoeconómica´ (…)».
La vida de Salvador Allende ocupa un lugar preclaro, de singular relieve. Nunca se resignó al papel asignado por los poderes a su nación, y por ello con sus compatriotas buscó y abrió nuevas vías. Su hacer se incorporó a la conciencia colectiva de su pueblo, y de muchos otros.

* Diputado al Parlamento Europeo

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