Aznar se ha convertido en una burda caricatura de sí mismo.

@Federico Quevedo – 22/06/2008

José María Aznar llegó a Valencia el viernes a las dos de la tarde. Lo hizo a bordo de un jet privado, propiedad de un rico empresario guatemalteco, y acompañado de amigos mexicanos –ricos también-, que aterrizó en el aeropuerto de Manises a esa hora. Curiosamente, no sería hasta las cinco y media de la tarde cuando el presidente hacía su entrada triunfal, atusándose su larga melena, en el recinto de la Feria de Muestras de Valencia donde se celebra el XVI Congreso del PP. La misma melena que luce en la última portada de la revista Hola en la que aparece junto a su mujer, Ana Botella, al lado del empresario italiano Flavio Briatore, quien, dicen, se ha embolsado la nada despreciable cantidad de dos millones de euros: exclusiva al canto de su boda con la dueña de uno de los tangas –puesto- más famosos de la red. Así de bajo ha caído quien fuera el mejor presidente que ha tenido, hasta ahora, la democracia española –con permiso de Adolfo Suárez, al que los españoles han elevado ya, con razón, a los altares. La melena se la atusa, todo sea dicho, cada diez segundos. Aznar se gusta, eso es evidente: seguro que se besa cada mañana cuando se mira en el espejo.

Pero quien mudó su bandera de honestidad y austeridad por la de la buena vida y los negocios con gente al menos sospechosa de no ser todo lo honesta y ética que se espera de ella, no es quien para dar lecciones. Sobre todo, cuando en su ejercicio de soberbia y vanidad no admite la más mínima autocrítica a su gestión. Digámoslo de una vez y todo lo alto y claro que cabe decirlo: Aznar gobernó muy bien su primera legislatura, pero en la segunda tiró por la borda todo lo que había logrado hasta ese momento, y esa fue la razón de que el PP perdiera las elecciones en marzo de 2004. Es decir, esas elecciones las perdió Aznar, no las perdió Rajoy. En los dos últimos años de su segunda legislatura, Aznar consiguió que todo el país le acabara odiando, y ese sentimiento sigue instalado hoy en día en nuestra sociedad. Por eso, lo mejor que le pudo pasar el viernes a Rajoy fue que Aznar le hiciera el gesto de desprecio que todos los que asistimos al Congreso vimos sin salir de nuestro asombro. Y que ayer, en su discurso, volviera a ser igual de grosero que fue el día anterior, pero esta vez con palabras.

Lo de menos es si Aznar tiene o no razón en lo que dice. Derecho a expresar su opinión, todo el del mundo. También Acebes, el día anterior, expuso la suya en algunos puntos distante de la que ahora domina en Génova 13. Pero fue elegante, y agradecido. Aznar no. Aznar fue soberbio y, en algunos aspectos de su intervención, lamentable. Porque ya no se trata sólo de que no reconozca sus propios errores, como la gestión inadecuada de la crisis de Iraq y, ya no digamos, penosa de la del 11-M. No, es que además o miente conscientemente, o es tal el grado de narcisismo que le invade que se ha olvidado de lo que él hizo cuando le reprocha a Rajoy lo que hace ahora. ¿Cómo puede afirmar que él hizo una renovación del PP a través de la integración? Que se lo pregunten a Miguel Herrero, a Fernando Suárez, a Segurado, a Alzaga y a todos los que él envió al ostracismo: entonces hizo lo que tenía que hacer, un nuevo PP más abierto y más centrado. ¿Por qué ahora no puede hacer lo mismo Mariano Rajoy cuando es evidente que los cambios sociales lo exigen?

Dice Aznar que él primero ganó las elecciones y, después, se dedicó al diálogo y a los acuerdos. Ya. Y aquello de la ‘pinza’ con Anguita se lo inventó Pedrojota ¿no? Aznar no hablaba antes con nadie. Era mudo. ¡Y un cuerno! Pero, ¿es que pretende tomarnos por idiotas a los que ya en aquella época cubríamos la información del PP? ¿Es que se cree que no nos acordamos –yo, por lo menos, sí- de cómo tejía su red de acuerdos con el nacionalismo moderado e incluso se iba de vacaciones con Durán i Lleida? Un señor, don Josep Antoni, todo sea dicho, y desde aquí le envío un afectuoso saludo. Pero, lo que todavía me parece más humillante viniendo de él: hoy, casi 20 años después, ¿se le ha olvidado el gesto de generosidad que tuvo con él Manuel Fraga cuando rompió su carta de dimisión en el Congreso de Sevilla? ¿Tendría él el mismo gesto de generosidad con Rajoy? No. ¿Saben por qué? Porque la talla moral y humana de José María Aznar hoy, repito, hoy, no le llega ni a la suela de los zapatos a la de Don Manuel. Y miren que yo creo que el viejo fundador debería ya de irse a su casa a descansar.

Lo que ofreció ayer Aznar a los compromisarios del PP reunidos en una abarrotada sala de plenos de la Feria, fue puro inmovilismo. Que no cambie nada. Que sigan los mismos. Que el PP no se mueva, que no se adapte, que no acepte que la sociedad evoluciona. El inmovilismo es un cáncer para la democracia y, sobre todo, para la libertad, esa libertad de la que a él tanto le gusta hablar. El inmovilismo es la raíz del totalitarismo porque cuando se enquista se vuelve autoritario y displicente. El inmovilismo es una negación. Es la negación de los propios errores, es la negación de que uno se ha vuelto viejo, que ya no percibe la realidad. Es una resistencia a lo nuevo, porque lo nuevo implica cambios y movimiento.

Aznar es, ya, el pasado. Un pasado del que el PP no tiene por qué avergonzarse, como tampoco tiene por qué avergonzarse del pasado de AP. Forma parte de su historia, para lo bueno y para lo malo, pero de los aciertos y de los errores se aprende, siempre para mejorar, nunca para mantenerlos. Lo que propone Aznar es una muerte lenta para el PP, y solo la certeza que tiene el nuevo equipo de que las cosas no pueden seguir igual es lo que hará que el PP vuelva a convertirse, de verdad, en una alternativa de Gobierno. Y, no se equivoquen, eso no significa renunciar a los principios, sino ser firme en su defensa al tiempo que se abre el partido a una sociedad en permanente cambio. Y Aznar, para eso, ya no sirve.

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