Un “no” irlandés en tiempos de miedo y enfado

POLÍTICA

 

La Constitución Europea era el penúltimo cartucho para evitar un conglomerado de egoísmos patrioteros

Parece que los irlandeses han dicho en referéndum que “No” al Tratado de Lisboa, un farragoso acuerdo que intentaba salvar el Tratado Constitucional Europeo, rechazado a su vez en 2005 en sendas consultas populares en Francia y Alemania. Se veía venir: los ciudadanos de todos, o casi todos, los países de la UE responderán hoy con un rotundo corte de mangas a cualquier consulta que se les proponga sobre temas europeos (y si me apuras, sobre cualquier tema). Los suyos serán, básicamente, nones al altísimo precio del petróleo, a la subida de los alimentos, a los actuales tipos de interés, a la inmigración sin papeles, a la corrupción de los políticos locales… Se las sudará lo que se les proponga como objeto del referéndum.

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Ya ocurrió en Francia y Holanda hace tres años y ahora ha vuelto a ocurrir en Irlanda. Intuyo que incluso en España las cosas tampoco volverían a ser como a comienzos de 2005, cuando la Constitución Europea obtuvo aquí un “Sí” masivo. En todas partes, la gente está asustada, la gente está enfadada, la gente tiene ganas de darle una patada en el culo a los que gobiernan, sean del color político que sean, hagan lo que hagan. Son estos tiempos turbulentos, propicios al populismo y la demagogia.

Lo correcto
Algunos amigos me han preguntado últimamente: ¿para qué sirvió el referéndum español sobre la Constitución Europea de 2005? Les he respondido que en la vida hay que procurar hacer lo correcto, sirva o no para algo, aunque los demás hagan lo contrario. En 2005 los 11 millones de españoles que votaron Sí (el 77% de los que participaron en la consulta) expresaron su agradecimiento por todo lo que Europa ha aportado a la democracia, el desarrollo económico y la cohesión social y territorial de nuestro país durante los últimos cinco lustros (y es de bien nacidos ser agradecidos), al tiempo que manifestaron que deseaban que la construcción europea, el mejor proyecto humano desde el final de la II Guerra Mundial, siguiera adelante. Los españoles hicimos lo que teníamos que hacer y que los demás apechuguen con las consecuencias de sus actos.

La herencia del “No”
Es evidente que el arma de los referendos la carga el diablo, máxime en tiempos de zozobras como las que vivimos a nivel mundial en lo que llevamos de tercer milenio. Y el electorado ya sabe que, si el tema de la consulta es europeo, la pataleta del “No” le sale completamente gratis: no hay el menor precio que pagar. Por ello los franceses y los holandeses se cargaron la Constitución Europea en sus respectivos referendos. Con matices propios, la campaña del “No” estuvo liderada en uno y otro país por una variopinta coalición de nacionalistas de derechas y nacionalistas de izquierdas. Y la mayoría de los electores adoptaron esa opción por descontento con sus respectivos gobiernos y, en general, con la marcha de los asuntos mundiales. Pero en contra de lo que profetizaban algunos ilusos de la izquierda y la extrema izquierda, el “No” a la Constitución no trajo una Europa más unida políticamente, más comprometida socialmente y más activa en el mundo a favor de la paz, la libertad y los derechos humanos. Al contrario, el “No” de franceses y holandeses contribuyó a traer más nacionalismo político, más neoliberalismo económico y social y más xenofobia. La Constitución Europea no era, en absoluto, ideal, pero era el último, o el penúltimo cartucho, para evitar la conversión de la UE en un conglomerado de egoísmos patrioteros.

Sin poesía y con burocracia
La elaboración del Tratado de Lisboa pretendió salvar el Tratado Constitucional. Pero la nueva fórmula era muchísimo peor que su predecesora. A la Constitución Europea le quitaron lo poco que tenía de poesía y le dejaron toda la burocracia; la despojaron de lo poco que tenía de ciudadanía y le dejaron todo el gubernamentalismo… Por quitar, hasta le quitaron el himno y la bandera.

Patrias y enseñas nacionales
Y mientras en Francia, Holanda e Irlanda, al igual que en esos caballos de Troya que son el Reino Unido y Polonia, los euroescépticos apelan directamente a los instintos primarios de la gente, hablando de patrias, enseñas nacionales y tradiciones seculares amenazadas por la hidra de Bruselas, los europeístas de todo el continente han renunciado a la batalla por los corazones y las mentes. Ya no hablan de paz, libertad, unidad y solidaridad, sino tan sólo de sistemas de votaciones y cuotas de poder. ¿Y quién carajo se va a movilizar positivamente por una debate sobre el papel del Alto Representante?

Ampliación desastrosa
La Unión Europea está muy enferma, puede que moribunda. La ampliación al Este, masiva y apresurada, fue un desastre. Todo lo que le ha seguido han sido parches y aún así esos parches han fracasado. Ha llegado el momento de que los europeístas dejen de hacer el gilipollas, den un sonoro puñetazo en la mesa y reclamen libertad para que los quieren avanzar puedan avanzar. Con la obligación de la unanimidad no se va a ninguna parte… o, bueno, puede que sí se vaya a algún lugar: de vuelta a los años treinta del pasado siglo.

Javier Valenzuela es periodista y escritor. Ha sido corresponsal de El País en Beirut, Rabat, París y Washington y director adjunto de ese periódico, así como Director General de Información Internacional de la Presidencia del Gobierno entre 2004 y 2006

 

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