El analisis de Enric Sopena:El problema catalán es también un problema español.

POLÍTICA

 

El problema catalán es también un problema español

Montilla, hombre de Estado, advierte del peligro del desapego; con el soberanismo o la Liga del Norte en el horizonte

ENRIC SOPENA

Hace años -en aquella radio de la novela o serial de las cinco-, se hizo célebre una cuña publicitaria que decía: “Raticida Iris. Las mata callando”. Advertí en El Plural, cuando José Montilla fue elegido presidente de la Generalitat, que también este hombre “las mata callando”.

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Sucede que Montilla no necesita controlar sus palabras. Apenas habla. Pero cuida sus silencios. Administra con prudencia los tiempos, procura eludir el torbellino mediático y se ciñe en su gestión a uno de los eslóganes de su campaña: “Fets, no paraules”. O, como reza el refranero, “obras son amores y no buenas razones”.

En el candelabro
Sus dos últimos predecesores, Jordi Pujol y Pasqual Maragall, fueron -más allá de aciertos, grandes diferencias entre ellos y errores- vocingleros, parlanchines y, con frecuencia, inoportunos. Les encantaba estar siempre, o casi siempre, en el candelabro, que es la versión cañí de candelero. Eso es habitual en política y no es negativo. El problema fue la sobredosis.

Con urgencia
Lo cierto es que a la Generalitat le convenía con urgencia, tras el primer tripartito, una cura de tranquilidad y de humildad presidencial. Después de años de guirigay permanente -fruto de los rifirrafes entre el PSC y ERC y del terremoto contra el Estatuto, cuyo epicentro radicaba en Génova-, apareció Montilla y se terminó la gresca.

Barruntan los ciudadanos
Quienes creen que el mutismo de Montilla es correlativo a su presunta indigencia intelectual –basta con sintonizar la cadena divina para escuchar semejante bazofia- se equivocan. Precisamente su parquedad retórica contribuye a potenciar el impacto de sus pronunciamientos públicos. Algo relevante debe estar sucediendo –barruntan los ciudadanos- cuando el presidente de los silencios decide saltar a la palestra.

Objetivo equívoco
Y, en efecto, en Cataluña han pasado cosas susceptibles de generar preocupación y pueden pasar muchas más, si el Gobierno de España no prioriza hechos y se limita a palabras o buenas razones. Durante casi un cuarto de siglo, con Pujol de presidente, CiU gobernó la Generalitat. Esta circunstancia supuso una inmersión in crescendo del conjunto de la ciudadanía en el universo nacionalista. El objetivo último era equívoco, pero el caldo de cultivo propiciaba la secesión.

Hipernacionalismo
En 2003, CiU fue desalojada del poder político, gracias a la coalición de dos partidos no nacionalistas (PSC e Iniciativa-EU) y ERC, partido independentista. La suma de los diputados de CiU más los de ERC superaba la mayoría absoluta. Si hubiera triunfado esta opción -lo que habría ocurrido en el caso que ERC hubiera aceptado la muy generosa oferta de Artur Mas-, el Gobierno catalán habría sido hipernacionalista y Cataluña se habría divido con mayor intensidad entre el bloque nacionalista/separatista y el bloque digamos español/ españolista, mientras se habría hundido la tercera vía, la más viable, la más sensata.

Con recelo y reproches
La formación del tripartito -con Maragall de presidente- fue acogida en Madrid con recelo y con reproches. En lugar de leer correctamente lo que estaba aconteciendo -la imposibilidad de que se creara un poderoso frente nacionalista- la derechona de toda la vida y ciertos barones pusilánimes del PSOE pronosticaron un porvenir funesto y una deriva de Cataluña hacia la segregación. Cataluña en general fue en esa época blanco de las más groseras descalificaciones, provinentes del nacionalismo [existente aunque no asumido] español.

Territorio de traidores
El segundo intento lo lidera Montilla. Tampoco fue bien visto. La caverna se precipitó en ubicar al nuevo presidente, de origen andaluz, en el territorio de los traidores. En Moncloa y en Ferraz hubo disgusto, más o menos disimulado, porque hubieran preferido un Gobierno de coalición con CiU mandando y el PSC haciendo de acólito. La fascinación de algunos socialistas por CiU viene de lejos. Este fenómeno merecería un estudio serio no sólo de politicólogos, sino de psiquiatras y de oftalmólogos.

Descolocados y sin argumentos
Pero Montilla ha ido dejando a estos dirigentes del PSOE filoconvergentes descolocados y sin argumentos. Su Gobierno evita los escándalos y actúa con cordura. Montilla no perdió los nervios ni con el apagón, ni con el AVE, ni con las cercanías. Y en los tres asuntos, la responsabilidad no era suya. Pareció, a la vuelta del verano, que las elecciones castigarían en Cataluña a Zapatero. CiU y otros partidos creyeron que les había tocado la lotería con tanta desgracia encadenada.

Erraron los agoreros
Los agoreros, sin embargo, erraron estrepitosamente. Nunca el éxito en unas elecciones generales fue mayor para el PSC que el conseguido el 9 de marzo. Los 25 diputados catalanes fueron para ZP lo que está siendo estos días para Barcelona el agua de mayo, que ha bajado del cielo a borbotones. Estamos, en todo caso, en un momento crucial, decisivo, estratégicamente fundamental.

Condiciones objetivas
Se dan en esta encrucijada las condiciones objetivas para que Montilla pueda consolidarse como presidente, de modo que su proyecto integrador –que consagra grosso modo sentirse catalán y español a la vez-, pase a ser mayoritario con holgura, enraizado en la sociedad y equidistante de los dos extremos: el que reivindica una Cataluña independiente y el que trabaja por una Cataluña sin apenas más perfiles propios que los folklóricos y paisajísticos.

La prueba del nueve
Para alcanzar ese objetivo Montilla ha de demostrar con hechos (con fets) que Cataluña avanzará más y obtendrá más recursos dentro del Estado español que fuera de él. La fórmula de financiación prevista en el Estatuto, de alcanzarse, sería la prueba del nueve de que los catalanes acertaron masivamente al votar, hace dos meses, a Zapatero. Ésta es la legislación vigente y la ley debe cumplirse. Retrasos, excusas de mal pagador o marear la perdiz sólo conduce al escepticismo, a la irritación y al desapego.

¿Cambio en el escenario?
Después de observar el 9 de marzo cómo ERC continúa desplomándose en las urnas -tras la euforia del 14 de marzo de 2004- y confirmar que CiU aguanta, o Montilla sale reforzado fuertemente o, más pronto que tarde, contemplaremos un cambio profundo en el escenario. Un cambio producido por el desengaño, la desafección y la pérdida de confianza. De la combinación de estos factores, y otros similares, es más que posible que surja un giro soberanista, una deriva casi imparable hacia la independencia, cuyos impulsores argumentarían: “Como España ni nos quiere ni nos comprende, nos vamos”.

Con clarividencia
O puede acontecer -como señala con clarividencia Montilla- que muchas gentes desencantadas terminen apostando por un fenómeno dañino para la convivencia democrática como el que ha vuelto a irrumpir en Italia con gran fuerza: se llama Liga del Norte. O sea, populismo, demagogia contra el sur más pobre y xenofobia a raudales; recetas prefascistas a la medida de un tipo como Berlusconi.

Situación de fondo
Zapatero no es Berlusconi. Pero conviene que tome nota de la situación de fondo en Cataluña, desoiga ciertas voces, escuche a menudo a su ministra de Defensa, Carme Chacón –que sabe bien por dónde va la vaina- y fíese de Montilla. Encauzar adecuadamente el mal llamado problema catalán [puntualizo lo de “mal” porque el problema catalán es un problema también español] continúa siendo una asignatura no aprobada del todo. Montilla es un andaluz/catalán o catalán/andaluz –la mezcla y la barreja son signo de identidad en Cataluña-, con visión de Estado. El presidente de la Generalitat es un hombre de Estado. No en vano las autonomías forman parte del Estado. Algunos, no obstante, se olvidan de ello.

Enric Sopena es director de El Plural.

 

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