FÉLIX BORSTEIN: “LA GLOBALIZACIÓN FRENTE A LA POLÍTICA”

OPINIÓN
La globalización frente a la política
FÉLIX BORNSTEIN

/ AJUBEL

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Por qué un político aparentemente tan conservador como Nicolas Sarkozy ha cooptado para su nuevo Gobierno a destacados dirigentes de la izquierda? ¿Por qué el reaccionario debelador del espíritu del 68 ha encargado la «Política de la Ciudad» a Fadela Amara, fundadora del grupo feminista «Ni putas ni sumisas» y activa dirigente de los beurs, el grito de guerra de los inmigrantes magrebíes que claman por su inclusión en la sociedad francesa? ¿Por qué al mismo tiempo nombra ministra a Christine Boutin, contraria al aborto y del ala más derechista de la UMP, el partido de Sarkozy? Podríamos seguir con las preguntas añadiendo otros nombres, pero sólo citaré el de Christine Lagarde, nueva ministra de Economía, Finanzas y Empleo, una liberal formada en Estados Unidos que gestionará la próxima reforma fiscal y la del mercado de trabajo. El primer ministro François Fillon dirigirá, pues, un equipo explosivo: tecnócratas muy competentes, mezclados con políticos duros de líneas ideológicas teóricamente enfrentadas.

En el siglo XIX, el filósofo G. Jellinek acuñó el concepto del «poder normativo de lo fáctico». Y, a comienzos del siglo XXI, el poder lo impone una economía global que: 1º.- ha desbordado los límites físicos y políticos del Estado-nación; 2º.- apenas encuentra resistencia por parte de unas instancias trasnacionales que o no existen o, cuando deciden personarse (caso del FMI o la OMC), están atrapadas en el discurso del Estado-nación (naturalmente, el de los Estados más fuertes), por lo que carecen de legitimidad democrática para establecer unas reglas comunes que encaucen la globalización económica y por ello son ineficientes; 3º.- desplaza las inversiones por todo el planeta de manera instantánea y desterritorializada, sin las limitaciones que la vieja economía industrial, gracias al Estado, sufría por dos dimensiones que hoy casi han desaparecido: el tiempo y el espacio; 4º.- encarna esa actividad impersonal y sin autor conocido al que llamamos capitalismo, que dicta su ley -una contundente modalidad de positivismo económico sin motivaciones morales- alentando la competencia a la baja entre los diversos Estados, que pujan en la gran subasta del destino siguiente del capital productivo, única función real que legitima a los Estados frente a su opinión pública, por mucho que aún continúen conservando sus viejas instituciones representativas, como los parlamentos, limitadas ahora, por la fuga de su soberanía, a ejercer una actividad casi sacramental, una escenificación del supuesto mandato que les han conferido los ciudadanos, aunque sólo escuchan la voz de la economía trasnacional (nuevas leyes fiscales, regulación de los mercados de trabajo y de la inmigración, vallas de acero para las personas que superen la oferta laboral disponible…).

Los consorcios transnacionales sitúan al Estado frente a un dilema nada retórico: acomodarse fiscal y laboralmente y regular un marco jurídico eficiente para recibir inversiones o, por el contrario, ejercer su soberanía arriesgándose a una huelga inversora (exit-option, en terminología de Hirschman). Como ésta destruye la legitimidad real del Estado posmoderno -la de su funcionalidad económica-, Francia optará por la primera alternativa. Pero como el crecimiento genera inmigración ilegal, impacto sobre el medio ambiente y desorden urbanístico, Sarkozy necesitará un gran consenso social para ganar las guerras mediáticas en las que hoy se decide una política nacional cada vez más vacía de contenido y, en la medida que pueda, mitigar los desbarajustes humanos de la globalización.

Creo que a esto responde la ambigüedad del nuevo Gobierno francés. Sarkozy no ha inventado la pólvora y, en su ámbito, no hace más que importar el modelo trasnacional de George Soros, el banquero que se dedica a la filantropía por las mañanas y, de noche, especula con su dinero contra las economías inestables, o el del cantante Bono, que los días pares de la semana intenta convencer al presidente Bush para que remedie la hambruna de Africa, y los impares transfiere su fortuna a su nueva residencia holandesa para burlar al fisco británico.

Félix Bornstein es abogado.

Fuente: EL MUNDO (Suplemento Economía)

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