LAS LAGRIMAS DE DOÑA ESPE.

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Me conmovía doña Espe, en su anterior legislatura, con aquellas declaraciones suyas de que le costaba llegar a fin de mes; hasta tal punto, que estuve en un tris de hacer gestiones para apadrinarla, de no ser porque ya tenía con anterioridad otros candidatos futbolistas, en mente, que estaban en peor situación. Y ahora, no recuperado del todo de aquella profunda congoja, me vuelve a bombardear con otro llanto en su toma de posesión, tan populista como inadecuado, porque ese no es precisamente el lugar para inundarlo de llantina, hablar de maridos patrios, apoyos familiares y unidades inquebrantables.

El llanto, que es humano, pertenece más bien al ámbito de lo privado o, si se produce de otra forma, es porque algo público nos conmueve, nos llega al corazón, nos emociona. Pero si el gesto es al revés; si… parte de nuestra esfera privada la queremos hacer pública, sin tener en cuenta que tiene la justa importancia que la del resto de mortales, estamos pervirtiendo el sentido profundo de las cosas y arrebatando a los demás el tiempo, para llenárselo de un subjetivismo vanidoso.

Hay que llorar por los desfavorecidos, por las injusticias que se les endosan a otros seres humanos, por el hambre y la pobreza, por la inmoralidad de las guerras, por cómo entre unos y otros tenemos de empantanado el mundo. Y a partir de ahí, acometer con rigor y coraje políticas públicas que redunden en beneficio de los ciudadanos, no del reducto restringido de nuestras amistades y afines, como endogamia perversa que traiciona en esencia la misma razón de ser de la política.

Doña Espe, esta vez, ni más ni menos que ha apelado a su honor y a su conciencia, palabras que son muy mayúsculas si uno va a la esencia misma de su significado. Pues en esa línea, y de manera retroactiva, podía reflexionar un poco sobre muchas de las cosas mal hechas en su gestión pasada y, con honestidad, intentar corregirlas o incluso mejorarlas. ¡Menos lágrimas, pues, y más manos a la obra!