ADOLF BELTRAN, BLOG DE CAMPAÑA COMUNIDAD VALENCIANA.

19 mayo, 2007 – 01:51 – ELPAIS.com

Entropía en la política

Tomo prestado el título de un libro de Vaclav Havel, aquel primer presidente de Chescoslovaquia tras la caída del muro que supo serlo después de la República Checa independizada de Eslovaquia, uno de esos personajes históricos por cuya biografía sólo se puede sentir admiración. La “entropía de la política” es un concepto muy sugestivo para tratar de entender lo que ocurre en nuestras sociedades. Por eso lo utilizó Jean Baudrillard, aunque resulte más agradable la lectura de su filosofía que fácil de compartir el pesismismo latente en sus visiones del mundo de la vida.

Digo “entropía” y, si me refiero sólo a la dinámica de los partidos, tal vez podría ser más llano y seguir a Justo Serna cuando habla de la “trituración interna” del PP valenciano. En efecto, las máquinas partidistas acumulan, no sólo en un largo ejercicio del poder, sino también cuando lo pierden, un grado de desorden interno que se acrecienta y exige una enorme cantidad de energía para que el sistema siga funcionando.

Los rastros de la catástrofe que la dinámica del caos interior genera en ocasiones tienen una vigencia larga y desagradable. Los socialistas valencianos, por ejemplo, todavía no han acabado de digerir completamente el estallido en facciones miopes y egoístas que les sumió durante buena parte de los 12 años que llevan fuera de la Generalitat en una crisis esterilizante.

En el PP, aludo ahora al conjunto de la organización de la derecha en España, la histriónica puesta en escena de sus planteamientos de oposición, tras su abrupta derrota en 2004, trata de contener esos efectos (y de rebote lo pagamos todos los ciudadanos en forma de crispación social). También ocurre a escala autonómica. Es difícil de explicar, si no, que un señor amable y educado como Francisco Camps se  muestre, de un lado, cada vez más conspicuo y enfurruñado, y de otro, cada vez más eufórico, hasta el extremo de emplear ante los electores el argumento de que, si salen fuera de su comunidad autónoma, verán que son la envidia de todos. Tal argumento, amén de pobre (paupérrimo), evoca la simplicidad de referentes políticos como Gil y Gil, aquel señor que también predicaba que Marbella era la envidia de España y de parte del extranjero mientras saqueaba con todo tipo de desaprensivos su dignidad y sus recursos.

¿Necesitaba Camps emprender esa senda para mantener unida con el cemento del poder la grave división interna entre sus seguidores, los de Zaplana, los de Fabra y tutti quanti? La entropía del PP valenciano, en todo caso, se proyecta sobre el imaginario de la sociedad con una virulencia avasalladora. ¿Necesitamos generar una cantidad tan grande de energía para que la convivencia colectiva resulte soportable?

Me refiero a la entropía política que nos sacude, pero también a su reflejo informativo, a sus efectos en el debate público y, por supuesto, en el comportamiento económico, que es, inevitablemente, también una manera de eludir la responsabilidad hacia los requerimientos acuciantes del medio ambiente. La eficiencia general de los gestos, de los esfuerzos, de los discursos y de las acciones, en nuestro país, es manifiestamente baja. Los gestos colectivos, los esfuerzos dialécticos, los discursos políticos y las acciones institucionales están exageradamente desordenados en nuestra sociedad.

Decía H.G. Wells, (y no sé por qué me viene esa cita a la memoria, ¿o tal vez sí?): “Cada vez que veo a un adulto en bicicleta no pierdo la esperanza en el género humano”. Hace tres meses estuve en Friburgo, una ciudad alemana en la que, nada más salir de la estación del ferrocarril, te das de bruces con un enorme aparcamiento lleno a rebosar de miles de… bicicletas. Al verlas, pensé en Valencia y, no sólo en su enervante tráfico de automóviles, sino en las largas filas de motos aparcadas los días laborables sobre las aceras del centro de la ciudad. ¿Por qué, aquí, en una urbe tan plana y de clima benigno, todos esos vehículos para ir al trabajo no son bicicletas? ¿Por qué no podemos hacer de eso un asunto importante en el debate electoral y, en cambio, tenemos que apretar los dientes y arremeter unos contra otros a cuenta de los alardes que preparamos para asombrar a un coro inexistente de envidiosos que supuestamente nos observa? El nuestro es un espacio público demasiado cargado de entropía. 

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