MORIR SIN DOLOR

EDITORIAL

Morir sin dolor

12/03/2007

 

La mitad de las personas que mueren cada año en España sufren un proceso de dolorosa agonía. Ante este drama, parece increíble que todavía no se hayan establecido unos patrones que garanticen que todos y cada uno de esos casi 200.000 enfermos pasen sus últimos días en unas condiciones humanamente aceptables. Con los avances médicos actuales, no tiene justificación que el paciente -y con él quienes le acompañan- sufra un periodo de dolor, de ahogos, o de agitación cuando lo que se espera y desea es que el tránsito final sea lo más apacible posible. Lamentablemente, esta idea, que inspira la práctica de los cuidados paliativos, todavía no está lo suficientemente asentada en la población ni en todos los profesionales sanitarios. Los datos españoles de consumo de opiáceos -uno de los más bajos de Europa, aunque en aumento- así lo demuestran.

 

 

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La Estrategia Nacional de Cuidados Paliativos que va a presentar el Ministerio de Sanidad pretende asegurar, de una vez, que todos los enfermos terminales reciban una atención simplemente humana. Es una lástima que haya tenido que darse una situación como la del caso Leganés -donde la denuncia de unos supuestos “400 homicidios”, todavía sin resolver, ha puesto sobre la mesa la falta de claridad en conceptos básicos como la ayuda que debe prestarse para el buen morir- para que las autoridades sanitarias se dispusieran a regular esta atención. El dato de que todavía en seis comunidades autónomas no existan planes ni centros de referencia para cuidados paliativos es una muestra de una desidia que han tenido que pagar muchos enfermos y sus familias.

El texto preparado por las sociedades científicas y las administraciones sanitarias da unas líneas generales de actuación: información, consentimiento, registro, gradualidad de la actuación y atención para el enfermo, sus familiares y los cuidadores. El Ministerio de Sanidad no puede, en el actual marco competencial, ir más allá. Aunque para la mayoría esté claro, hay que insistir en que lo que se está regulando es un derecho humano que no tiene que ver con la eutanasia. Se trata simplemente de una buena práctica médica, legal y que hasta la Iglesia católica apoya. Por eso el plan debe servir para evitar desigualdades inaceptables y, sobre todo, para ofrecer un marco en el que los pacientes tengan asegurado que en sus últimos momentos -duren éstos horas, días o meses- su bienestar y calidad de vida estarán por encima de empecinamientos y encarnizamientos médicos o de creencias e ideologías que imponen el dolor y otras formas de sufrimiento.

Si se consigue que no haya más enfermos desesperados porque no reciben una dosis de calmante, o se evita la angustia de unos familiares y amigos que tienen que despedirse de sus seres queridos en lugares poco adecuados, sin intimidad y entre quejidos, ahogos o náuseas, la estrategia habrá demostrado su utilidad.

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