EL DIALOGO COMO BASE DE LA CONVIVENCIA PACIFICA Y DEMOCRÁTICA.

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Elogio del diálogo

Lo que debe hacer la escuela es inculcar con vehemencia en el estudiante la urgente necesidad de romper todo escollo que impida el diálogo como hábito y como principio

Carlos Iván Zúñiga Guardia
El inicio de clases fijado para el próximo lunes, abre un paréntesis de reflexión. Imbuido como está el país en un proceso electoral absorbente, pareciera impropio que me ocupe de las tareas escolares. Debería ocuparme, montado en la ola del momento, del avance de la candidatura de José Miguel Alemán o del control que tiene Guillermo Endara del llamado voto de castigo; para algunos sería más provechoso ponderar como muy original la publicidad que ha puesto a rodar Ricardo Martinelli, sin dejar de estimar la de Martín Torrijos como la más abundante en los medios de comunicación. Pero en verdad prefiero en esta ocasión dialogar con los estudiantes.

Hace algún tiempo Eduardo Frei Montalva enfrentó a Salvador Allende en la búsqueda de la Presidencia de Chile. A ambos les preguntaron qué hacían en su tiempo libre. La respuesta fue idéntica: “dialogar” intensamente con los hijos. Allende agregó “para enterarme cómo piensan las nuevas generaciones”.

El ejemplo que se desprende de las palabras de estos ex presidentes merece la atención de los padres de familia y de los maestros. La escuela y su personero superior, el maestro, deben ejercer una docencia armonizadora dirigida a los estudiantes, de modo que en el aula reciban orientaciones que los lleven a buscar la palabra de sus progenitores, como la palabra amiga, esclarecedora y necesaria. Si digo que el maestro debe orientar al estudiante para que busque siempre el consejo de sus padres, en esa búsqueda, en esa actitud mental, se inicia el diálogo estimulante que nunca debe morir.

Una juventud, como la actual, tan rodeada de riesgos de toda índole, y de frivolidades que rebajan toda capacidad crítica, necesita del diálogo instructivo. Es el diálogo de los preavisos y de las advertencias fundado en la experiencia. Es el diálogo abierto que hace inmune al joven a las tentaciones y a las ingenuidades generalmente costosas. Esa inmunidad es el fruto del conocimiento, porque solo a través del diálogo se valoriza con intensidad el mandato de la razón que a la par que devela o aclara los misterios de la vida, da a la juventud sabiduría para diferenciar las espinas, de las flores que dan aroma a la existencia. Y nadie como los padres para desarrollar este diálogo instructivo e íntimo.

El padre culto y el padre ignorante, el padre rico y el padre pobre, son poseedores hasta por intuición, por instinto, o por simple pálpito protector, de las palabras indispensables para señalar a los hijos los caminos venturosos y las bondades de la convivencia. Es la palabra paterna que conduce al hijo a la conciencia lucida del ser. El diálogo con estos principios es también el que se fragua desde la democracia y para la democracia.

Lo que debe hacer la escuela es inculcar con vehemencia en el estudiante la urgente necesidad de romper todo escollo que impida el diálogo como hábito y como principio. El mundo moderno que dosifica el tiempo en perjuicio de la familia, que instaura la acefalía por la ocupación laboral, o que se trastorna por las trivialidades de la vida social que atrapa en otras instancias la devoción que reclama el hogar, son males que debe vencer o superar la familia, el Estado y la escuela. Así como en la religión se habla de la conversión para regenerar el alma torcida, en la escuela, en la sociedad, en el hogar debe enseñarse el recurso del diálogo entre padres e hijos como si fuera una práctica intelectual natural que procura el entendimiento humano y que invita a los indiferentes a retomar el camino de una responsabilidad siempre indeclinable.

Fomentar el diálogo desde el aula, como lección de cada aurora, tiene su fundamento en la historia de la palabra. La escuela sabe que en el principio fue la imaginación, luego el abecedario. En el balbuceo del lenguaje se dio a la letra la misión de componer palabras y se otorgó a la palabra un poder creativo caprichoso, el poder de soñar para hilvanar frases.

Cuando una palabra se unió a otra para elaborar una frase o una oración, entre las palabras surgió el entendimiento porque necesariamente hubo diálogo entre ellas. La primera frase que pronunció el ser humano fue fruto del diálogo, de una especie de soliloquio íntimo como todo soliloquio, con propuestas y respuestas, ventiladas en un escenario misterioso, un acuerdo de las palabras guiado por la imaginación. En razón de lo dicho, a la escuela no le resulta extraño dar al diálogo el carácter de una asignatura del humanismo y de la democracia. Es un consecuente mandato de la historia, de la historia del pensamiento.

En la época en que ejercí la docencia universitaria, la lección la iniciaba con un diálogo abierto con los estudiantes. Se debatía un tema de actualidad. Era la manera inteligente de conocer cómo pensaban las nuevas generaciones. En ese debate mi palabra era necesariamente objetiva, prudente y veraz, y a través de un filtro de respeto al estudiante que no pensaba como el maestro, sabía transmitir un estado de convicción.

Al empezar las clases en las escuelas del país, el diálogo debe perfeccionarse en el aula y sobre todo allí, donde la diversidad debe encontrar los cauces de la convivencia. El diálogo, con el apoyo escolar, llegará a ser un modo de vida, una actitud mental para beneficio social y familiar. Robustecería el lazo espiritual que ata a padres e hijos y se garantizaría el imperio de la inteligencia para siempre sobre el abuso brutal de la fuerza. Sería una formidable asignatura para que el estudiante se gradúe en tolerancia, en democracia y en urbanidad, y haría posible que una inmensa coraza moral logre impedir nuevas tiranías en la tierra que los vio nacer. Así es de trascendente la virtud del diálogo.

Al comenzar las clases dentro de pocas horas, mantengo la esperanza que los maestros lean estas notas que pretenden ser pedagógicas y puedan servir de algún provecho en la formación de la personalidad del estudiante. Aspiro a que cada maestro con su librito, explique en el aula cómo gracias al diálogo de las letras, de las palabras y de las frases se logró la maravilla del lenguaje, instrumento por excelencia del diálogo de todos los tiempos. En ese detalle el ser humano encuentra la esencial diferencia con otros seres de la tierra. En el detalle del diálogo.

El autor es abogado y ex rector de la Universidad de Panamá

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Acerca de Vicent Vercher Garrigós

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Una respuesta a EL DIALOGO COMO BASE DE LA CONVIVENCIA PACIFICA Y DEMOCRÁTICA.

  1. ameth dijo:

    este articulo es excelente. el dialogo es fundamental para que exista paz una sociedad .donde no se da el dialogo o donde no se respetan las opiniones contrarias es en las sociedades de barbaros.el que escribio ese articulo es uno de los panameños mas destacados que lucho contra la dictadura militar. es muy respetado y cuando panama celebro su centenario se le rindio un homenaje nacional.ha escrito excelentes articulos .tiene uno sobre juan pablo 11 que es de antologia

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